EL MERCADER DEL PLACER

Perfil de Mauricio Peña, el mercader del placer[1]

Luces rojas. Tufo. Sillones. Taburetes altos. Porno en las pantallas de tv. Paredes negras. Espejos. Alcohol. Condones. Cinco habitaciones. Cinco camas, cinco palanganas y cinco bidets. Hombres y mujeres. Penes que buscan satisfacción sexual y vaginas que buscan satisfacción monetaria. Hombres que alquilan el cuerpo de mujeres jóvenes y depiladas, con corpiños de algodón negros, blancos, rojos; con piercings en el ombligo y en la lengua, con anillos y aretes; con pestañas postizas y porta ligas. Cuerpos que están listos para vender placer en la penumbra del Templo del Morbo, el mítico “Yaguarón 1414”, el prostíbulo más concurrido de Montevideo.

Los boliches de Mauricio Peña son así, unos puteros. Él no compra. Vende: lucra con los servicios que brindan las mujeres, les arrenda el lugar para que ellas ejerzan la prostitución. Le pagan 170 pesos cada vez que entran por media hora a una de las habitaciones. Él les da agua, una cama con sábanas, calefacción y seguridad. A sus clientes les ofrece alcohol, videos porno, cumbia, mujeres semi desnudas para mirar o fornicar y la promesa de la noche eterna.

“¿Entendés cuando te hablo de la gente de la noche?” Preguntó mientras se balanceaba en la silla negra con rueditas de su escritorio en remodelación en la Torre de los Profesionales -un coqueto edificio ubicado en el centro de Montevideo. La gente de la noche no es la misma que la gente del día. Y Mauricio es de los dos lados, una especie de hombre bisagra que encontró el punto medio entre el amanecer y el crepúsculo: un lugar con luces rojas.

Tiene 37 años, tres hijas, un hijo, una esposa embarazada, una tortuga, cuatro perros, cuatro años de carrera universitaria y siete empresas que venden sexo: tres prostíbulos – Yaguarón 1414, Paysandú 1313 y Reyles 1616-, un boliche de lap dance en el puerto, un sexshop online –Happy Happy-, una productora audiovisual de pornografía, y una empresa que se encarga de la seguridad de sus locales y de varios bailes montevideanos. Tiene el 70% del mercado del sexo en Montevideo y 200 empleados de los cuales 150 son prostitutas. Mauricio es dueño del rojo de la noche: un universo donde no entra el sol, abierto las 24 horas todos los días-noches del año. Mauricio es un empresario, el mercader del placer montevideano.

***

El día lo conoció en su casa, en un barrio de tres manzanas de clase media baja, el Fraternidad; con dos padres laburadores que querían que siguiera la carrera de su madre, abogacía. Su padre, carpintero, le inculcó el valor del trabajo desde chico con ejemplos; Mauricio sabe que si no fuera por el sacrificio que sus padres hicieron canjeando muebles por enseñanza en colegios privados, él no podría haber construido el “imperio” de sexo que tiene.

-Igual se necesita cabeza para armar un negocio. Si le hablás al dueño de otro prostíbulo te va a decir que lo maneja como el almacén de la esquina. Nosotros mandamos hacer programas específicos de gerenciamiento y facturación. Con esto podés ser dueño de un prostíbulo y controlarlo desde tu casa. Eso no lo tiene la competencia.

-¿Se debe a que tú tienes estudios terciarios y quizá la competencia no?

-No quiero discriminar, pero yo soy un empresario, el resto no. Vení.

La indicación era para ir a la habitación continua de la oficina donde una de sus empleadas administrativas estaba controlando la entrada y salida a las habitaciones de uno de sus puteros, mediante cámaras colocadas en los pasillos. Sonaba una de las melodías románticas de Alejandro Sanz. En eso llegó otra empleada, apagó el aire acondicionado, abrió una valija rosada y sacó uno, dos, tres, diez consoladores. Se sentó y comenzó a ponerles etiquetas. Parte de la mercadería para su sexshop.

Pero la primera mercadería que tuvo fueron galletas, no juguetes sexuales. De niño iba a la fábrica de El Trigal y peleaba por levantar las galletas sobrantes que tiraban en bolsas, después las fraccionaba y se las vendía a las vecinas del barrio. También trabajaba con su padre los sábados de mañana y en vacaciones. Se las rebuscaba para tener algún peso porque siempre fue ambicioso y muy soñador. Por eso vendió limones en la feria de Millán y Luis Alberto de Herrera, ahí tuvo sus primeros empleados. Como no le gustaba levantarse temprano les pagaba a dos amigos para que recolectaran los limones de las casas de los vecinos y armaran el puestito. Él llegaba cerca de las diez.

– De niño quería tener una fábrica grande con muchos empleados. -Ahora tienes una fábrica de sexo. -Sí –dijo entre risas.

***

Mauricio es como Harvey Dent, tiene Dos Caras. Una para el día y otra para la noche, porque para lucrar vendiendo sexo no sólo se necesita estudiar, también es imprescindible conocer muy bien “la calle”. Y él conoció la noche y la prostitución en Juan Carlos Gómez siendo un púber, cuando estudiaba de mañana y hacía remo de tarde en el Club Nacional de Regatas. En esa época se juntaba con “los pibes” de la Aduana, una zona en la que primaban las transas. Era amigo de hijos de padres ladrones, traficantes de droga y fiolos. También de los gurises del barrio que tenían una familia “trabajadora”, compañeros del colegio que no conocían la Aduana y vivían en barrios de clase media-alta; pero él prefería jugar con los niños que tenían juguetes importados de Europa, los hijos de los proxenetas.

Él y sus amigos eran los que les rompían los quinotos a los hombres que trabajaban en el bar del barrio planificando y negociando ilicitudes, les tiraban piedras, los puteaban y dos por tres se ligaban una Coca-cola o una partida de fútbol improvisado.

Era una época en la que el fiolo y el que venía de la fábrica o la oficina de trabajar se sentaban en el mismo bar, aunque el chulo tenía una mesa exclusivamente para él y los suyos. “Ese tipo que estaba catalogado como un delincuente no necesariamente era un tipo malo, un destructor, no molestaba a nadie, no era agresivo con nosotros”. Pero los vecinos trabajadores del barrio igual los apuntaban con el dedo.

Era adolescente y tenía un amigo cuyo padre era fiolo. El gurí se metió de novio con una chiquilina del barrio, los padres de ella eran trabajadores comunes y corrientes. Pero por el miedo y la discriminación se dejaron. “Una vecina se le acercó y le dijo que ella iba a terminar prostituyéndose si seguía de novia con el pibe este. Y la piba terminó con él”.

Pero Mauricio no discrimina. Él sabe que la mujer que ejerce la prostitución es porque viene de lugares pobres y tiene “carencias”. “Y lo hacen porque quieren, porque es plata rápida, no porque sea fácil”. Piensa que el problema está ahí: en la discriminación victimizadora de la mujer. Porque al discriminar es cuando “empezamos con el „pobrecita‟. Si te pregunto si tú madre es prostituta te estoy ofendiendo, y ahí está el problema, porque la prostitución es legal”. Y él vive del sexo, por eso “los que están mal son las otras personas”.

Él no discrimina, pero tampoco quiere que sus hijas sean prostitutas ni les dice que tiene el 70% del mercado del sexo. Ellos saben que es un empresario, pero no saben más. Se excusa diciendo que aún son chicos (la mayor tiene 11) y que le gustaría que sigan expandiendo su negocio.

-Estoy creando las cosas de tal forma de que ellos lo puedan manejar desde un punto de vista empresarial.

-¿Los vas a incentivar a que continúen con el legado?

-No. Si ellos quieren ser cazadores de ballenas… salvadores de ballenas, que lo sean. Quiero que sean felices con lo que quieran ser. Lo que les puedo dar es la tranquilidad económica desde hoy para que ellos hagan lo que quieran. Si quieren seguir con el negocio los seguirán, si no lo seguirá otra persona o lo venderé.

