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LA TIERRA QUE TIEMBLA

Bitácora de Valizas

Valizas te saca lo protocolar y te pone lo jipi ahí nomás.Y digo jipi y no hippie porque acá las causas ambientalistas y contra las guerras tienen muy poca resonancia, por no decir nula; y el temita de “amor y paz” pasa por entriparse y tener sexo en las dunas. Entonces, el jipismo, entendido como el disfrute de andar descalzo y con poca ropa por la calle, estalló el pasado 6 de enero en el “candombe de reyes”, la llamada del rey mago San Baltasar.

Pero volvamos a lo de ser jipi, porque para entender qué pasó ese lunes en la noche es necesario saber que acá te conviertes en jipi de rebote, porque sin preámbulos te ves despojado de todo lo universitario y profesional, y sumergido en una vida campestre, donde la mejor opción para orinar si estás acampando o boyando por las calles de tierra y arena es la playa, o detrás de algún arbolito que haya al costado del camino.

Acá te conviertes en jipi porque no te queda otra; porque si quieres gozar de verdad la arena, el mar, el sol y las estrellas, es mejor estar descalzo y sin accesorios.

Pero cuidado, abre los ganchos, en Valizas también hay electricidad, restaurantes, un cyber, almacenes, una feria de artesanos y muchas casas confortables, con baño y agua caliente, con cocheras y una cucha para el perro. Sin embargo, advierto: la persona que quiera regocijarse con todas esas comodidades mejor que vaya a Punta del Este -bueno, si no necesita mucho lujo La Paloma también es una buena opción-; porque la gracia de venir a veranear a Valizas es justamente lo contrario: disfrutar de lo modesto, de no tener computadora ni batería en el celular, de no saber la hora y no tener idea de qué está pasando en Montevideo o el mundo.

Desconectarse para sentir el calor de la tierra en los pies y la arenilla que vuela en el cuerpo. Uno viene a Valizas para sentirse vivo.

Ese fuego que tiene la vida en Valizas se apoderó de casi 400 personas en la llamada de San Baltasar e hizo que movieran los pies al ritmo de una cuerda de unos 50 tambores. La tocata había comenzado a 10 cuadras de distancia, en frente a la feria de los artesanos, por la calle principal, la “Gorlerito”; pero como todos los años, terminó junto al mar. Y la tierra tembló.

Sí, leyó bien: residentes y turistas jipis fueron poseídos por el espíritu valicero-africano-candombero que los llevó bailando en la oscuridad hasta el océano a media noche. La fiesta terminó en la madrugada con varios pibes bañándose en el agua tibia. Esa agua, mezcla de arroyo y mar, limpió las huellas del desquicio causado por el baile al son de los repiques de los tambores.

Risas, locos movimientos de cadera, porro, ácido y una fogata de unos tres metros de diámetro hicieron de la noche en la playa una fiesta. Niños acompañados por sus padres, jóvenes y veteranos, cantaron, bailaron, y disfrutaron de lo que el santo rey mago negro Baltasar tenía deparado para los valiceros: oscuridad y candombe. Oscuridad y cuerpos que sudaban salitre y se movían frenéticamente unos contra otros, ebrios de placer porque San Baltasar se acordó una vez más de llevar uno de los ritmos más primitivos a un balneario que apuesta a que la gente se encuentre con su lado más animal: el más primitivo.

Imagínese la llamada sin arena en los pies, sin el ruido del mar y el agua mojando las piernas, sin oscuridad; usted se debe estar imaginando “el candombe de los reyes” en todos lados menos en Valizas, porque acá lo que importa es disfrutar de lo que no hay en otra parte: esa magia-natural-jipilla que sólo vive aquí. Sentir eso en Valizas es sólo una disposición mental.

Nota publicada en http://www.freeway.com.uy/columnas/1191_la-tierra-que-tiembla/

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EL TESORO DE LOS INOCENTES

Tiene 23 años y su día empieza a las doce y media, cuando su madre lo despierta al regresar de trabajar. Él se levanta, se pone las zapatillas Nike con resorte y se arregla el pelo. Si llega a la cocina y la comida aún no está servida la putea, y ella pide disculpas. Almuerza y sale de la casa golpeando las puertas, se va enojado, sin motivos aparentes. Camina tres cuadras hasta llegar a General Flores, cruza la avenida y avanza un par de metros más. Ahí está la boca: un viejo almacén en el que además de pan y leche se vende faso, o lo que sea estés buscando de postre. Compra y le pide al comerciante pasar al fondo. Se mete el porro debajo de la plantilla, y si es viernes, los gramos de merca en los testículos. Da las gracias y se va.

