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Sanar en la tierra

O cómo transformar un basural en quinta: el ejemplo de rehabilitación de ocho presos de la cárcel de Canelones

Era viernes, pero el ruido era igual al de cualquier otro día: palos contra metal, metal contra metal, cuerpos contra metal. Gritos cargados de furia y desesperación. No los vi, pero me contaron que unos 1.000 hombres ven el sol tres horas por semana, que duermen de a ocho en piezas pensadas para cuatro y que no hacen más que esperar en un encierro que enloquece. Y se cortan los brazos para sentir algo. Más allá del tiempo. Más allá del castigo. Cuando la angustia los agobia, cuando se pelean, cuando necesitan pedir algo, aúllan y golpean los barrotes de sus celdas. Después los guardias, después el silencio. Eso el viernes, eso siempre.

Dentro del galpón de ladrillos tupido de alambres de púas y rejas: la prisión. Adentro, el olor a encierro, a sudor, a la putrefacción de la ropa que no se seca bien. Afuera, la luz y la tierra, pan, bloques, lombrices, bolsas con plástico y cartón reciclado, plantaciones de tomates, zapallos, girasoles, lechugas, flores. Hombres que una vez vivieron en el galpón, con chalecos amarillos que tienen estampado el logo del Instituto Nacional de Rehabilitación (INR). Ese puñado son los privilegiados del Centro de Reclusión Nº 1 de Canelones, los que tienen la oportunidad de trabajar para redimir pena. Ocho de ellos son los encargados del único predio verde de la cárcel, la quinta. Afuera, el olor que emana el galpón, el tufo omnipresente.

Vigilar y castigar

El director del INR, Luis Mendoza, tiene claro lo que tiene que hacer: recorrer todas las cárceles, porque sabe que “el ojo del amo engorda el ganado”, dice. Ayer fue la cárcel de Canelones, que es así: tiene tres sectores, el Módulo 2, que es el de máxima seguridad y es donde están los que por primera vez cometieron un delito, y los otros, los que ya tienen un historial. Luego está el Módulo 1, donde está la gente que trabaja o estudia, y el sector de barracas, donde están las personas próximas a egresar. En los tres sectores hay gente que trabaja o estudia, 664 en total. 176 presos trabajan dentro de la cárcel, seis fuera; 250 realizan algún tipo de actividad sociocultural o deportiva y 189 están recibiendo educación formal o informal. A través del trabajo y el estudio redimen pena; cada dos días se les descuenta uno.

Trancados bajo el sol

Cuestión de rutinas. 7.30 arranca su día, a las 9.00 empiezan a trabajar. Reciclan plástico y cartón, tejen alfombras, hacen bloques, pan y bizcochos, adornos para el jardín. Otros trabajan la tierra y semanalmente llevan una carretilla de alimento orgánico a la cocina de la cárcel. Rastrillan, hacen surcos y canteros, siembran, ven crecer las plantas, cosechan y comen.

“Entendemos perfectamente de qué se trata la rehabilitación y tratamos de dar el ejemplo de trabajo y multiplicarlo. Sembramos valores de solidaridad, compañerismo y respeto junto con las hortalizas”, explicó Adrián, que está preso desde hace tres años. Dos años atrás se le ocurrió ir con un puñado de lombrices en las manos a golpear la puerta de Carlos Bermúdez, el subdirector de la cárcel, encargado del Área Laboral. Le quería contar que estaba utilizando los desechos orgánicos de la cocina de la cárcel, donde hacía un año que trabajaba, para producir humus en una conservadora de espuma plast. La basura -la basura de 1.000 presos- que se enterraba en “el predio de atrás” era un problema: el olor era -es-, insoportable. A los dos días recibió una noticia que le cambiaría la rutina y la cabeza: Bermúdez le pidió que juntara diez personas para armar una quinta. Los juntó, de esos diez quedaron cinco, y esos cinco transformaron el “predio de atrás”, el terreno baldío al fondo a la izquierda de la cárcel destinado a ser quinta, un basural donde, además de la porquería, se enterró la materia fecal de los presos durante un tiempo, o por lo menos eso dijeron.

La tierra se abonó, reprodujo lombrices y yuyos, y trajo “tranquilidad” a los participantes. “Pusimos tanta voluntad que en una semana ya teníamos canteros hechos, y cuando vino el ingeniero agrónomo Hugo de Melo a enseñarnos a plantar, se sorprendió. Él se entusiasmó y trajo de su casa una mata de tomate, otra de orégano, de tomillo, y cada vez nos traía una planta diferente. Vio que estábamos motivados”, afirmó Adrián. “Hicimos como los aztecas, construimos nuestras propias herramientas y pensamos constantemente en cómo mejorar; por ejemplo, el sistema de riego era de tracción a sangre, llenamos un tanque de agua y hacíamos cadenas humanas”. Ahora tienen manguera, un regalo de Huertas Comunitarias Montevideo (HCM).

“Como líder les dije que no me sentía más que nadie, acá seguimos al que tiene la mejor idea, lo escuchamos y hacemos. De esa forma fuimos aprendiendo de nuestros errores y cada año fuimos perfeccionándonos”, dijo Adrián, y Sebastián, uno de los que trabaja en la quinta, asintió y acotó: “Es dar un paso adelante”. Dieron tantos pasos adelante que ahora producen más de lo que les permite el espacio de la quinta; “tiramos semillas de tomates y salieron demasiados”, contó Adrián. Por eso se les ocurrió que podían dar los plantines a escuelas y comedores. Entonces decidieron contactar a HCM.

La ciudad comestible

Ése es el gran sueño de los fundadores de HCM, Inés Velazco y Diego Ruete: hacer de Montevideo una ciudad comestible sustentable, plantar en todos sus espacios verdes y reconectar a las personas con la tierra. Sembrar, cosechar y comer. La idea surgió hace un año porque a Velazco le preocupa qué hacer con los “desperdicios orgánicos y las semillas, la privatización de ciertas semillas, de los pesticidas en los alimentos”, y sobre todo la “producción del alimento como producto y no como alimento”, contó. En ese momento se puso las pilas, hizo un curso de huerta orgánica y le pidió a un amigo que tenía en venta una casa con un terreno baldío de unos 20 metros al fondo, en el Cordón, para trasladar los tomates de su balcón a la tierra. “Ahí me encontré con Diego, que es un hacedor y emprendedor. Vinimos un fin de semana y le encantó el lugar, y pensamos en abrirlo a la gente”, señaló. “Sabíamos que iba a ser grande, pero no tan grande”, acotó Ruete. Hicieron un llamado por Facebook para limpiar el terreno, fueron 20 personas, transformaron el lugar en un par de días y empezaron a plantar. Se fue corriendo la voz y se formó una “comunidad con gente de diferentes estratos sociales, culturales y hasta nacionalidades, con el mismo interés por volver a la tierra”. Los huerteros están convencidos de que plantar “puede llegar a transformar la sociedad y solucionar el problema de la alimentación. Si cada vecino le dedicara una hora por semana, estaría resuelto”.