***

Es un tipo simpático. Todo el que lo saluda, sea un cliente o el cuida choches, obtiene su respuesta. Su tono de voz tampoco cambia: ni cuando habla de sus hijos o esposa, ni cuando habla de negocios. Lo que sí cambia es su mirada. Mira desafiante, siempre a los ojos, excepto cuando piensa o intenta recordar algo que pasó mucho tiempo atrás. Entonces, se balancea en la silla o camina de un lado a otro, como león enjaulado.

A los 20 años no era león, era un caradura, vivía con una novia, estudiaba de día y en la noche organizaba eventos nocturnos para conseguir plata porque no tenía para comer, pero tenía un traje y conocía el ambiente.

-Hice una fiesta. Se llamó “Una noche en los 60” o algo así. Saqué un auto con esa fiesta.

-¿Un auto?

-Claro, entre los auspiciantes estaba Kia Motors, y los convencí de que la fiesta iba a estar buena, entonces me dieron un auto que estaba hecho mierda, pero para mí fue un gran logro.

En ese momento vivía en Luis Alberto de Herrera y General Flores y tenía que llegar a la sucursal automotriz que quedaba en Arenal Grande y Nueva Palmira. Como no tenía plata ni para el boleto, caminó los tres kilómetros de traje. Llegó sudando y con una carpeta con hojas arrugadas. Para convencer al gerente le dijo que iba a haber un desfile de modelos, y con eso compró su auspicio. Fue a una casa de cueros, se conversó a la hija del dueño y consiguió la plata suficiente para comer, pagar la nafta y el alquiler. Aprendió a venderse, ahorró e hizo varias fiestas más. Hasta que la noche lo sedujo por completo.

“Los que organizan fiestas están constantemente en roce con gente de la noche”, dijo como si fuera otro el que creció jugando entre prostitutas y chorros. Él ambiente le había facilitado un abanico de personas que se dedicaban a los negocios nocturnos, entre ellas prostitutas. En 1998 se dio que tenía algún peso guardado y decidió abrir una casa de masajes: “la renta que uno obtiene del sexo es mucho mayor”. Habló con seis amigas, compró un par de camillas de madera, les consiguió un diploma trucho de masajistas y clandestinamente arrancó.

-¿Eras el fiolo de las mujeres entonces? -Mmm… no. -¿Ni siquiera cuando arrancaste?

-Contesto que no.

En el 2000 se instaló en Yaguarón 1414. Aún sin los permisos correspondientes llegó a estar una semana sin salir del boliche: era él el que limpiaba, atendía la barra, controlaba la entrada y la salida de las chicas de las cinco habitaciones, sacaba la basura y a patadas a algún hombre que rompiera con alguna de las reglas de la casa, como agredir a las trabajadoras o vender droga. -Ahora tiene empleados que se ocupan de todo eso-.

Estaba empezando, era un muchacho que se estaba instalando en el mundo rojo, y trabajar vendiendo sexo no es fácil “uno lidia con todo tipo de gente”, y hay que marcar el territorio. Por eso cuando arrancó tuvo que ser violento.

-Estaba perdiendo posición. Yo no salía en los ambientes nocturnos donde para mucha gente de la noche, y como estaba perdiendo tuve que hacer algo para recordarles a todos cuáles serían las consecuencias de sacarme. Tuve que actuar violentamente con una persona, por una pavada, por un tema que habitualmente no haría, sólo para marcar la cancha. Así funciona este ambiente, es la selva. Y yo un león.

El rey de la selva se muestra fuerte porque las balas le han pasado cerca, y aunque le apuntaron, no le acertaron.

-Varias veces tuve problemas y sentí que iba a morir. -¿Tuvo miedo?

-No, sentí adrenalina. Estuve en varios encuentros con armas de fuego donde hay una posibilidad de morir… la adrenalina es por sobrevivir.

-Si no le tiene miedo a la muerte ¿a qué le tiene miedo entonces?

–A nada –el Señor Equis sabe que sonó soberbio, así que se balancea en su silla de rueditas, sonríe y continúa.

–Bueno, me da miedo Actividad Paranormal, no miro ni el comercial. –Termina la frase entre risas y agrega:

–Yo llevo una vida distinta a la tuya. Si vos ves unos pibes en la esquina que están bandideando, cruzás la calle. Pero yo no la cruzo. Y no te metas conmigo. Esto es como una cuestión de ego, de decir “yo soy tal. Respetáme”.

Hoy asegura que no necesita recurrir a la violencia para conseguir respeto. Pero a sus empleados les enseña a “no ser pelotudo”, a ser “más duro” para transitar bien este camino que eligieron: el rojo. La gente de la noche saben quién es él, y él sabe con qué códigos manejarse. Camina “bastante serio y tranquilo. Pero hay que marcar”. Y tiene que “marcar” el territorio como los animales porque es un león; porque si no come, se lo comen.

-El hecho de que no haya robos en mi zona es porque actuamos así. Los pibes que andan robando saben que en mi zona no pueden robar. Y si roban es una falta de respeto. Tampoco pueden vender droga en mis locales. Cada uno en lo suyo, pero a mis clientes los tienen que respetar.

-Y si no ¿qué?

-Se les habla una vez, dos veces quizá.

-¿Y después?

-Después se llega a la violencia. Ya decirlo es molesto.

 -¿Llevas un arma encima?

-Estar con un arma arriba es usarla. Es muerte. Prefiero no decir si ando o no ando armado.

-Pero armas supongo que tiene

-Sí, más de una.

El león conoce las leyes de la selva, tanto que mientras está parado en la puerta de la Torre de los Profesionales, esperando que el tránsito mengue para cruzar la calle e ir a uno de sus locales, adivina el destino de tres hombres que venían caminando por la vereda de enfrente: su prostíbulo.

***

Gustavo, su mejor amigo, empleado de un laboratorio y con una casa en el Cordón llena de discos y caricaturas de músicos, fotos de Chaplin y la Segunda Guerra Mundial, piensa que Mauricio es un referente en la noche, y que se siente cómodo en ese “juego” porque conoce el pensamiento del montevideano que se gasta la plata del alquiler en alcohol y sexo, la del obrero que guarda el aguinaldo y el del empresario que va a tomar whisky y pedir que le manden por encomienda las tangas usadas de las chicas del putero. Gustavo cree que Mauricio es un personaje que “camina por la cornisa” todos los días y que tendría que escribir un libro anecdotario.

 Ese libro contaría que de gurises Gustavo usaba el auto del padre y lo llevaba a hacer mandados. Uno de esos mandados fue cerca de las tres de la mañana en Guaraní y Maciel. Mauricio tenía que tirarle unos mangos a un amigo que andaba en transas. Llegaron, se bajaron del auto, hablaron con el tipo. A los minutos había tres patrulleros, dos motos y varios policías observándolos. Diría que Gustavo se pegó “tremendo julepe”. Y que Mauricio siguió conversando tranquilo y después se rió.

También tendría que contar que una noche salieron a tomar a un boliche montevideano y que al verlo avanzar hacia la barra los cinco hombres que estaban acodados se corrieron y le dieron el lugar a él y su comitiva. Y que uno que estaba en la punta de la barra preguntó si se podía quedar: quería saber si no molestaba. Cuando Gustavo sale solo o con otros amigos no sucede eso, pasa desapercibido, es uno más del montón; pero cuando está con Mauricio es de otra legión, la de los amos de la noche: su Audi con chapa argentina siembre va a poder estacionar frente a cualquier boliche, y jamás tendrá ni un sólo rayón.

***

Hace 15 años que está en el negocio del sexo y ahora siente que lo respetan. Nunca delató a nadie, nunca estuvo preso aunque sí más de 25 veces detenido, nunca mató, nunca permitió la explotación infantil en sus boliches, nunca vendió droga, aunque consumió cocaína desde los 14 hasta hace un par de años atrás. Bueno, todo eso lo dice él. Eduardo Gambardella, su archienemigo –por llamarlo de alguna forma-, dice otra cosa.