Se enchufa los auriculares, regresa a la avenida y espera el ómnibus. Mueve la cabeza al ritmo de Nene Malo y Los Redonditos de Ricota, una extraña combinación que lo deja contento y que hace que se acorten las distancias. Esta vez va a Barrio Sur, a casa de su novia.

Se baja dos paradas antes porque es cagón, aunque él se excusa diciendo que le gusta caminar. El Toco es “chetito” para vivir en Las Acacias y usar Nike, y sabe que los “planchas” pueden olerlo a lo lejos. Él no quiere tener problemas, aunque asegura que la “cana” le importa poco, por no decir nada, porque sabe que si cae preso levanta el tubo y sale rápido. Pero él es inteligente y no se regala, no quiere deberle favores a nadie.

De chico supo que era mejor así “porque después te vienen a joder, y a vos no te queda otra que cumplir, sino ‘estás frito angelito’”. Cuando tenía 13 años aprendió la lección a golpes, literalmente. Aún no dominaba la técnica para desmorrugar el ladrillo de marihuana y armar el pito, tampoco tenía plantas, ni pipas de agua, ni tucas, ni sabía recetas para preparar hachís. Así, un poco ignorante y otro poco ingenuo, fue que tuvo la pésima idea de pedirle a Francisco, un gurí del barrio, que lo ayudara a preparar su primer porro.

Francisco le enseñó cómo y después lo cagó a palos. Le dijo que desarmara el ladrillo con un cuchillo con dientes, o que lo colocara en la palma de la mano e intentara deshacerlo con las uñas. Pero que lo mejor era utilizar un desmorrugador, una especie de triturador del tamaño y forma similar a la de un yo-yo, que deja al porro listo para servir en la hojilla y fumar “parejo”. Esa vez El Toco lo desmorrugó a filo de cuchillo nomás, y le quedó bastante bien. Tanto que el vecino le pidió que armara otro, “para que vaya practicando”. Se quiso hacer el crá, y “por gil” le dieron la paliza. El púber había tenido suerte de principiante, y al segundo intento no desmorrugó bien, gastó cuatro hojillas, y para completar, le quedó desparejo. “Parecía que el pito tuviera piedritas, tronquitos”. Francisco no tuvo más remedio que “moverle el catre para que [se] vaya acostumbrando a hacer las cosas bien”.

Con el tiempo aprendió que en esos casos, en los que el porro le queda mal armado, puede intentar acomodarlo con algún palito o alambre, o sencillamente prepararlo otra vez. Que lo ideal es conseguir cogollo, no porro prensado. Y que sobre todas las cosas, no debe pedir consejos a extraños: hasta hoy le hace algún que otro “mandado” al vecino.

***

Hace diez años que El Toco fuma marihuana. Le gusta porque lo relaja y le permite concentrarse en cuestiones más banales, como los colores o la forma de las cosas. Su novia le dice que lo deja más sereno, más tierno. Ella disfruta fumando con él, y él con ella, por eso el faso bajo la plantilla de los Nike siempre llega intacto a Barrio Sur.

Al bajarse del ómnibus le manda un mensaje, quiere que sea ella quien le abra la puerta. Sus padres no lo quieren, por eso se escapan a la rambla o al Parque Rodó. Ahí se encuentran con amigos, casi todos en la misma situación, pero con menos plata: no trabajan, no estudian, no tienen un lugar para tener sexo con sus novias, no tienen un mango para comprar “algo dulce para el bajón”; pero siempre tienen faso.

Generalmente es El Toco el que lleva, no sólo porque es quién puede bancarlo, sino porque donde él vive se consigue marihuana más rica y barata con tan solo ir al almacén.

LA PLANTA MÁS POLÉMICA

Uruguay aprobó una ley inédita para regular el mercado de cannabis

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Las metáforas sobre fútbol siempre rinden. Revisar el Facebook o Twitter cuando el aburrimiento acecha, también. Esas son algunas de las conclusiones que pude sacar el martes 10 después de presenciar doce horas de debate en el senado sobre la ley de regulación de la marihuana. Las otras conclusiones, las que refieren a qué piensa cada legislador, las había sacado antes, en los meses previos al debate; porque todo lo que se discutió ya se había dicho.