Los privados de libertad se contactaron a través de sus familias con HCM porque consideraron que “su idea era la más parecida” a la que ellos tenían. “Esta gente está ayudando a otra gente”, explicó Adrián. Así nació el vínculo entre presos y huerteros; ahora intercambian semillas y experiencias. “Queríamos hacer valer nuestro trabajo, por eso decidimos plantar el terreno a la máxima expresión, producir lo máximo, y el excedente darlo en los plantines. Ahí [dijo señalando el galpón] viven 1.200 personas y muchas no tienen familia ni visitas, y el tema de la comida es vital. Nosotros, por diplomacia, decidimos no ponernos entre las personas con hambre y la comida; nuestra comisión cría las plantas, después quien se las coma nos es indiferente”, aseguró Adrián.

Un trato por el buen trato

Velazco entiende que plantar “te da un sentido de pertenencia y utilidad, es saludable y muy terapéutico. Vuelves a lo comunitario, a resolver problemas entre todos. Te conecta con la vida, con los ciclos. Los humanos somos tierra”. Así también piensan los presos: “Cambia mentalidades”, aseguró Adrián, y contó que “el grupo se siente orgulloso. Mirá a Sebastián, hace unos años tenía un problema tras otro, era como bicarbonato en el agua, no te muestra los brazos porque por algo los tiene tapados, pero se vino acá y se enfocó en dar vuelta la tierra como ejercicio físico; después vio que se podía comer lo que se plantaba, que es el segundo punto que le interesó; después vio que era tranquilo, y cuando le dije que podíamos ayudar afuera dijo ‘vamos a sacar esto adelante a como dé lugar’, y así fue, así lo ves”.

Jonathan, otro de los integrantes de la comisión que trabaja en la huerta, también asegura que la quinta le “cambió la cabeza”. “Yo cometí un error y terminé acá. Hace cinco meses que estoy acá. No tenía mucha noción de la tierra, pero siempre me gustó, siempre vi a mi abuela regar y plantar y todo, aprendí abundante, así, a plantar; siempre vas a tener trabajo y siempre vas a poder cosechar en la tierra, siempre. Y ta’, pensé que, mi deseo, lo que anhelo, es salir a la calle. Yo tengo un campo de 12 hectáreas y en mi barrio hay muchos pibitos que están en la calle, y mucha delincuencia… pensé en ponerme con los Jóvenes en Red o algo así para juntar pibitos y enseñarles a plantar. Los va a ayudar a sacar de la calle, les va a cambiar la cabeza un poco, porque errores cometemos todos, ¿o no? Planto y digo ¡cómo crece la planta! la miro así y digo ¡fah! creció y esto lo hice yo, y ahí voy madurando. Corte que me cambió todo así la tierra”. Jonathan “perdió” a los 18 por rapiña, ahora tiene 20, le faltan cinco años y dos meses para salir.

Adrián aseguró que “todos” estarían “encantados de poder hacer huertas en una escuela, en un comedor. “Lo haríamos con muchísimo gusto porque lo vamos a hacer bien”, dijo, y sus compañeros asintieron con la cabeza, sonriendo. Siguió: “Esto es el jardín botánico de la cárcel. Vienen diputados, ministros y ¿qué les muestran? La quinta, porque vienen a las dos de la tarde y estamos trabajando, vienen a las 10 de la mañana y también. El trabajo se ve”.

Nota publicada en La Diaria el 18/12/2014 http://ladiaria.com.uy/articulo/2014/12/sanar-en-la-tierra/

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Salir con algo

El cuento corto de ocho presos que redimen su pena trabajando en las bodegas Castillo Viejo

Su rutina es así: madrugar, esperar que el patrón los pase a buscar en un camión chico, llegar al viñedo a las 7.30. Una vez allí, respirar y sentir el olor del campo, doblar el lomo, podar, cortar las ramas que no tengan brotes, levantar troncos, alambrar, manejar un tractor o arreglarlo, secarse el sudor de la cara, almorzar, retomar la tarea y esperar, otra vez, a que los lleven de regreso en el mismo camión al mismo lugar. A las 19.00 están listos para bañarse, comer y dormir. Tratan de no pensar, pero despiertan y saben que la oportunidad es esa rutina: sentir la tierra en las manos y el sol en los hombros, ganar unos pesos y mandárselos a la familia, pasar el día fuera de la cárcel de Juan Soler, en San José.

En Uruguay hay cerca de 10.000 presos; unos 118 están en Juan Soler, y ocho de ellos trabajan en las bodegas Castillo Viejo, una empresa vinícola de 110 hectáreas ubicada a 20 minutos de la cárcel. Son todos hombres. Algunos fueron procesados por el delito de rapiña, otros por suministro de estupefacientes y uno por violación. Todos quieren exactamente lo mismo: conseguir la libertad cuanto antes, y todos hicieron mérito para obtener el permiso del juez, trabajar fuera de la cárcel y poder redimir su pena. Cada dos días trabajados, se descuenta uno de pena.

La oportunidad laboral surgió porque el Patronato Nacional de Encarcelados y Liberados (PNEL) tiene un convenio con Castillo Viejo desde agosto. La empresa planea integrar a dos presos más, y en un par de meses, cuando arranque la zafra, trabajar en total con 40 privados de libertad. El encargado general de la bodega, Javier Peraza, aseguró que emplear presos “da tranquilidad”. “Contás con un personal estable, que no te falta, que llega en hora y cumple toda la jornada, que aprende rápido y se esfuerza por mantener lo que consiguió”, explicó, y destacó su “disposición” hacia el trabajo: “Son los que llevan la iniciativa”, y eso “es una gran ventaja porque ordena al grupo”.

El convenio con la bodega no es el único que tiene el PNEL. Desde 2012, aproximadamente 650 presos han pasado por diferentes empresas que ofrecen pasantías que pueden renovarse o convertirse en un trabajo fijo incluso cuando salen en libertad; entre ellas se encuentran UTE, CUTCSA, la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP), Focap, intendencias, alcaldías y el Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional (Inefop), que brinda talleres de capacitación de oficios. Del total de los presos que trabajan fuera de la cárcel “hay una reincidencia de 6%” frente al 53% que vuelve a delinquir si no trabaja, recordó el coordinador del área laboral del PNEL, Martín Quiró, e hizo énfasis en la importancia que tienen la capacitación y el empleo para los presos. “La fotografía que tenemos [de los presos] nos dice que son personas jóvenes, con primaria incompleta, en su mayoría jefes de hogar con muchos hijos, desempleados crónicos con muy poca capacitación”, explicó, y argumentó que por eso es necesario que se eduquen, para “cambiar el chip” de la cabeza -reemplazar los códigos carcelarios por los que se manejan fuera, adecuarse a la rutina-, y así lograr mantener un trabajo.