Gambardella es el responsable de Hoteles, Pensiones, Inquilinatos y Afines de la Intendencia de Montevideo, un inspector que para Mauricio es “injusto, violento, un tipo que realmente no tiene ni cerca que ver con la gente que había antes, como [Ricardo] Prato”. Lo considera ignorante, Gambardella no está de acuerdo con que existan prostíbulos, paradójicamente es él el que les da la habilitación municipal para trabajar.

Mauricio es propietario de uno de los prostíbulos más antiguos de Uruguay, Reyles 1616. Antes que él lo tuvo una meretriz. Era un prostíbulo habilitado. Al momento de iniciar el trámite por el cambio del inmueble en la Intendencia, Gambardella le negó la habilitación. Mauricio cree que fue por un problemita que tuvieron antes, en 2001 según él, en 1998 según el municipal.

-¿Qué pasó?

-Él se cayó por las escaleras del Yaguarón.

-¿Cómo?

-Entró pateando las puertas con una orden de allanamiento porque supuestamente había menores en el local. No había. La cosa se puso fea y él rodó por las escaleras.-Y con bronca agrega- Gambardella quería mantener sexo con las chicas a cambio de no molestar. Y yo siempre me negué a los niveles bajos de la corrupción.

Por otro lado, Gambardella cuenta una historia diferente, dice que Mauricio lo golpeó y por eso se cayó. También dice que antes de que él llegara le avisaron y sacó a las menores del local, que la policía estaba implicada en el asunto. Mauricio lo niega.

***

A sus prostíbulos entran hombres flacos, gordos, peludos, lampiños, con y sin discapacidad, sucios, limpios, algunos vestidos con harapos, desprolijos, otros de traje y corbata. Hombres que les gusta tener sexo tradicional, en la postura del misionero, hombres que buscan lo exótico y piden que les defequen encima o que prefieren ver cómo la chica se sienta sobre globos y los hace explotar. Hombres que usan tangas, que se las comen, que les gusta que los penetren con el tarro del desodorante Impulse. Todo tipo de hombres van a las casas de Mauricio, el empresario que controla el amor pago en Montevideo.

Las habitaciones de sus boliches son así: una cama a 20cm del piso, un cobertor negro, aire acondicionado, un bidet, una palangana, quizá una silla, la lista de precios pegada en la pared, luces rojas, una puerta, el número de habitación.

Ahí dentro no hay lugar para la inhibición, la vergüenza o la hipocresía. La promiscuidad y los deseos no tienen freno, porque ahí dentro “se vive un libertinaje total” y el tiempo no pasa. Hay veces que encuentras parteros que quieren que las chicas simulen un parto para excitarse y luego tener sexo con su esposa, así como hay otras veces que entras a las nueve de la mañana y ves a dos hombres sentados conversando con una cerveza de por medio, y vuelves a las 11 de la noche y ves a los mismos hombres, en la misma posición, quizá con otra cerveza, conversando.

***

Para algunos la noche no cansa y nunca termina, pero para Mauricio sí, por eso fue que a lo largo de los años ha ido diversificando el negocio del sexo y ahora tiene un imperio, el Grupo Peña. La noche lo cansó porque no le gusta ser catalogado como “el dueño de los puteros” y no quiere que sus hijos lo vean así. Dice que es algo que no le quita el sueño, pero sabe que es una mochila muy pesada y que por más que lo intente no se la va a poder sacar fácilmente.

-La gente piensa que soy un mafioso y que obligo a las chicas a prostituirse. Pero yo no obligo a nadie.

De joven tenía sexo con ellas, cosa que ahora no hace porque quiere “otro tipo de masa”. “Cuando el panadero ve todos los días los mismos bizcochos no le dan ganas de comer eso, quiere otra cosa”. Y aunque las chicas se le regalen y lo deseen, él ahora “marca distancia”.

-Quieren tener sexo conmigo, por la imagen que tengo en el ambiente. Muchas mujeres han inventado que han tenido sexo conmigo, y yo no las conozco. Me ha pasado que alguna me lo ha dicho en la cara, porque de repente quedaba pegada con las amigas.

Una de las meretrices que trabaja en el Templo del Morbo, Antonella, confiesa entre risas que no ha tenido sexo con él y que no conoce a ninguna que lo haya tocado. Arrancó hace seis años y se quiere quedar ahí, “porque es dónde hay más movimiento de gente” y porque siempre recibió un trato profesional de parte de su empleador y nunca se le insinuó. No dice que quiera tener sexo con él, pero tampoco lo niega.

Mauricio siempre fue un ganador, desde que iba al liceo todas las muchachas querían estar con él, tenía el cuerpo grande porque hacer remo le había tonificado los músculos, cuidaba mucho de su imagen y estaba a la moda. Usaba aritos, anillos y se teñía el pelo.

Según Gustavo la personalidad de macho cabrío de su amigo era lo que las mataba y las dejaba rendidas a sus pies. Inclusive a los veinte y algo, cuando se instaló en el Yaguarón y estaba demacrado por la merca y el trabajo y la noche eterna, las mujeres igual lo deseaban, y no solo las prostitutas, todo tipo de mujeres que se sentían atraídas por su “poder”. Lo mismo pasa hoy, porque dos por tres le inventan hijos o cualquier cosa para llamar su atención.

Pero a pesar de todo, a él le gusta ser quién es: el león de la noche, un galán para las mujeres y padre de familia que vende sexo, alcohol y consoladores. Gustavo dice que ese es su mayor defecto, querer ser el rey de la selva. Su amigo tiene miedo que lo cacen, que le peguen tres tiros y el león desaparezca.

***

Si Gustavo es su mano derecha para todo, Antonella es su ancla, el día en la vida de Mauricio. Esta Antonella no es la meretriz, sino una mujer que captó su atención y enamoró al mercader del placer. Es una estudiante de arquitectura, madre de su hijo y esposa embarazada de una nena. La conoció en un boliche, ella era barman, se hicieron amigos y una cosa llevó a la otra hasta que se casaron y tuvieron hijos y perros. Según Gustavo es el faro que ilumina el camino rojo que eligió Mauricio, es la que hace que su vida sea más normal y la ambigüedad entre los dos mundos en los que se mueve Mauricio parezcan uno solo.

***

-Acá, en esta pared –dice señalando una de las de su oficina- voy a poner un cuadro que me va a hacer mi esposa. Van a ser miles de besos. La gente podría pensar que son de todas las mujeres con las que he estado. Pero sin embargo van a ser todos de ella.

El cuadro va a estar en la habitación donde se etiquetan los juguetes sexuales y se controla la entrada y salida a las habitaciones de sus tres prostíbulos y donde se planifican las acciones de su productora audiovisual de pornografía.

Solo se pregunta “¿qué tiene de bueno ser Mauricio?”. Solo se contesta “nada, es una forma más de vivir y transitar un camino”.

[1] Esta nota fue editada para la publicación en Revista Rocket.

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DOS DÍAS DE GLORIA

Antel Fest, Rocha 2013

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Rocha, ciudad de casas grises en la que un sábado de invierno a las tres de la mañana puedes llegar a morir de hambre, y desesperación, porque en el centro no encontrarás almacén abierto ni taxi en la plaza. Pero estamos en primavera, y el sábado 16 de noviembre a las tres de la mañana Rocha explotaba. La sexta edición del Antel Fest, un festival con entrada gratuita, nucleó a unas 20 mil personas que recorrieron  las calles de la ciudad sedientos de rock.

Querían más comida, más alcohol, más drogas y más música. La adrenalina corría por las venas de estos uruguayos que lejos de cumplir con el presagio de algunos lugareños de la ciudad, festejaron sin causar catástrofes, saciaron la sed de plata de los clubs de fútbol y centros educativos locales que vendieron desde panchos y papas fritas hasta vino suelto y jueguitos con luces.

Tres días atrás, el miércoles, comenzó a ser evidente la presencia de foráneos: en la ciudad había gente que no hablaba de tú, sino que voceaba, que llenaba los restoranes del centro, que preguntaba qué pub o disco abría esa noche y que se quedaban atónitas cuando los veteranos que le dan de comer pan picado a las palomas respondían “hoy en Rocha no abre nada, quizá tengas suerte en algún prostíbulo”. “No, sólo hay cuatro hoteles y están llenos”. “No, no hay hostels. Lo que te convendría sería acampar o ir hasta La Paloma, en 20 minutos estás y seguro que allí hay lugar”.