Los senadores son 30, más el vicepresidente de la República, que es quién preside la cámara, y dos suplentes; todos juntos son 33, como los Orientales, pero más veteranos: tienen un promedio de 63 años de edad y aseguran que la droga es mala, y escriben lento en la computadora, mirando el teclado y apretando un botón por vez. Son políticos a los que les sube la cólera si escuchan argumentos contrarios, algunos de ellos piden permiso para interrumpir a los gritos, pero esperan su turno para hablar aunque la yugular les esté a punto de explotar. Son senadores de la República Oriental del Uruguay, el único país del mundo cuyo estado controlará y regulará la importación, exportación, plantación, cosecha, producción, almacenamiento, comercialización y distribución de la marihuana y sus derivados.

El proyecto del ley fue aprobado por 16 frenteamplistas con 13 votos en contra después de doce horas de discusión, varios cafés, y un sin fin de bostezos de senadores, visitantes y periodistas.

La aprobación de la ley fue celebrada por cientos de personas que coparon las barras del parlamento al final de la sesión, cerca de las 20. 30 horas, porque en la tarde hubo más prensa que activistas y senadores juntos. Con aplausos, risas y gritos de “¡Uruguay! ¡Uruguay!” el país se desalineó de la lógica prohibicionista de varios acuerdos internacionales y se abrió a la regulación de la marihuana. Según el prosecretario de presidencia, Diego Cánepa, esta política se enmarca en los “nuevos métodos de lucha para combatir el narcotráfico en América Latina”.

Consumir marihuana hace 40 años que en Uruguay es legal, pero, paradójicamente, era ilegal comprar, vender y/o plantar para vender, aunque era muy difícil determinar cuándo se cultivaba para el autoconsumo y cuándo para vender porque no había un límite establecido. Ahora esa incongruencia jurídica se eliminó: los mayores de 18 años podrán tener hasta seis plantas de cannabis -con una producción máxima de 480 gramos anuales-; cultivar hasta 99 plantas en clubes de membresía –que tendrán entre 15 y 45 socios-; o comprar en farmacias autorizadas hasta 40 gramos mensuales.

En los tres casos será necesario regristrarse en el Instituto de Regulación y Control del Cannabis, que dependerá del Ministerio de Saludo Pública y emitirá licencias y controlará la producción, distribución y compraventa de la marihuana. Según dispone la ley “la información relativa a la identidad de los titulares de los actos de registro tendrá carácter de dato sensible”. Quien no cumpla con la normativa vigente y sin autorización legal “produjere de cualquier manera las materias primas o las sustancias, según los casos, capaces de producir dependencia psíquica o física (…) será castigado con pena de veinte meses de prisión a diez años de penitenciaria”. Quien “importare, exportare, introdujere en tránsito, distribuyere, transportare, tuviere en su poder no para su consumo, fuere depositario, almacenare, poseyere, ofreciera en venta o negociare de cualquier modo” marihuana o alguno de sus derivados, también será castigado con la misma pena.

Se trata de una de las leyes más polémicas que ha aprobado el Frente Amplio junto a la despenalización del aborto y el matrimonio igualitario. Desde la presentación del proyecto de ley y su aprobación en diputados el pasado 31 de julio, los debates no han menguado, y en la sesión maratónica que se vivió en el senado el martes 10, fue reflejo de esa situación: inconformidad y cuestionamientos por parte de la oposición y justificaciones por parte del oficialismo.

El primero en hablar fue el miembro informante Roberto Conde, y desde el comienzo el murmullo y la distracción fueron casi constantes; Ernesto Agazzi buscaba la tapita de la lapicera, Luis Alberto Lacalle conversaba con Carlos Moreira, Pedro Bordaberry revisaba el Gmail, Constanza Moreira leía en su Tablet, y Alberto Couriel acomodaba su pie enyesado sobre un tacho de basura.

Conde dijo que la ley se enmarca en una política progresista que tiene como objetivo minimizar los riesgos y daños del uso del cannabis, y que apunta a lograr un equilibrio entre “la integridad física del individuo y su libertad”.

Para la oposición ese argumento no tiene goyete. Varios afirmaron que la ley tiene artículos que violan la Constitución. El senador colorado Pedro Bordaberry dijo que la creación del Ircca es ilegal según el Artículo 229 de la Constitución. Éste dice que los organismos del estados “no podrán aprobar presupuestos” ni “crear cargos” en los “doce meses anteriores a la fecha de las elecciones ordinarias”, cuestión que está prevista para octubre del año que viene.