“Todos estamos tratando de rehabilitar a esta gente”, dijo Peraza, el encargado de la bodega, y agregó que el aprendizaje de nuevas habilidades es otra de las cosas que le dan “tranquilidad”. Como consecuencia, la empresa y el PNEL acordaron terminar dos horas antes la jornada de trabajo durante las próximas semanas para que se capaciten en las tareas del viñedo y certifiquen los saberes. “La idea es que se vayan con un currículo con lo que sepan hacer y que les sirva en un futuro”, explicó. La “empresa tiene las puertas abiertas” y “sería ideal que [al salir de la cárcel] se quedaran”. “Yo me doy cuenta de que son privados de libertad cuando llego al establecimiento y los tengo que dejar”, dijo Peraza, y contó que desde que los emplearon, la productividad del viñedo aumentó 60%. Antes de que llegaran había 16 personas trabajando en forma fija, pero no daban abasto, porque generalmente los que entraban cortaban la jornada a la mitad del día o sencillamente no iban.

El hábito no hace al monje

Cuando se confirmó la integración de los presos al escuadrón de trabajo, la empresa, junto al PNEL, hizo una reunión con todos los empleados “porque la gente de afuera tiende a verlos vulnerables y a protegerlos”, y ésa no era la idea, porque en definitiva “son uno más del montón” y no hay que olvidar que “por algo están presos”. La charla “generó ansiedad, todos estábamos ansiosos por que llegaran”, aseguró. Finalmente llegaron, se “adaptaron rápido” y la ansiedad era tanta que Peraza pidió fijar otra reunión, esta vez con los psicólogos del PNEL, para tratar el tema de por qué están presos y cómo es vivir en una cárcel. La curiosidad de los empleados era “tremenda”. Se decidió que lo mejor era “entender [y que los presos dijeran] que habían cometido un error y lo estaban pagando”.

Y eso fue lo que dijeron. Todos tienen un proyecto para cuando salgan: trabajar. Todos quisieran salir antes de tiempo y todos tienen a alguien que los está esperando afuera. Es el caso de Sergio, de 26 años. Ahora está “pagando” su delito. “Estoy por rapiña hace dos años. Me dieron siete años y siete meses”, dijo, mientras avanzaba paso a paso, con la espalda curva, para cortar las ramas secas y sin brotes por la plantación de uvas en lira abierta -en forma de V- que aún no están listas para cosechar. Ese trabajo, para él, es “una oportunidad, no sólo para mí sino para los demás compañeros que están privados de libertad”, reconoció. “Hay que ser responsable, tener buena conducta, levantarse temprano y hacer las cosas bien” para que las oportunidades lleguen, concluyó. Sergio empezó a trabajar en la bodega el 18 de agosto, y considera que el premio es que “salís del encierro”; además, “estás redimiendo [pena] y ayudando a tu familia con algún peso”. “Está bueno” no depender de nadie, “te rinde porque a mí no me gusta pedir que me manden para comprar una pasta de dientes, una remera”.

Cobran el mismo sueldo que cualquier otro empleado que desempeñe la misma función. Una parte se destina a su peculio, que cobrará al salir, otra es para su familia, y otra, la menor, se la queda él. No se queja. “Me dieron la oportunidad y la estoy aprovechando. Salir del encierro te cambia la rutina, no estás todo el día trancado”.

Sergio tiene una familia que lo espera y una abuela que le guarda los recibos de sueldo de los trabajos que tuvo antes de caer preso. Sabe que cuando salga va a “estar bravo”, pero tiene cierta tranquilidad: “Yo aporté al BPS, y eso me sirve a la hora de buscar trabajo”, dice; espera.

Javier, de 34 años, también dijo que “estaba por haber cometido un error”, pero después, cuando empezó a contar su historia, aseguró que estaba ahí por una “confusión”, porque “mi suegra denunció que toqué al gurí”, dijo, y siguió cortando ramas. Él también quiere salir cuanto antes; hace un año y seis meses que está preso, pero si todo sale bien, calcula que estará libre en marzo de 2015. Es el más nuevo en el grupo, entró hace nueve días y dice que le gusta estar en un viñedo, porque siempre trabajó en las quintas, y esto es lo más parecido que hay a las quintas estando en la cárcel. Javier tiene una esposa y niños que lo están esperando.

Rodrigo, de 29 años, también tiene familia y una esposa emprendedora que quiere poner un supermercado y que lo está esperando. Cayó por rapiña hace un año y ocho meses, el juez le dio cuatro. Sabe que se mandó “una cagada”, que cometió “un error y hay que aceptarlo”, y también que “uno se da cuenta de lo que tiene cuando lo pierde”. Reconoció que estar alejado de su familia, principalmente de su esposa y cuatro hijos, se le ha hecho “muy difícil”.

Esas mismas palabras usa para describir el sentimiento Quiroga, esposo y padre de una nena. También está preso por rapiña, según él, mal juzgado, pero ahí está, redimiendo, juntando las ramas secas de la plantación, apilándolas sobre un armazón de madera que tira un caballo. Le quedan tres años, y hace un año y seis meses que está ahí.

Hasta acá los primarios. También están Michael, de 42 años, y Daniel, de 34, ambos procesados por quinta vez por suministro de estupefacientes. Michael maneja el tractor mientras Daniel alambra, poda, levanta ramas. Ambos tienen ganas de salir, ambos reconocen el error y juran que nunca más. Ambos tienen familia que los esperan y proyectos de trabajar para sustentarla.

Sergio, Javier, Rodrigo, Quiroga, Michael y Daniel. Seis de los ocho afortunados de Juan Soler. Seis “trancados” que aseguran que su conducta -últimamente- ha sido intachable, y que esperan redimir y achicar la pena, que quieren otra oportunidad. Seis hombres que quieren la libertad.

Nota publicada en La Diaria el 22/10/2014: http://ladiaria.com.uy/articulo/2014/10/salir-con-algo/

LA TIERRA QUE TIEMBLA

Bitácora de Valizas

Valizas te saca lo protocolar y te pone lo jipi ahí nomás.Y digo jipi y no hippie porque acá las causas ambientalistas y contra las guerras tienen muy poca resonancia, por no decir nula; y el temita de “amor y paz” pasa por entriparse y tener sexo en las dunas. Entonces, el jipismo, entendido como el disfrute de andar descalzo y con poca ropa por la calle, estalló el pasado 6 de enero en el “candombe de reyes”, la llamada del rey mago San Baltasar.

Pero volvamos a lo de ser jipi, porque para entender qué pasó ese lunes en la noche es necesario saber que acá te conviertes en jipi de rebote, porque sin preámbulos te ves despojado de todo lo universitario y profesional, y sumergido en una vida campestre, donde la mejor opción para orinar si estás acampando o boyando por las calles de tierra y arena es la playa, o detrás de algún arbolito que haya al costado del camino.

Acá te conviertes en jipi porque no te queda otra; porque si quieres gozar de verdad la arena, el mar, el sol y las estrellas, es mejor estar descalzo y sin accesorios.

Pero cuidado, abre los ganchos, en Valizas también hay electricidad, restaurantes, un cyber, almacenes, una feria de artesanos y muchas casas confortables, con baño y agua caliente, con cocheras y una cucha para el perro. Sin embargo, advierto: la persona que quiera regocijarse con todas esas comodidades mejor que vaya a Punta del Este -bueno, si no necesita mucho lujo La Paloma también es una buena opción-; porque la gracia de venir a veranear a Valizas es justamente lo contrario: disfrutar de lo modesto, de no tener computadora ni batería en el celular, de no saber la hora y no tener idea de qué está pasando en Montevideo o el mundo.