Sí, era verdad, la capacidad de hospedaje de Rocha se vio desbordada: había unos 100 lugares en los hoteles de la ciudad que se colmaron rápidamente. Los precios oscilaban en los 700 pesos por noche. Pero la Intendencia conocía su discapacidad, por eso armó un camping en la entrada de la ciudad, al lado de la Rural de Rocha. Cobraban 500 pesos las dos noches, a cambio te daban un predio, sin luz, sin agua, y la posibilidad de una ducha caliente en un baño químico. No se sabe cuántas personas se quedaron este fin de semana allí, pero los organizadores estiman que fueron varios cientos, aunque sobró lugar.

Donde no había lugar era en los alrededores del baldío donde se instaló el escenario del Antel Fest: estaba lleno de carpas y puestitos de venta improvisados. Inclusive los garajes de varias casas del barrio se transformaron en puntos de venta de chorizos, caipiriña y cerveza. “Bien fría” decían los carteles, pero a las 23.00 horas ya se hacía difícil encontrar alguna que estuviera templada.

Las veredas de la zona también se llenaron de artesanos, malabaristas y jipis con guitarras a cuestas. Anarquistas que escupían y gritaban sus consignas, pero que cantaban y se sacudían al ritmo del rock provisto por Antel y la Intendencia de Rocha.

Cuánto gastó la empresa estatal que se rige por las leyes del mercado no se sabe. La Intendencia, supuestamente aún no saca cuentas, porque el festival se enmarca en los 200 años de la ciudad, por eso al evento hay que sumarle, por ejemplo, el costo de la publicidad del bicentenario de Rocha, las horas extras de los inspectores de tránsito. Antel no quiso compartir cifras, aunque aseguró que tampoco tenían un dato exacto, ya que se trabajó en coordinación con el Ministerio de Salud Pública, la Junta Nacional de Drogas, UTE, OSE, y varios organismos estatales y locales más.

La Intendencia fue la encargada de hospedar a los músicos y sonidistas del festival, los ubicaron en el Hotel Municipal en la ciudad y en las cabañas rústicas y viejas del Parque Andresito, de La Aguada. Allí estaba la gente del Cuarteto de Nos, Buitres, Trotsky Vengarán, Daniel Viglietti, Francis Andreu, Buenos Muchachos, Garo Arkelián, La Vela Puerca y varias bandas locales que compartieron escenario con los grandes de la música uruguaya, como Sale con Fritas y Fede Graña y Los Prolijos de Rocha.

Ser rockero no es fácil

DÍA UNO

Sudas, te duelen las piernas, terminas lleno de barro, con manchas de alcohol en la ropa y seguro que algún piñazo ligas, por cortesía de los poguistas. El primer día del festival se armó el agite en serio con Trotsky. Ahí cayó desmayada una víctima de la mezcla del alcohol y marihuana. Entre siete sacaron al veinteañero y lo depositaron delicadamente en el pasto, lejos de la muchedumbre, y llamaron a la gente de la Junta Nacional de Drogas que tenía una capa a la derecha del escenario para el “achique”. Al rato se lo veía durmiendo, solo, a un par de metros de la carpa que lo auxilió.

Había varios durmiendo, acurrucados con su propio vómito y alguna botella de alcohol a medio terminar. También había parejitas mirando la luna llena, miraban el cielo y hablaban a los gritos, porque la música estaba tan fuerte que era imposible hablar suave. Entre toda esa gente había niños. Muchos. Algunos acompañados por mayores, otros solos. Corrían de un lado a otro, desaforados, se escabullían en el tumulto.

Se perdieron tres. El presentador del Antel Fest llamó a William, Oscarito y su hermana Jenny para que se arrimaran al escenario. También se perdieron cuatro billeteras, dos cédulas de identidad y varios celulares. Antel se precipitó y ofreció por los altoparlantes chips con el mismo número a 50 pesos. Mientras, en las pantallas gigantes del escenario, se sucedían los más diversos mensajes de Twitter “A Romina que lo mira por pantalla gigante TE AMO”. “Acá con Seba, Chichi agitando en el AntelFest”. “Al rubio divino que está con la remera de nacional le quiero dar”. “Seba estoy en la pantalla izquierda”.

Bajo la pantalla de la izquierda había un grupito que agitó todas las bandas y tomaron merca “a rolete”. Entre ellos había un muchacho de no más de 25 años que parecía un tanque de guerra: medía cerca de dos metros y era robusto, grande. Miraba con cara seria y metía miedo. Se aprovechó de su condición física para saltar en el pogo: se tiraba encima de los que lo rodeaban o los empujaba lejos, con una sola mano. Reía, gritaba.

Todo eso pasó en Rocha, una ciudad que se vio abrumada por la locura y el descontrol que trajeron los foráneos. Y la plata. Poca, pero plata en fin. Los almacenes del barrio que generalmente cierran para sestear se mantuvieron abiertos: esto de ver tanta gente en la ciudad sucede una vez cada diez años, con suerte. Pero igualmente quedaron disconformes: esperaban a más personas, más ventas.

Ese es el caso de Cecila, una rochense que trabaja vendiendo trotas fritas y panchos a la salida de las escuelas, se la jugó e invirtió una parte de sus ahorros para comprar 800 panchos. Estaba preocupada porque el domingo a las 21.30 horas sólo había vendido la cuarta parte. Por otro lado, Julio, que hace 22 años trabaja frente a la Plaza Independencia, en la esquina del Banco República, no se sorprendió. Los años le dieron experiencia, por eso el compró lo justo, lo mismo que compra un fin de semana cualquiera que decida hacer horas extras y vender a la salida de los bailes: unos 300 panchos.

Pero algunos festejaron las ventas, como el Liceo de Velázquez, que vendió refrescos y chorizos. Recuperaron la inversión y celebraron el saldo que les quedó para comprar mobiliario para el Liceo.

Día dos

Olor a podrido. Eso fue lo que quedó: mugre y olor a podrido. Pareciera que la tierra hubiera absorbido todo lo derramado la noche anterior y ahora, como venganza, hubiera conspirado con el sol para calentar el suelo y fermentar el alcohol desperdiciado. Putrefacción y miles de personas sudando, y respirando el tufo provocado por las fumatas. Miles de personas agitando rock. Tocó Garo Arkelián, Buenos Muchachos y La Vela Puerca, además de un par de bandas locales.

Al toque de Buenos Muchachos no fueron ni la mitad de las personas que se atropellaron por quedar más cerca del escenario y ver fragmentos de una escenografía austera, una cabeza, una guitarra, el efecto de las luces, cuando tocó La Vela. Pocos sabían las letras de las canciones, pero cuando ameritaba, nadie le hacía asco a agitar. Todos saltaban igual.

Allí, en medio de la muchedumbre, había un señor de unos 80 años luciendo su pelo blanco y mirando hipnotizado a los Buenos. Él no cantó ni una canción, ni acompañó con palmas las melodías, pero sus ojos reflejaban compenetración. Al terminar el show el vete les regaló una sonrisa, pero se camufló entre las banderas y los jóvenes que lo empujaban para acercarse al escenario.

La paciencia se estaba agotando: desde el fondo se escuchaban los cánticos pidiendo por la banda que cerraría el show.

 La Vela se hizo esperar, demoró una media hora en subir al escenario, pero una vez arriba dieron un espectáculo inolvidable. Como sacerdote poseído por el espíritu santo del rock, la banda irradió e hipnotizó al público y logró armar el pogo más grande del festival. Volaron palos, botellas y piñas. Su vocalista, Seba, incitaba a aplaudir o saltar, y la masa, más receptiva que nunca, cantaba y agitaba al unísono “Vamos, vamos la Vela de mi corazón”.

A las cinco de la mañana del lunes no había ni panchero ni almacén abierto. Quedaban un puñado de personas en al esquina que unas horas atrás había estado socada de gente. Serían unas veinte, unas acurrucadas en el pasto, otras tomando mate en la parada del bus, otros zombis, esperando no sé qué. Solo una jovencita estaba desfachatada y gritaba canciones de La Renga y saltaba sobre el monolito del Rotary Club que hay en el cantero del medio de una de las avenidas. Ese mismo monolito que horas atrás había roto un chico de unos 18 años, que mientras hablaba por celular le pegaba patadas.

El tránsito a esa hora era casi nulo. Igual que otro fin de semana cualquiera. La circulación de vehículos que se dio en Rocha sólo es comparable a la cantidad de autos que circulan en el carnaval de La Pedrera: unos 5.000. “Sin precedentes”, comentaban los inspectores de tránsito, acostumbrados a controlar unos 1000 autos los fines de semana. Hicieron cerca de 300 espirometrías, y sólo una dio positivo. No hubo accidentes.

Quedó barro en el baldío. Quedaron vasos de plástico y botellas y papeles y mugre en toda la zona. También quedó plata en el bolsillo de algunos lugareños,  en los de otros  sólo una experiencia “sin precedentes”.

UN IMPULSO EN CASAVALLE

 

Cien jóvenes de la Cuenca del Casavalle estudian, desde marzo, en el Liceo Impulso. Se trata de una institución privada, laica y de acceso gratuito que tiene un objetivo muy claro: obtener los mejores rendimientos educativos del país. El quid del asunto es conseguir que esas notas altas sean de alumnos que viven bajo la línea de pobreza, eliminando la brecha de aprendizaje que existe entre los adolescentes que tienen Nintendo Wii y los que viven en la marginalidad.

El liceo se caracteriza por tener un modelo educativo bilingüe de alta exigencia académica y la participación de los padres en el proceso educativo de sus hijos. Según Fabrizio Patritti, director del liceo, la fusión de “calidez y firmeza” es la clave para lograr cambios en los hábitos de los alumnos y que se acostumbren a la metodología empleada para cumplir sus objetivos: los chicos tienen diez horas de clase de lunes a viernes y cuatro los sábados y utilizan el inglés hasta para pedir el almuerzo. Además, es obligatorio que los padres o referentes de cada alumno vayan una vez por mes a reunirse con el equipo educativo del liceo.

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La idea la tuvo un grupo de amigos empresarios que decidieron, hace cuatro años, crear la Fundación Impulso exclusivamente para este emprendimiento. Ellos solo gestionan el liceo: no lo financian. La subvención proviene de empresas que a través de donaciones especiales deducen impuestos. Este es el segundo liceo del país que fue creado con fondos privados pero de acceso gratuito. El primero fue el Jubilar, un centro educativo católico que funciona desde 2002.

El barrio

A 40 minutos de Ciudadela, yendo hacia el norte, está Casavalle. Es una zona en la que coexisten asentamientos, cooperativas, basurales y escuelas. En ese híbrido vive el 12% de la población montevideana, que en su mayoría son menores de 34 años. El 26% de ellos no trabajan ni estudian y el 10% está sin empleo. En ese contexto de indigencia y hacinamiento está el liceo Impulso.

Según Nicolás Herrera, el director de la Fundación, eligieron trabajar en la Cuenca del Casavalle porque creen que los esfuerzos deben empezar “en las zonas más carenciadas” porque allí están “quienes más lo necesitan, los que van quedando al costado del camino”. La idea es que los jóvenes tengan las herramientas suficientes para que puedan cambiar su realidad y tener las mismas oportunidades que quienes van al British. En base a eso fue que idearon la propuesta: “beneficiar a los que menos tienen, brindar las condiciones necesarias para que cada persona dé lo mejor de sí y no tenga excusas para no aprender”.

El liceo

El frente del edificio tiene un patio de acceso que está rodeado por rejas; la parte de atrás, por una alta pared de hormigón. Dentro está el liceo. Es una construcción de un solo piso, iluminadísima, con un gran patio central. Los salones y laboratorios están dispuestos alrededor de ese patio, de tal forma que su visibilidad es casi absoluta desde cualquier punto del lugar. “Medio panóptico”, dice Patritti. Medio extraño, en comparación a la mayoría de los liceos públicos. El arreglo del terreno, la obra y el equipamiento del local costó más de dos millones de dólares.

Pero lo cierto está en que el liceo recibe diariamente a un centenar de adolescentes de la zona, que van a cursar primer año del ciclo básico, y a 24 funcionarios que van a enseñar, además de aprender a trabajar en un contexto de vulnerabilidad. Según el director, la educación que se les brinda a los alumnos vale aproximadamente 15.000 pesos. Y ninguno lo paga, no podrían: todos ellos viven bajo la línea de pobreza y 41 de ellos bajo la línea de indigencia. Pero la escasez económica no se nota dentro del liceo: ahí van jóvenes, no pobres, a estudiar.

 La propuesta educativa

Los estudiantes tienen un protocolo para casi todo. Para organizarse, principalmente al comienzo de cada clase, utilizan el SLANTSit up, Listen, Ask!, Nod Trak—, una metodología anglosajona que ayuda a los profesores a mantener el control de la clase y a los alumnos a prestar atención.

Durante las horas de estudio levantan un dedo si desean ir al bathroom, dos si necesitan help!, tres si quieren un tissue, cuatro si quieren un pencil y cinco si saben la answer. Según el director, esta metodología se implementó para que los chiquilines aprendan a ordenarse y no se dispersen.

La práctica del idioma inglés es fundamental, además de utilizarlo para comunicarse en todas las materias, lo usan inclusive cuando no están en clase, porque los carteles que hay en el liceo, incluyendo el menú del día, está escrito en ese idioma.

Aparte de las once materias curriculares, los muchachos tienen talleres de humanidades, arte, ciencia, matemática e inglés. Ninguno es opcional y no hay talleres de esparcimiento como manualidades o cocina, porque según el director Patritti “si alguien sabe escribir, leer y organizarse bien, el resto lo puede hacer sin mayores dificultades”.

Además de la currícula ordinaria tienen un programa de alfabetización y otro de valores donde se estimula la formulación de un proyecto de vida y se trabaja sobre liderazgo. Esta propuesta surgió como respuesta a la falta de motivación que encontraron los educandos en los niños al preguntar “¿qué quieres ser cuando seas grande?”. El 60% se proyectó fuera del ámbito universitario.

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El edificio y las diez horas de clase no son lo único que difiere de la metodología educativa pública. Entre otras cosas, los jóvenes no se llevan tareas domiciliarias porque deben aprender y trabajar en el liceo. Al salir del aula deben formar dos filas perfectas sobre las líneas que el director hizo pintar especialmente en el piso del patio. También tienen un código de vestimenta que deben respetar todos: los funcionarios deben vestir “bien”, “estar presentables”, mientras que los alumnos tienen que usar uniforme y zapatos. No se aceptan piercings, a las niñas no se les permite tener las uñas pintadas y deben usar siempre el pelo recogido.

A pesar de que son alumnos que “no están acostumbrados” a este tipo de orden por el contexto caótico en el que viven, todos respondieron de forma “espectacular”, respetando el horario, las reglas de comportamiento y el código de vestimenta. Según su director, “son chicos que están dispuestos a hacer lo que les pidas”. Tienen la oportunidad de recibir una buena educación y, por lo visto, no lo desperdician.

Patritti está convencido que los alumnos son los gestores del cambio y solo ellos pueden salir adelante del contexto actual. Según él, a través del criterio pedagógico empleado, se les brindan las herramientas necesarias para que potencien habilidades y desarrollen capacidades, eliminando —en el correr de los años— la brecha de aprendizaje.