Desconectarse para sentir el calor de la tierra en los pies y la arenilla que vuela en el cuerpo. Uno viene a Valizas para sentirse vivo.

Ese fuego que tiene la vida en Valizas se apoderó de casi 400 personas en la llamada de San Baltasar e hizo que movieran los pies al ritmo de una cuerda de unos 50 tambores. La tocata había comenzado a 10 cuadras de distancia, en frente a la feria de los artesanos, por la calle principal, la “Gorlerito”; pero como todos los años, terminó junto al mar. Y la tierra tembló.

Sí, leyó bien: residentes y turistas jipis fueron poseídos por el espíritu valicero-africano-candombero que los llevó bailando en la oscuridad hasta el océano a media noche. La fiesta terminó en la madrugada con varios pibes bañándose en el agua tibia. Esa agua, mezcla de arroyo y mar, limpió las huellas del desquicio causado por el baile al son de los repiques de los tambores.

Risas, locos movimientos de cadera, porro, ácido y una fogata de unos tres metros de diámetro hicieron de la noche en la playa una fiesta. Niños acompañados por sus padres, jóvenes y veteranos, cantaron, bailaron, y disfrutaron de lo que el santo rey mago negro Baltasar tenía deparado para los valiceros: oscuridad y candombe. Oscuridad y cuerpos que sudaban salitre y se movían frenéticamente unos contra otros, ebrios de placer porque San Baltasar se acordó una vez más de llevar uno de los ritmos más primitivos a un balneario que apuesta a que la gente se encuentre con su lado más animal: el más primitivo.

Imagínese la llamada sin arena en los pies, sin el ruido del mar y el agua mojando las piernas, sin oscuridad; usted se debe estar imaginando “el candombe de los reyes” en todos lados menos en Valizas, porque acá lo que importa es disfrutar de lo que no hay en otra parte: esa magia-natural-jipilla que sólo vive aquí. Sentir eso en Valizas es sólo una disposición mental.

Nota publicada en http://www.freeway.com.uy/columnas/1191_la-tierra-que-tiembla/

DOS DÍAS DE GLORIA

Antel Fest, Rocha 2013

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Rocha, ciudad de casas grises en la que un sábado de invierno a las tres de la mañana puedes llegar a morir de hambre, y desesperación, porque en el centro no encontrarás almacén abierto ni taxi en la plaza. Pero estamos en primavera, y el sábado 16 de noviembre a las tres de la mañana Rocha explotaba. La sexta edición del Antel Fest, un festival con entrada gratuita, nucleó a unas 20 mil personas que recorrieron  las calles de la ciudad sedientos de rock.

Querían más comida, más alcohol, más drogas y más música. La adrenalina corría por las venas de estos uruguayos que lejos de cumplir con el presagio de algunos lugareños de la ciudad, festejaron sin causar catástrofes, saciaron la sed de plata de los clubs de fútbol y centros educativos locales que vendieron desde panchos y papas fritas hasta vino suelto y jueguitos con luces.

Tres días atrás, el miércoles, comenzó a ser evidente la presencia de foráneos: en la ciudad había gente que no hablaba de tú, sino que voceaba, que llenaba los restoranes del centro, que preguntaba qué pub o disco abría esa noche y que se quedaban atónitas cuando los veteranos que le dan de comer pan picado a las palomas respondían “hoy en Rocha no abre nada, quizá tengas suerte en algún prostíbulo”. “No, sólo hay cuatro hoteles y están llenos”. “No, no hay hostels. Lo que te convendría sería acampar o ir hasta La Paloma, en 20 minutos estás y seguro que allí hay lugar”.

Sí, era verdad, la capacidad de hospedaje de Rocha se vio desbordada: había unos 100 lugares en los hoteles de la ciudad que se colmaron rápidamente. Los precios oscilaban en los 700 pesos por noche. Pero la Intendencia conocía su discapacidad, por eso armó un camping en la entrada de la ciudad, al lado de la Rural de Rocha. Cobraban 500 pesos las dos noches, a cambio te daban un predio, sin luz, sin agua, y la posibilidad de una ducha caliente en un baño químico. No se sabe cuántas personas se quedaron este fin de semana allí, pero los organizadores estiman que fueron varios cientos, aunque sobró lugar.

Donde no había lugar era en los alrededores del baldío donde se instaló el escenario del Antel Fest: estaba lleno de carpas y puestitos de venta improvisados. Inclusive los garajes de varias casas del barrio se transformaron en puntos de venta de chorizos, caipiriña y cerveza. “Bien fría” decían los carteles, pero a las 23.00 horas ya se hacía difícil encontrar alguna que estuviera templada.

Las veredas de la zona también se llenaron de artesanos, malabaristas y jipis con guitarras a cuestas. Anarquistas que escupían y gritaban sus consignas, pero que cantaban y se sacudían al ritmo del rock provisto por Antel y la Intendencia de Rocha.

Cuánto gastó la empresa estatal que se rige por las leyes del mercado no se sabe. La Intendencia, supuestamente aún no saca cuentas, porque el festival se enmarca en los 200 años de la ciudad, por eso al evento hay que sumarle, por ejemplo, el costo de la publicidad del bicentenario de Rocha, las horas extras de los inspectores de tránsito. Antel no quiso compartir cifras, aunque aseguró que tampoco tenían un dato exacto, ya que se trabajó en coordinación con el Ministerio de Salud Pública, la Junta Nacional de Drogas, UTE, OSE, y varios organismos estatales y locales más.

La Intendencia fue la encargada de hospedar a los músicos y sonidistas del festival, los ubicaron en el Hotel Municipal en la ciudad y en las cabañas rústicas y viejas del Parque Andresito, de La Aguada. Allí estaba la gente del Cuarteto de Nos, Buitres, Trotsky Vengarán, Daniel Viglietti, Francis Andreu, Buenos Muchachos, Garo Arkelián, La Vela Puerca y varias bandas locales que compartieron escenario con los grandes de la música uruguaya, como Sale con Fritas y Fede Graña y Los Prolijos de Rocha.

Ser rockero no es fácil

DÍA UNO

Sudas, te duelen las piernas, terminas lleno de barro, con manchas de alcohol en la ropa y seguro que algún piñazo ligas, por cortesía de los poguistas. El primer día del festival se armó el agite en serio con Trotsky. Ahí cayó desmayada una víctima de la mezcla del alcohol y marihuana. Entre siete sacaron al veinteañero y lo depositaron delicadamente en el pasto, lejos de la muchedumbre, y llamaron a la gente de la Junta Nacional de Drogas que tenía una capa a la derecha del escenario para el “achique”. Al rato se lo veía durmiendo, solo, a un par de metros de la carpa que lo auxilió.

Había varios durmiendo, acurrucados con su propio vómito y alguna botella de alcohol a medio terminar. También había parejitas mirando la luna llena, miraban el cielo y hablaban a los gritos, porque la música estaba tan fuerte que era imposible hablar suave. Entre toda esa gente había niños. Muchos. Algunos acompañados por mayores, otros solos. Corrían de un lado a otro, desaforados, se escabullían en el tumulto.