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La propuesta educativa se inspiró principalmente las Charter schools de Estados Unidos. Son escuelas públicas y gratuitas pero que funcionan de forma autónoma, no dependen del Departamento de Educación de la ciudad. Estas escuelas tienen un “contrato de rendimiento” con el Estado: se comprometen a lograr determinados objetivos académicos pero toman sus propias decisiones respecto a la forma de alcanzarlos. Si no se logran las metas se revoca el contrato y la escuela se cierra. La combinación de libertad y responsabilidad en cuanto a las decisiones tomadas para lograr los objetivos, les permite a las escuelas responder a las necesidades de la comunidad, intentar enfoques diferentes y dar prioridad al aprendizaje de los estudiantes.

El liceo Jubilar también los inspiró, pero de diferente forma: “A pesar de lo que se hablaba en los 70 y 80 —que se decía que era muy difícil que los chicos pudieran compensar las carencias educativas en el período liceal— el Jubilar demostró que sí se podía, que la brecha de aprendizaje se podía achicar. Entonces dijimos: ‘bueno, tenemos un caso, funciona, hagámoslo’. Y lo estamos haciendo”, aseguró Herrera.

Tras bambalinas

La gente que está detrás de la creación del liceo es un grupo de amigos empresarios que, según Herrera, se “preocupan” por la educación: Ernesto Talvi —economista y director del Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social—, Pablo da Silveira —doctor en filosofía y director del Programa de Gobierno de la Educación en la Universidad Católica—, Marcelo Guadalupe, Elbio Strauch, Horacio Huges y el ya mencionado Nicolás Herrera, abogado y socio del estudio Guyers & Regules.

Según Herrera, “estos proyectos no son financiables en un mediano plazo sino es de manera privada”. Por esto, lo primero que hicieron fue conseguir el dinero y poner la mira en grandes empresas, porque para ellas también es negocio: la Fundación recibe donaciones que son deducibles de impuestos.

Las empresas que están desde que los empresarios comenzaron a idear el proyecto son siete: Grupo Disco, Saman, Fábrica Nacional de Cervezas, Stiler, Gerdau, Grupo Itaú (incluye OCA, la AFAP y el Banco) y Marfrig. Esas son las que han puesto el dinero para todo lo que se ha hecho: la compra del terreno, las obras de construcción del edificio, los materiales educativos, el pago de los salarios de los funcionarios, etc. Pero también recibieron algunos aportes de Interagrovial, Sadar, Punta Carretas Shopping, Cementos Artigas y Aluminios del Uruguay, entre otras.

¿Quién puede ir al Liceo Impulso?

Este año se plantearon los siguientes requisitos para ingresar al liceo:

—pertenecer a la Cuenca del Casavalle.

—estar pasando de la escuela al liceo. “Porque una propuesta de 10 horas con un chico que ya no esté escolarizado es muy complejo”, aseguró el director.

—tener hasta 14 años inclusive. “En general un chico de 15 que termina la escuela es porque tiene grandes dificultades, si tiene bigote o barba y ya está ‘en otra’ y también es complicado… ¡Acá tienen que estar diez horas! Además está todo el tema de los vínculos endogámicos”.

Según Patritti, pertenecer a determinado nivel socioeconómico no es un requisito porque la Fundación entiende que “como los chicos que vienen son una muestra representativa del barrio, los niveles de pobreza son los mismos. No les íbamos a pedir que demostraran que tenían escasos recursos; no existe un carné de pobre”.

Se inscribieron 377 jóvenes, provenientes de las 25 escuelas de la Cuenca y entraron por riguroso sorteo, 100.

Una vez que ya sabían quiénes habían entrado, el director junto a una asistente social y un psicólogo visitaron a las cien familias. En ese encuentro hablaron del proyecto más en detalle y establecieron ciertos deberes. Patritti cuenta que “firmaron un ‘compromiso’ donde nosotros poníamos lo que entendíamos que podíamos brindar, lo que creíamos que el chico tenía que dar —que es, básicamente, venir a clase y ser responsable— y pedíamos el compromiso de las familias”. El liceo cuenta con un programa de padres el cual deben cumplir: diez encuentros anuales en el que se pide su “colaboración” y se intenta “mantener una visión en común y trabajar todos los temas que incumben a los chicos con ellos”.

El año que viene habrá un nuevo sorteo, pero los hermanos de los alumnos que actualmente están cursando entrarán automáticamente.

Antecedentes

“Nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo. Los hombres se liberan en comunión”. Las palabras de Paulo Freire ejemplifican lo que está sucediendo en la Cuenca del Casavalle, pero esta propuesta no es nueva. El liceo Jubilar, ubicado también en ese barrio, es un liceo católico fundado y mantenido con fondos privados —por “padrinos”— de acceso gratuito, que lleva 11 años funcionando. El Jubilar hoy tiene unos 320 alumnos en ciclo básico y unos 70 en Espacio de Permanencia y Acompañamiento —un espacio en el que los chicos que están cursando bachillerato en otros liceos reciben apoyo de estudio y tienen talleres de esparcimiento. Además, el Jubilar da clases de ciclo básico en la noche a mayores de 21 años. Generalmente atienden los padres de los chicos que están yendo al liceo. Se destaca por no tener deserción y porque su índice de repetición es de solo 3,5% —en ciclo básico en educación pública es de un 29,6%.

Nuevos proyectos

El liceo Impulso y el Jubilar no son las únicas propuestas educativas privadas de acceso público en Montevideo. En el Cerro está en marcha un proyecto educativo que tiene como objetivo inaugurar un liceo en el 2014. Es una iniciativa parecida a la del Jubilar; se trata de la Asociación Civil Providencia, de carácter católico, que actualmente tiene un Club de niños y un Centro juvenil, donde se trabaja con un centenar de niños y adolescentes de la zona. La iniciativa será financiada por la Embajada de Japón.

¿Qué son las donaciones especiales?

El artículo 78 —Donaciones especiales— de la ley nº 18.834 —Rendición de cuentas y balance de ejecución presupuestal— establece que:

Las donaciones que las empresas contribuyentes del Impuesto a las Rentas de las Actividades Económicas e Impuesto al Patrimonio realicen a las entidades que se indican en el artículo siguiente, gozarán del siguiente beneficio:

— El 75% (setenta y cinco por ciento) del total de las sumas entregadas convertidas a unidades indexadas a la cotización del día anterior a la entrega efectiva de las mismas, se imputará como pago a cuenta de los tributos mencionados. El organismo beneficiario expedirá recibos que serán canjeables por certificados de crédito de la Dirección General Impositiva, en las condiciones que establezca la reglamentación.

— El 25% (veinticinco por ciento) restante podrá ser imputado a todos los efectos fiscales como gasto de la empresa.

03/05/2013

 

 

EN CONSTRUCCIÓN

Liceo Nº 21

Rosina está contenta porque, al fin, puede ir al liceo los días de lluvia sin correr el riesgo de electrocutarse; porque ahora puede ir al baño sola, sin que sus compañeras le tengan que abrir la puerta y tapar el agujero por el cual los varones vichaban. Ya no tiene que preocuparse por los pedazos de techo que le caían sobre la cabeza en el salón de clase. Por suerte hoy no corre peligro de lastimarse con los vidrios rotos de las puertas y ventanas, como le pasó a un compañero suyo en 2011. Está alegre porque después de dos años de ir a estudiar a un lugar con los pisos llenos de chicles y mugre, salones con bichos y olor a orina de gato, este año el liceo la recibió con las paredes blancas y prolijas. Rosina está feliz porque sabe que las cosas están cambiando.

Rosina Valiente es alumna del liceo 21 Abrazo del Monzón, tiene trece años y está cursando tercero del ciclo básico en un ambiente nuevo. El liceo no se mudó, pero este verano comenzaron las obras que lo dejarán “hermoso”.

El liceo funciona en una edificación antigua, una casona en el barrio Aguada, tiene dos turnos y emplea a unas 65 personas. Este año, después de cientos de oficios, partidas especiales e informes elevados al Consejo de Enseñanza Secundaria (CES) sobre el estado edilicio del liceo, Abrazo del Monzón recibió a unos 300 alumnos estando en obra y aún sin la habilitación de Bomberos. Docentes, estudiantes, auxiliares de servicio y administrativos se sorprendieron al encontrarse con el nuevo look de la institución.

“Cuando entramos y vimos la prolijidad y las paredes blancas, me pregunté: ‘¿yo venía acá?’”. Según Rosina el cambio es enorme. Y ha de serlo, porque a Secundaria le llevó más de cuatro años (y un papeleo que aún hoy no termina), dar el sí para que arquitectos y obreros comenzaran a trabajar en el liceo.

Algunos funcionarios de la institución creen que los arreglos no se hicieron antes por el cambio de autoridades, tanto en el Codicen como en el CES; otros piensan que solo porque el año pasado se armó un “revuelo” ante la prensa fue que Secundaria dio una respuesta.

Al liceo 21 la respuesta llegó en octubre: “las obras van a comenzar al finalizar las clases”. Pero las obras no empezaron hasta fines de febrero, por eso hasta mediados de julio alumnos y funcionarios tendrán que convivir con escombros, polvo y ruido.

Según Dante Santos, asistente social de la institución, las obras provocaron un “cambio en la calidad de vida y en el mensaje que se le transmite a los alumnos. Pasó de ser ‘acá no importa nada’ a ‘el liceo es de todos y todos tenemos que cuidarlo’”.

En este liceo se hicieron reparaciones eléctricas y en los techos, se plastificaron los pisos de parquet, se pintó todo el local, se arreglaron los bancos, se redistribuyeron los espacios. En los salones de clase se puso aire acondicionado y se cambiaron los pizarrones.

Cosas que a Rosina le encantaron. “Antes, cuando hacía calor, te morías de calor y, cuando hacía frío, te morías de frío. Las pizarras tenían agujeros, por la humedad estaban muy blandos, entonces venía alguno haciéndose el vivo y dejaba la marca del puño. Estaba todo roto y sucio”.

“No es lo mismo entrar a una clase toda rayada que ya te da una impresión fuerte, a entrar a una clase que está limpia”, agregó.

Para Rosina el cambio también fue positivo porque ahora no tendrán que perder tantas clases como el año pasado. “Entre los paros, los profesores que no venían y las veces que no pudimos venir por peligro de lastimarnos por las condiciones en las que estaba el liceo, perdimos un cuarto del tiempo de clase y eso nos perjudicó a todos”.

Las obras las lleva a cabo la Corporación Nacional para el Desarrollo (CND). Según el informe de relevamiento de los problemas edilicios de los liceos en Montevideo que presentó el 5 de marzo la Asociación de Docentes de Enseñanza Secundaria, son 15 los liceos que se encuentran en estado crítico. La CND ya está trabajando en ellos. Según lo estipulado por el CES, las obras que la CND no realice (porque no fueron incluidas al comienzo en el presupuesto) serán llevadas a cabo por el ente.

24/04/2013

LO QUE CUESTA HACERSE UN ABORTO

¿Alguna vez compró porro? ¿Y misoprostol? ¿Cuál de las dos drogas cree que es más difícil de conseguir? Adivine. Yo me saqué la duda.

Pastillas de Misoprostol

Primer round

Me sudaban las manos. La ventanilla del 187 no contenía la polvareda. La ansiedad me impelió a bajar. Jacinto Vera olía a humedad y esa parada era tan buena como cualquier otra.

Caminé una cuadra y allí estaba, esperándome, pintada de azul en la esquina. Tanteé la puerta de vidrio sólo para confirmar que estaba trancada. En cambio se abrió una voz seria, herrumbrada, que preguntó a través de una ventana. Era una mujer cincuentona de buzo rosado y lentes colgados del cuello que se perdían entre el pelo canoso, con resabios de un color castaño que hace no mucho, sospecho, fue el de su tinta. Pregunté si vendían misoprostol. Ella sonrió. La puerta se abrió.

“La dosis cuesta 5.000 pesos y la caja 8.850”, dijo la señora de la farmacia de Jacinto Vera. Le advertí que no tenía receta. No hay “una receta” para el aborto, dijo. “Con o sin, es el mismo precio”. La dosis es de cuatro pastillas de 200 miligramos y la caja trae ocho comprimidos.

Ya no me sudaban las manos; no hay misterio en comprar misoprostol. Me acerqué al mostrador y pedí indicaciones. “Te pones dos en la boca y las otras dos en la vagina”. La indicación era errónea. “Mirá, nena, te vendo las pastillas; más que eso no puedo hacer”.

Recorrí 16 farmacias en busca de misoprostol por los barrios Centro, Pocitos, Jacinto Vera, Barrio Sur, Palermo, La Comercial y Las Acacias; escenas similares ocurrieron en siete de ellas.

Segundo round

Dicen malas lenguas –como la de un alto jerarca de Salud Pública–, que ya no existen clínicas abortivas. Digo malas porque mienten; el progreso no las suprimió.

Aunque el aborto medicamentoso viene sustituyendo a los métodos quirúrgicos y al legrado por succión, aún hay consultorios atendidos por ginecólogos que colocan en el útero la droga para abortar.

Uno de estos consultorios clandestinos está en Punta de Rieles, entre una pañalera y un taller de arreglos de motos y bicicletas. Es atendido por su dueño, un ginecólogo cincuentón que brinda el mismo servicio en una clínica en Parque Rodó. Y si el cliente lo desea, puede ir hasta su domicilio y realizarle el aborto allí. En todos los casos cobra lo mismo: 3.500 pesos. Esta tarifa –baja en comparación a la venta de misoprostol en farmacias–, incluye la droga, su colocación y dos ecografías.

Contra las cuerdas

Sentada en un sillón con agujeros en el tapizado, cruzada de piernas para alivianar la molestia producida por las tablas del asiento de la clínica de Punta de Rieles, escuché cómo se hace un aborto con misoprostol y respondí brevemente un par de preguntas – cuántos años tenía y cuándo había sido mi última menstruación–. Y me advirtió, serio: “puedes estar embarazada y menstruar igual”. Después del fugaz cuestionario sugirió que me hiciera una ecografía para establecer el tamaño y la locación del embrión. Me negué.

Todavía en el sillón, pregunté qué sentiría físicamente después. El ginecólogo contestó inquieto –“dolores menstruales muy fuertes, contracciones”–. Y recalcó que es ineludible regresar a las 48 horas de haberse practicado el aborto –“no antes porque aún hay mucha sangre”–, para realizar una segunda ecografía que constataría que todo había salido bien. “Es importante porque en el cinco por ciento de los casos quedan restos embrionarios” que pueden conducir a muerte por infección.

 Tercer round

Las mujeres que desconozcan todo esto tienen otra herramienta: internet.

Sí, gracias a Google es posible acceder a información que antes era privilegiada, que se susurraba. Con poner en el buscador “misoprostol + venta + Uruguay” se logran unos 6.570.000 resultados1. La compra está a una llamada de distancia.

El teléfono sonó dos veces. Del otro lado se escuchó un “hola” austero, varonil. “Hola. Llamo por un aviso que vi en internet”, dije. Dos segundos de silencio. Tres. Cuatro. Cortaron. A los minutos recibí un mensaje de texto con el precio del misoprostol –“2.500 las cuatro pastillas, 5.000 las ocho”– y una pregunta: “¿comprás?”.

El precio de la droga baja más del 50 % respecto a las farmacias y llega a su casa como “paquetería clasificada”; es, evidentemente, el procedimiento más frecuente.

Knock out

Comprar un porro es más complicado. No hay referencias en internet. Hay que tener un amigo o un conocido que venda o que sepa de alguien que venda. Y son todas relaciones entre comillas.

El precio depende del tipo de faso, de a quién se lo compres y principalmente, de cuánto compres. Los 25 gramos de marihuana “paraguaya” –la más común y accesible– rondan los 500 pesos, pero un kilo oscila entre los 8.000 y 9.000. Después está “el pinito”, un poco más caro pero más rico, a 650 pesos los 25 gramos, y el popular cogollo, a unos 2.000 pesos.

Ahí está el negocio.

No compré ni una dosis, pero ahora sé cuál de las dos drogas es más fácil de conseguir.