Se perdieron tres. El presentador del Antel Fest llamó a William, Oscarito y su hermana Jenny para que se arrimaran al escenario. También se perdieron cuatro billeteras, dos cédulas de identidad y varios celulares. Antel se precipitó y ofreció por los altoparlantes chips con el mismo número a 50 pesos. Mientras, en las pantallas gigantes del escenario, se sucedían los más diversos mensajes de Twitter “A Romina que lo mira por pantalla gigante TE AMO”. “Acá con Seba, Chichi agitando en el AntelFest”. “Al rubio divino que está con la remera de nacional le quiero dar”. “Seba estoy en la pantalla izquierda”.

Bajo la pantalla de la izquierda había un grupito que agitó todas las bandas y tomaron merca “a rolete”. Entre ellos había un muchacho de no más de 25 años que parecía un tanque de guerra: medía cerca de dos metros y era robusto, grande. Miraba con cara seria y metía miedo. Se aprovechó de su condición física para saltar en el pogo: se tiraba encima de los que lo rodeaban o los empujaba lejos, con una sola mano. Reía, gritaba.

Todo eso pasó en Rocha, una ciudad que se vio abrumada por la locura y el descontrol que trajeron los foráneos. Y la plata. Poca, pero plata en fin. Los almacenes del barrio que generalmente cierran para sestear se mantuvieron abiertos: esto de ver tanta gente en la ciudad sucede una vez cada diez años, con suerte. Pero igualmente quedaron disconformes: esperaban a más personas, más ventas.

Ese es el caso de Cecila, una rochense que trabaja vendiendo trotas fritas y panchos a la salida de las escuelas, se la jugó e invirtió una parte de sus ahorros para comprar 800 panchos. Estaba preocupada porque el domingo a las 21.30 horas sólo había vendido la cuarta parte. Por otro lado, Julio, que hace 22 años trabaja frente a la Plaza Independencia, en la esquina del Banco República, no se sorprendió. Los años le dieron experiencia, por eso el compró lo justo, lo mismo que compra un fin de semana cualquiera que decida hacer horas extras y vender a la salida de los bailes: unos 300 panchos.

Pero algunos festejaron las ventas, como el Liceo de Velázquez, que vendió refrescos y chorizos. Recuperaron la inversión y celebraron el saldo que les quedó para comprar mobiliario para el Liceo.

Día dos

Olor a podrido. Eso fue lo que quedó: mugre y olor a podrido. Pareciera que la tierra hubiera absorbido todo lo derramado la noche anterior y ahora, como venganza, hubiera conspirado con el sol para calentar el suelo y fermentar el alcohol desperdiciado. Putrefacción y miles de personas sudando, y respirando el tufo provocado por las fumatas. Miles de personas agitando rock. Tocó Garo Arkelián, Buenos Muchachos y La Vela Puerca, además de un par de bandas locales.

Al toque de Buenos Muchachos no fueron ni la mitad de las personas que se atropellaron por quedar más cerca del escenario y ver fragmentos de una escenografía austera, una cabeza, una guitarra, el efecto de las luces, cuando tocó La Vela. Pocos sabían las letras de las canciones, pero cuando ameritaba, nadie le hacía asco a agitar. Todos saltaban igual.

Allí, en medio de la muchedumbre, había un señor de unos 80 años luciendo su pelo blanco y mirando hipnotizado a los Buenos. Él no cantó ni una canción, ni acompañó con palmas las melodías, pero sus ojos reflejaban compenetración. Al terminar el show el vete les regaló una sonrisa, pero se camufló entre las banderas y los jóvenes que lo empujaban para acercarse al escenario.

La paciencia se estaba agotando: desde el fondo se escuchaban los cánticos pidiendo por la banda que cerraría el show.

 La Vela se hizo esperar, demoró una media hora en subir al escenario, pero una vez arriba dieron un espectáculo inolvidable. Como sacerdote poseído por el espíritu santo del rock, la banda irradió e hipnotizó al público y logró armar el pogo más grande del festival. Volaron palos, botellas y piñas. Su vocalista, Seba, incitaba a aplaudir o saltar, y la masa, más receptiva que nunca, cantaba y agitaba al unísono “Vamos, vamos la Vela de mi corazón”.

A las cinco de la mañana del lunes no había ni panchero ni almacén abierto. Quedaban un puñado de personas en al esquina que unas horas atrás había estado socada de gente. Serían unas veinte, unas acurrucadas en el pasto, otras tomando mate en la parada del bus, otros zombis, esperando no sé qué. Solo una jovencita estaba desfachatada y gritaba canciones de La Renga y saltaba sobre el monolito del Rotary Club que hay en el cantero del medio de una de las avenidas. Ese mismo monolito que horas atrás había roto un chico de unos 18 años, que mientras hablaba por celular le pegaba patadas.

El tránsito a esa hora era casi nulo. Igual que otro fin de semana cualquiera. La circulación de vehículos que se dio en Rocha sólo es comparable a la cantidad de autos que circulan en el carnaval de La Pedrera: unos 5.000. “Sin precedentes”, comentaban los inspectores de tránsito, acostumbrados a controlar unos 1000 autos los fines de semana. Hicieron cerca de 300 espirometrías, y sólo una dio positivo. No hubo accidentes.

Quedó barro en el baldío. Quedaron vasos de plástico y botellas y papeles y mugre en toda la zona. También quedó plata en el bolsillo de algunos lugareños,  en los de otros  sólo una experiencia “sin precedentes”.

UN IMPULSO EN CASAVALLE

 

Cien jóvenes de la Cuenca del Casavalle estudian, desde marzo, en el Liceo Impulso. Se trata de una institución privada, laica y de acceso gratuito que tiene un objetivo muy claro: obtener los mejores rendimientos educativos del país. El quid del asunto es conseguir que esas notas altas sean de alumnos que viven bajo la línea de pobreza, eliminando la brecha de aprendizaje que existe entre los adolescentes que tienen Nintendo Wii y los que viven en la marginalidad.

El liceo se caracteriza por tener un modelo educativo bilingüe de alta exigencia académica y la participación de los padres en el proceso educativo de sus hijos. Según Fabrizio Patritti, director del liceo, la fusión de “calidez y firmeza” es la clave para lograr cambios en los hábitos de los alumnos y que se acostumbren a la metodología empleada para cumplir sus objetivos: los chicos tienen diez horas de clase de lunes a viernes y cuatro los sábados y utilizan el inglés hasta para pedir el almuerzo. Además, es obligatorio que los padres o referentes de cada alumno vayan una vez por mes a reunirse con el equipo educativo del liceo.

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La idea la tuvo un grupo de amigos empresarios que decidieron, hace cuatro años, crear la Fundación Impulso exclusivamente para este emprendimiento. Ellos solo gestionan el liceo: no lo financian. La subvención proviene de empresas que a través de donaciones especiales deducen impuestos. Este es el segundo liceo del país que fue creado con fondos privados pero de acceso gratuito. El primero fue el Jubilar, un centro educativo católico que funciona desde 2002.