 06/09/2012

QUIERO SER UN MARCIANO

ENTREVISTA: YURI LÓPEZ, EL URUGUAYO QUE SE POSTULÓ PARA COLONIZAR MARTE 

Yuri López se excita cada vez que escucha a los Guns ‘n’ Roses; es fanático de los juegos electrónicos y de la velocidad. No siente pasión por la astronomía ni la ciencia, pero tiene “el espíritu aventurero de cualquier colonizador”. Este hombre que identifica su pensamiento sobre la religión con el meme “Are you serious?”, tiene verdaderas chances de irse al planeta rojo. Es una de las 30 personas más votadas en casi 100 mil que están en el rating online de Mars-One; una organización holandesa que está buscando reclutas en todo el mundo para entrenarlos durante diez años, convertirlos en colonizadores y mandarlos a Marte en 2023 sin el pasaje de vuelta. Serán los astronautas más mediáticos de la historia, porque durante todo el proceso se planea hacer un reality show con la vida de los seleccionados para financiar el proyecto.

Hay un vaho en el living producto del desodorante que Yuri echó para disimular el olor a porro y humedad. Se ríe porque sabe que fue en vano, y me invita a prender uno. No acepto y se ríe aún más. Es una risa que intenta esconder su nerviosismo, está ansioso por que conozcan su vida. Quiere que lo recuerden tanto como a Cristóbal Colón y a la perra Laika. Quiere vivir en Marte. Quiere ser famoso.

–Sentate ahí –me indicó señalando un sillón pequeño en el que me senté de costado para esquivar una moto vieja que atravesaba la pieza y con las piernas cruzadas para alivianar la molestia producida por la falta de almohadón. –Este otro sillón lo comió mi bebé –me dijo, estiró la sábana que lo cubría y se sentó. Su “bebé” es Connor, un gran danés.

Yuri intenta camuflar su lado más desprolijo, quiere mostrar lo mejor de sí para venderse bien, y de a ratos le sale. Al hablar mira a los ojos y mueve la mandíbula como quién tiene discinesia o consumió cocaína el día entero, pero se muestra convencido de lo que dice. Quiere ir a colonizar Marte y asegura que no le importa morir en el espacio “porque moriría como un héroe”. Cosa que según él “es lo más rock ‘n’ roll del mundo”.

Juega con el reloj dorado de su muñeca mientras afirma que está dispuesto a dejar todo por tener la posibilidad de “hacer una especie de Stargate en Marte, hacer un rebout de la humanidad”. Y yo le creo.

Tiene 27 años y más de 27 consolas de videojuegos desparramadas por la casa. Su hogar es frío, modesto y desordenado; hay platos sucios y en los rincones de los techos telarañas. Afuera, en el patio, tiene una moto imitación Ninja que compró hace cuarenta días, pero que fundió hace un mes.

Pudo mudarse y darse algunos gustos, como comprarse una televisión grande de pantalla plana y tomar clases de paracaidismo y piloto, porque trabaja en Tata Consultancy Services desde 2011. Ingresó gracias a su cuñado, que para evitar que se vaya a Paraguay a probar suerte con 20 mil pesos en la mano, entregó su currículum en la empresa. Antes Yuri trabajó como gondolero del Disco y fue policía por seis años. Odió ese laburo, pero entró porque necesitaba comer. A pesar de que no le pagaban bien, aguantó porque se sentía útil.

También se sentía solo. Paraguay era una excusa para salir de una rutina que aborrecía e intentar “encontrar [su] lugar en el mundo”. Porque hasta el momento no había hallado el amor ni estaba cómodo con su cotidianeidad. Ahora tampoco está enamorado, pero explica que es feliz porque vive bien. Sin embargo igual se quiere ir a Marte, y aunque no lo dice, otra vez está intentando escapar de su realidad.

A su viaje espacial sólo llevaría su Tablet llena de juegos y películas. Yuri no quiere nada más, sabe que ni su perro ni su Ninja van a poder acompañarlo. Tampoco va a poder volar un avión o practicar paracaidismo, cosa que hizo una única vez en su vida pero que le encantó; por eso detuvo sus cursos hasta el 31 de agosto, fecha en la que se conocerán los seleccionados para participar en Mars-One.

“Al fin y al cabo mi vida allá va a ser estricta, de investigación científica. Se va a llevar un equipo para realizar estudios para ayudar a la humanidad, vamos a seguir órdenes de la Tierra”, dijo, sonrió, y puso un ejemplo: “nos van a mandar a recolectar piedras en tal y tal lugar para ver si hay yacimientos de x material”.

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-Los Kickstarter cambiaron la mentalidad de la gente -afirmó y se arregló la caravana de la oreja derecha, que brillaba tanto como su reloj. El Kickstarter es una plataforma online donde uno puede donar dinero para una causa o un proyecto creativo. Según él, este método de financiación es lo que hace posible la existencia de programas como Mars-One. Yuri cree que las donaciones y las ganancias de la televisación masiva -que está prevista desde el inicio de la selección final- superarán los seis billones de dólares, suma que necesitan para llegar a Marte. “Pensá que eligen a 40 personas de diferentes países, entonces va a haber 40 países que esperan que su bandera sea la que llegue a Marte. Yo pienso que eso va a generar el evento mediático más grande del mundo”.

Él no desconfía de la legitimidad del proyecto, por eso al momento de registrarse subió su video de postulación al sitio web de la organización y pagó sin chistar los 15 dólares que le correspondían para hacer efectiva su inscripción. Hay cerca de 100 mil inscriptos; es decir que Mars-One ya tiene unos 1.500.000 dólares.

A Yuri tampoco le molesta la idea de que lo estén filmando día y noche, porque él es voluntario en Mars-One, y de la misma forma que está dispuesto a abandonar todo lo que conoce por emprender un viaje sin retorno, también está dispuesto a ignorar las cámaras y el sacrificio que le llevará lograrlo, como bajar de peso; porque Yuri es una hombre grande, ronda los 100kg. Tampoco le importa pasar el resto de su vida encerrado, aquí estuvo 48 horas en una garita cubriendo un 222 mientras fue policía y asegura que eso le sirvió de experiencia.

Yuri tiene una concepción mesiánica de Mars-One, cree que el grupo colonizador será capaz de desarrollarse “sin cometer los mismos errores que en la Tierra” porque serán entrenados para eso. Y justamente porque él no va a estar en la Tierra es que quiere donar su semen para tener descendencia. Piensa que “sería medio cool que le digan al niño ‘¿querés saber quién es tu padre? Mirá el cielo, no lo ves pero está allá, en Marte. Poné el canal 45”.

A Yuri no le importa la plata, él se quiere ir porque se le “llena el corazón de alegría de pensar en [que puede] ser uno de los elegidos para viajar al espacio”. Se pregunta de qué le serviría tener plata en Marte. “Se la mandaría a mis viejos, mi hermano tendría un Ferrari acá…y a todas las minas” comentó entre risas.

Las mujeres son algo que “podría llegar a extrañar”, dijo dudando, y agregó “se supone que en Marte vamos a tener descendencia” y haciendo la venia remató “en nombre de la ciencia, lo que sea”.

Él quiere ser reconocido y admirado, por eso acepta alegremente todas las solicitudes de amistad que le llegan por Facebook. Disfruta de su “pseudo fama”, ahora todos lo saludan al pasar y lo interrogan sobre su postulación. Yuri confiesa que tiene un “cassette” puesto y que generalmente las preguntas que le hacen son ¿por qué te quieres ir? Y ¿por qué no puedes volver? Cuestión que explica de forma sencilla “un cuerpo no soporta 14 meses de exposición a la gravedad cero porque llega a la Tierra y hace pujjjaaagggchiiijjjj” –sonido que sugiere que el cuerpo se descompone-. “Es todo muy mind-blowing” concluyó mientras ejemplificó el concepto haciendo ademanes con sus manos.

El tufo provocado por el desodorante se disipó entre el aire frío de invierno que entraba por las ventanas de hierro, pero el olor a marihuana persistió. También vive allí, junto a su moto tipo Ninja, su perro y el sueño de conquistar otro planeta.

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