El barrio

A 40 minutos de Ciudadela, yendo hacia el norte, está Casavalle. Es una zona en la que coexisten asentamientos, cooperativas, basurales y escuelas. En ese híbrido vive el 12% de la población montevideana, que en su mayoría son menores de 34 años. El 26% de ellos no trabajan ni estudian y el 10% está sin empleo. En ese contexto de indigencia y hacinamiento está el liceo Impulso.

Según Nicolás Herrera, el director de la Fundación, eligieron trabajar en la Cuenca del Casavalle porque creen que los esfuerzos deben empezar “en las zonas más carenciadas” porque allí están “quienes más lo necesitan, los que van quedando al costado del camino”. La idea es que los jóvenes tengan las herramientas suficientes para que puedan cambiar su realidad y tener las mismas oportunidades que quienes van al British. En base a eso fue que idearon la propuesta: “beneficiar a los que menos tienen, brindar las condiciones necesarias para que cada persona dé lo mejor de sí y no tenga excusas para no aprender”.

El liceo

El frente del edificio tiene un patio de acceso que está rodeado por rejas; la parte de atrás, por una alta pared de hormigón. Dentro está el liceo. Es una construcción de un solo piso, iluminadísima, con un gran patio central. Los salones y laboratorios están dispuestos alrededor de ese patio, de tal forma que su visibilidad es casi absoluta desde cualquier punto del lugar. “Medio panóptico”, dice Patritti. Medio extraño, en comparación a la mayoría de los liceos públicos. El arreglo del terreno, la obra y el equipamiento del local costó más de dos millones de dólares.

Pero lo cierto está en que el liceo recibe diariamente a un centenar de adolescentes de la zona, que van a cursar primer año del ciclo básico, y a 24 funcionarios que van a enseñar, además de aprender a trabajar en un contexto de vulnerabilidad. Según el director, la educación que se les brinda a los alumnos vale aproximadamente 15.000 pesos. Y ninguno lo paga, no podrían: todos ellos viven bajo la línea de pobreza y 41 de ellos bajo la línea de indigencia. Pero la escasez económica no se nota dentro del liceo: ahí van jóvenes, no pobres, a estudiar.

 La propuesta educativa

Los estudiantes tienen un protocolo para casi todo. Para organizarse, principalmente al comienzo de cada clase, utilizan el SLANTSit up, Listen, Ask!, Nod Trak—, una metodología anglosajona que ayuda a los profesores a mantener el control de la clase y a los alumnos a prestar atención.

Durante las horas de estudio levantan un dedo si desean ir al bathroom, dos si necesitan help!, tres si quieren un tissue, cuatro si quieren un pencil y cinco si saben la answer. Según el director, esta metodología se implementó para que los chiquilines aprendan a ordenarse y no se dispersen.

La práctica del idioma inglés es fundamental, además de utilizarlo para comunicarse en todas las materias, lo usan inclusive cuando no están en clase, porque los carteles que hay en el liceo, incluyendo el menú del día, está escrito en ese idioma.

Aparte de las once materias curriculares, los muchachos tienen talleres de humanidades, arte, ciencia, matemática e inglés. Ninguno es opcional y no hay talleres de esparcimiento como manualidades o cocina, porque según el director Patritti “si alguien sabe escribir, leer y organizarse bien, el resto lo puede hacer sin mayores dificultades”.

Además de la currícula ordinaria tienen un programa de alfabetización y otro de valores donde se estimula la formulación de un proyecto de vida y se trabaja sobre liderazgo. Esta propuesta surgió como respuesta a la falta de motivación que encontraron los educandos en los niños al preguntar “¿qué quieres ser cuando seas grande?”. El 60% se proyectó fuera del ámbito universitario.

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El edificio y las diez horas de clase no son lo único que difiere de la metodología educativa pública. Entre otras cosas, los jóvenes no se llevan tareas domiciliarias porque deben aprender y trabajar en el liceo. Al salir del aula deben formar dos filas perfectas sobre las líneas que el director hizo pintar especialmente en el piso del patio. También tienen un código de vestimenta que deben respetar todos: los funcionarios deben vestir “bien”, “estar presentables”, mientras que los alumnos tienen que usar uniforme y zapatos. No se aceptan piercings, a las niñas no se les permite tener las uñas pintadas y deben usar siempre el pelo recogido.

A pesar de que son alumnos que “no están acostumbrados” a este tipo de orden por el contexto caótico en el que viven, todos respondieron de forma “espectacular”, respetando el horario, las reglas de comportamiento y el código de vestimenta. Según su director, “son chicos que están dispuestos a hacer lo que les pidas”. Tienen la oportunidad de recibir una buena educación y, por lo visto, no lo desperdician.

Patritti está convencido que los alumnos son los gestores del cambio y solo ellos pueden salir adelante del contexto actual. Según él, a través del criterio pedagógico empleado, se les brindan las herramientas necesarias para que potencien habilidades y desarrollen capacidades, eliminando —en el correr de los años— la brecha de aprendizaje.

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La propuesta educativa se inspiró principalmente las Charter schools de Estados Unidos. Son escuelas públicas y gratuitas pero que funcionan de forma autónoma, no dependen del Departamento de Educación de la ciudad. Estas escuelas tienen un “contrato de rendimiento” con el Estado: se comprometen a lograr determinados objetivos académicos pero toman sus propias decisiones respecto a la forma de alcanzarlos. Si no se logran las metas se revoca el contrato y la escuela se cierra. La combinación de libertad y responsabilidad en cuanto a las decisiones tomadas para lograr los objetivos, les permite a las escuelas responder a las necesidades de la comunidad, intentar enfoques diferentes y dar prioridad al aprendizaje de los estudiantes.

El liceo Jubilar también los inspiró, pero de diferente forma: “A pesar de lo que se hablaba en los 70 y 80 —que se decía que era muy difícil que los chicos pudieran compensar las carencias educativas en el período liceal— el Jubilar demostró que sí se podía, que la brecha de aprendizaje se podía achicar. Entonces dijimos: ‘bueno, tenemos un caso, funciona, hagámoslo’. Y lo estamos haciendo”, aseguró Herrera.

Tras bambalinas

La gente que está detrás de la creación del liceo es un grupo de amigos empresarios que, según Herrera, se “preocupan” por la educación: Ernesto Talvi —economista y director del Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social—, Pablo da Silveira —doctor en filosofía y director del Programa de Gobierno de la Educación en la Universidad Católica—, Marcelo Guadalupe, Elbio Strauch, Horacio Huges y el ya mencionado Nicolás Herrera, abogado y socio del estudio Guyers & Regules.

Según Herrera, “estos proyectos no son financiables en un mediano plazo sino es de manera privada”. Por esto, lo primero que hicieron fue conseguir el dinero y poner la mira en grandes empresas, porque para ellas también es negocio: la Fundación recibe donaciones que son deducibles de impuestos.

Las empresas que están desde que los empresarios comenzaron a idear el proyecto son siete: Grupo Disco, Saman, Fábrica Nacional de Cervezas, Stiler, Gerdau, Grupo Itaú (incluye OCA, la AFAP y el Banco) y Marfrig. Esas son las que han puesto el dinero para todo lo que se ha hecho: la compra del terreno, las obras de construcción del edificio, los materiales educativos, el pago de los salarios de los funcionarios, etc. Pero también recibieron algunos aportes de Interagrovial, Sadar, Punta Carretas Shopping, Cementos Artigas y Aluminios del Uruguay, entre otras.

¿Quién puede ir al Liceo Impulso?

Este año se plantearon los siguientes requisitos para ingresar al liceo:

—pertenecer a la Cuenca del Casavalle.

—estar pasando de la escuela al liceo. “Porque una propuesta de 10 horas con un chico que ya no esté escolarizado es muy complejo”, aseguró el director.

—tener hasta 14 años inclusive. “En general un chico de 15 que termina la escuela es porque tiene grandes dificultades, si tiene bigote o barba y ya está ‘en otra’ y también es complicado… ¡Acá tienen que estar diez horas! Además está todo el tema de los vínculos endogámicos”.

Según Patritti, pertenecer a determinado nivel socioeconómico no es un requisito porque la Fundación entiende que “como los chicos que vienen son una muestra representativa del barrio, los niveles de pobreza son los mismos. No les íbamos a pedir que demostraran que tenían escasos recursos; no existe un carné de pobre”.

Se inscribieron 377 jóvenes, provenientes de las 25 escuelas de la Cuenca y entraron por riguroso sorteo, 100.

Una vez que ya sabían quiénes habían entrado, el director junto a una asistente social y un psicólogo visitaron a las cien familias. En ese encuentro hablaron del proyecto más en detalle y establecieron ciertos deberes. Patritti cuenta que “firmaron un ‘compromiso’ donde nosotros poníamos lo que entendíamos que podíamos brindar, lo que creíamos que el chico tenía que dar —que es, básicamente, venir a clase y ser responsable— y pedíamos el compromiso de las familias”. El liceo cuenta con un programa de padres el cual deben cumplir: diez encuentros anuales en el que se pide su “colaboración” y se intenta “mantener una visión en común y trabajar todos los temas que incumben a los chicos con ellos”.

El año que viene habrá un nuevo sorteo, pero los hermanos de los alumnos que actualmente están cursando entrarán automáticamente.

Antecedentes

“Nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo. Los hombres se liberan en comunión”. Las palabras de Paulo Freire ejemplifican lo que está sucediendo en la Cuenca del Casavalle, pero esta propuesta no es nueva. El liceo Jubilar, ubicado también en ese barrio, es un liceo católico fundado y mantenido con fondos privados —por “padrinos”— de acceso gratuito, que lleva 11 años funcionando. El Jubilar hoy tiene unos 320 alumnos en ciclo básico y unos 70 en Espacio de Permanencia y Acompañamiento —un espacio en el que los chicos que están cursando bachillerato en otros liceos reciben apoyo de estudio y tienen talleres de esparcimiento. Además, el Jubilar da clases de ciclo básico en la noche a mayores de 21 años. Generalmente atienden los padres de los chicos que están yendo al liceo. Se destaca por no tener deserción y porque su índice de repetición es de solo 3,5% —en ciclo básico en educación pública es de un 29,6%.

Nuevos proyectos

El liceo Impulso y el Jubilar no son las únicas propuestas educativas privadas de acceso público en Montevideo. En el Cerro está en marcha un proyecto educativo que tiene como objetivo inaugurar un liceo en el 2014. Es una iniciativa parecida a la del Jubilar; se trata de la Asociación Civil Providencia, de carácter católico, que actualmente tiene un Club de niños y un Centro juvenil, donde se trabaja con un centenar de niños y adolescentes de la zona. La iniciativa será financiada por la Embajada de Japón.

¿Qué son las donaciones especiales?

El artículo 78 —Donaciones especiales— de la ley nº 18.834 —Rendición de cuentas y balance de ejecución presupuestal— establece que:

Las donaciones que las empresas contribuyentes del Impuesto a las Rentas de las Actividades Económicas e Impuesto al Patrimonio realicen a las entidades que se indican en el artículo siguiente, gozarán del siguiente beneficio:

— El 75% (setenta y cinco por ciento) del total de las sumas entregadas convertidas a unidades indexadas a la cotización del día anterior a la entrega efectiva de las mismas, se imputará como pago a cuenta de los tributos mencionados. El organismo beneficiario expedirá recibos que serán canjeables por certificados de crédito de la Dirección General Impositiva, en las condiciones que establezca la reglamentación.

— El 25% (veinticinco por ciento) restante podrá ser imputado a todos los efectos fiscales como gasto de la empresa.

03/05/2013

 

 

EN CONSTRUCCIÓN

Liceo Nº 21

Rosina está contenta porque, al fin, puede ir al liceo los días de lluvia sin correr el riesgo de electrocutarse; porque ahora puede ir al baño sola, sin que sus compañeras le tengan que abrir la puerta y tapar el agujero por el cual los varones vichaban. Ya no tiene que preocuparse por los pedazos de techo que le caían sobre la cabeza en el salón de clase. Por suerte hoy no corre peligro de lastimarse con los vidrios rotos de las puertas y ventanas, como le pasó a un compañero suyo en 2011. Está alegre porque después de dos años de ir a estudiar a un lugar con los pisos llenos de chicles y mugre, salones con bichos y olor a orina de gato, este año el liceo la recibió con las paredes blancas y prolijas. Rosina está feliz porque sabe que las cosas están cambiando.

Rosina Valiente es alumna del liceo 21 Abrazo del Monzón, tiene trece años y está cursando tercero del ciclo básico en un ambiente nuevo. El liceo no se mudó, pero este verano comenzaron las obras que lo dejarán “hermoso”.

El liceo funciona en una edificación antigua, una casona en el barrio Aguada, tiene dos turnos y emplea a unas 65 personas. Este año, después de cientos de oficios, partidas especiales e informes elevados al Consejo de Enseñanza Secundaria (CES) sobre el estado edilicio del liceo, Abrazo del Monzón recibió a unos 300 alumnos estando en obra y aún sin la habilitación de Bomberos. Docentes, estudiantes, auxiliares de servicio y administrativos se sorprendieron al encontrarse con el nuevo look de la institución.

“Cuando entramos y vimos la prolijidad y las paredes blancas, me pregunté: ‘¿yo venía acá?’”. Según Rosina el cambio es enorme. Y ha de serlo, porque a Secundaria le llevó más de cuatro años (y un papeleo que aún hoy no termina), dar el sí para que arquitectos y obreros comenzaran a trabajar en el liceo.

Algunos funcionarios de la institución creen que los arreglos no se hicieron antes por el cambio de autoridades, tanto en el Codicen como en el CES; otros piensan que solo porque el año pasado se armó un “revuelo” ante la prensa fue que Secundaria dio una respuesta.

Al liceo 21 la respuesta llegó en octubre: “las obras van a comenzar al finalizar las clases”. Pero las obras no empezaron hasta fines de febrero, por eso hasta mediados de julio alumnos y funcionarios tendrán que convivir con escombros, polvo y ruido.

Según Dante Santos, asistente social de la institución, las obras provocaron un “cambio en la calidad de vida y en el mensaje que se le transmite a los alumnos. Pasó de ser ‘acá no importa nada’ a ‘el liceo es de todos y todos tenemos que cuidarlo’”.

En este liceo se hicieron reparaciones eléctricas y en los techos, se plastificaron los pisos de parquet, se pintó todo el local, se arreglaron los bancos, se redistribuyeron los espacios. En los salones de clase se puso aire acondicionado y se cambiaron los pizarrones.

Cosas que a Rosina le encantaron. “Antes, cuando hacía calor, te morías de calor y, cuando hacía frío, te morías de frío. Las pizarras tenían agujeros, por la humedad estaban muy blandos, entonces venía alguno haciéndose el vivo y dejaba la marca del puño. Estaba todo roto y sucio”.

“No es lo mismo entrar a una clase toda rayada que ya te da una impresión fuerte, a entrar a una clase que está limpia”, agregó.

Para Rosina el cambio también fue positivo porque ahora no tendrán que perder tantas clases como el año pasado. “Entre los paros, los profesores que no venían y las veces que no pudimos venir por peligro de lastimarnos por las condiciones en las que estaba el liceo, perdimos un cuarto del tiempo de clase y eso nos perjudicó a todos”.

Las obras las lleva a cabo la Corporación Nacional para el Desarrollo (CND). Según el informe de relevamiento de los problemas edilicios de los liceos en Montevideo que presentó el 5 de marzo la Asociación de Docentes de Enseñanza Secundaria, son 15 los liceos que se encuentran en estado crítico. La CND ya está trabajando en ellos. Según lo estipulado por el CES, las obras que la CND no realice (porque no fueron incluidas al comienzo en el presupuesto) serán llevadas a cabo por el ente.

24/04/2013

LO QUE CUESTA HACERSE UN ABORTO

¿Alguna vez compró porro? ¿Y misoprostol? ¿Cuál de las dos drogas cree que es más difícil de conseguir? Adivine. Yo me saqué la duda.

Pastillas de Misoprostol

Primer round

Me sudaban las manos. La ventanilla del 187 no contenía la polvareda. La ansiedad me impelió a bajar. Jacinto Vera olía a humedad y esa parada era tan buena como cualquier otra.

Caminé una cuadra y allí estaba, esperándome, pintada de azul en la esquina. Tanteé la puerta de vidrio sólo para confirmar que estaba trancada. En cambio se abrió una voz seria, herrumbrada, que preguntó a través de una ventana. Era una mujer cincuentona de buzo rosado y lentes colgados del cuello que se perdían entre el pelo canoso, con resabios de un color castaño que hace no mucho, sospecho, fue el de su tinta. Pregunté si vendían misoprostol. Ella sonrió. La puerta se abrió.

“La dosis cuesta 5.000 pesos y la caja 8.850”, dijo la señora de la farmacia de Jacinto Vera. Le advertí que no tenía receta. No hay “una receta” para el aborto, dijo. “Con o sin, es el mismo precio”. La dosis es de cuatro pastillas de 200 miligramos y la caja trae ocho comprimidos.

Ya no me sudaban las manos; no hay misterio en comprar misoprostol. Me acerqué al mostrador y pedí indicaciones. “Te pones dos en la boca y las otras dos en la vagina”. La indicación era errónea. “Mirá, nena, te vendo las pastillas; más que eso no puedo hacer”.

Recorrí 16 farmacias en busca de misoprostol por los barrios Centro, Pocitos, Jacinto Vera, Barrio Sur, Palermo, La Comercial y Las Acacias; escenas similares ocurrieron en siete de ellas.

Segundo round

Dicen malas lenguas –como la de un alto jerarca de Salud Pública–, que ya no existen clínicas abortivas. Digo malas porque mienten; el progreso no las suprimió.

Aunque el aborto medicamentoso viene sustituyendo a los métodos quirúrgicos y al legrado por succión, aún hay consultorios atendidos por ginecólogos que colocan en el útero la droga para abortar.

Uno de estos consultorios clandestinos está en Punta de Rieles, entre una pañalera y un taller de arreglos de motos y bicicletas. Es atendido por su dueño, un ginecólogo cincuentón que brinda el mismo servicio en una clínica en Parque Rodó. Y si el cliente lo desea, puede ir hasta su domicilio y realizarle el aborto allí. En todos los casos cobra lo mismo: 3.500 pesos. Esta tarifa –baja en comparación a la venta de misoprostol en farmacias–, incluye la droga, su colocación y dos ecografías.

Contra las cuerdas

Sentada en un sillón con agujeros en el tapizado, cruzada de piernas para alivianar la molestia producida por las tablas del asiento de la clínica de Punta de Rieles, escuché cómo se hace un aborto con misoprostol y respondí brevemente un par de preguntas – cuántos años tenía y cuándo había sido mi última menstruación–. Y me advirtió, serio: “puedes estar embarazada y menstruar igual”. Después del fugaz cuestionario sugirió que me hiciera una ecografía para establecer el tamaño y la locación del embrión. Me negué.

Todavía en el sillón, pregunté qué sentiría físicamente después. El ginecólogo contestó inquieto –“dolores menstruales muy fuertes, contracciones”–. Y recalcó que es ineludible regresar a las 48 horas de haberse practicado el aborto –“no antes porque aún hay mucha sangre”–, para realizar una segunda ecografía que constataría que todo había salido bien. “Es importante porque en el cinco por ciento de los casos quedan restos embrionarios” que pueden conducir a muerte por infección.

 Tercer round

Las mujeres que desconozcan todo esto tienen otra herramienta: internet.

Sí, gracias a Google es posible acceder a información que antes era privilegiada, que se susurraba. Con poner en el buscador “misoprostol + venta + Uruguay” se logran unos 6.570.000 resultados1. La compra está a una llamada de distancia.

El teléfono sonó dos veces. Del otro lado se escuchó un “hola” austero, varonil. “Hola. Llamo por un aviso que vi en internet”, dije. Dos segundos de silencio. Tres. Cuatro. Cortaron. A los minutos recibí un mensaje de texto con el precio del misoprostol –“2.500 las cuatro pastillas, 5.000 las ocho”– y una pregunta: “¿comprás?”.

El precio de la droga baja más del 50 % respecto a las farmacias y llega a su casa como “paquetería clasificada”; es, evidentemente, el procedimiento más frecuente.

Knock out

Comprar un porro es más complicado. No hay referencias en internet. Hay que tener un amigo o un conocido que venda o que sepa de alguien que venda. Y son todas relaciones entre comillas.

El precio depende del tipo de faso, de a quién se lo compres y principalmente, de cuánto compres. Los 25 gramos de marihuana “paraguaya” –la más común y accesible– rondan los 500 pesos, pero un kilo oscila entre los 8.000 y 9.000. Después está “el pinito”, un poco más caro pero más rico, a 650 pesos los 25 gramos, y el popular cogollo, a unos 2.000 pesos.

Ahí está el negocio.

No compré ni una dosis, pero ahora sé cuál de las dos drogas es más fácil de conseguir.

 06/09/2012