Mientras Bordaberry cuestiona, Danilo Astori, el presidente de la cámara y vice del país, pone su celular a un metro de distancia para poder ver la pantalla, se acomoda los lentes y teclea con los dedos duros, sin coordinar los movimientos, apresurado pero sin precisión. Enfrente está el senador frenteamplista Luis José Gallo leyendo Ovación, Constanza Moreira deambulando por el recinto y sacándole fotos a la prensa en las barras; y las 14 cámaras de video que hay en ese momento, cerca del medio día, filman cada movimiento de los senadores, entre ellos la indisimulada sacada de mocos del vicepresidente.

Conde salió al cruce de Bordaberry, pidió que le concediera una interrupción y el colorado aceptó. Le respondió que no incurre en una inconstitucionalidad porque el organismo que se creará, el Ircca, es una persona pública no estatal, y que por ende el cargo rentado del director del instituto no dependería de ningún ente público.

Pero los cuestionamientos no disminuyeron, el colorado José Amorín Batlle aseguró que el Artículo 10 de la nueva ley, que dice que el “Sistema Nacional de Educación Pública deberá disponer de políticas educativas para la promoción de la salud, la prevención del uso problemático de cannabis (…) y reducción de daños del uso problemático de sustancias psicoactivas”, es inconstitucional porque viola el Artículo 202 de la Constitución. Según dijo el representante del Partido Nacional en la Administración Nacional de Educación Pública (Anep) Daniel Corbo, a El País, esta ley “incurre en una afectación de la autonomía” porque “se obliga a tener una materia, se dice el nombre y bajo qué paradigma discutirlo”.

Los senadores frenteamplistas Conde y Agazzi admitieron varios días antes de la votación que “los compañeros se equivocaron”, pero que igualmente se aprobaría así la ley. Y fue lo que ocurrió, ninguno de los dos chistó cuando Amorín Batlle habló sobre el tema, aunque el senador colorado Ope Pasquet, quien habló a continuación, discrepó con su compañero de bancada y dijo que “la legislación puede señalarle grandes objetivos a la educación pública”.

A todo esto, el secretario de la Junta Nacional de Drogas, Julio Calzada, hace rato que estaba siguiendo el debate desde la barra, estuvo más tiempo en sala que la mayoría de los senadores, aguantó las 12 horas sentado y no se perdió de ninguna exposición, de ningún suspiro ni pedido de silencio de Astori a los senadores. El diputado del Movimiento de Participación Popular Sebastián Sabini también andaba en la vuelta, entraba de a ratos a la sala junto al diputado por Rocha del mismo partido Aníbal Pereyra, se cruzaban comentarios con Agazzi, hablaban por lo bajo y reían.

Eran las 13.30 horas y había unos 30 periodistas, internacionales y locales, siguiendo la votación junto a Calzada. Eso en las barras, abajo, donde están los sillones y escritorios de los senadores, Agazzi se sonaba la nariz como buen veterano guerrillero, con un pañuelo de tela, nada de andar comprando Elite. En la Mac de Bordaberry se sucedían fotos de animales de campo, vacas, caballos, pájaros y unos pastos altos, mientras él leía una nota sobre los comentarios del presidente José Mujica en su viaje a EEUU en setiembre, y subrayaba con verde flúor “experimento sociopolítico”, “laboratorio para todo el mundo”. Del otro lado del recinto, Lacalle conversaba con Carlos Moreira y Astori cabeceaba dormitando.

Cuando le tocó hablar a Lacalle, cerca de las 15:15 horas, a Couriel  no paraba de sonarle el smarphone. Nervioso y con un pie enyesado no encontraba el botón para silenciarlo, desesperado terminó contestando, habló susurrando y mirando para todos lados, perseguido. En ese momento presidía la cámara el frenteamplista Luis Rosadilla, quien no parecía acostumbrado al cargo porque no se había dado cuenta que la campanita que tiene sobre el estrado a la derecha es para llamar la atención.

Mientras, el senador blanco decía irónicamente que el turismo uruguayo aumentará porque tener “marihuana en las golosinas y en los bizcochos [es un] elemento pintoresco”. Además, aseguró que si el estado se hace cargo de todo lo que dice la ley existirá un monopolio de la marihuana, y que eso también es inconstitucional porque se necesitan la mayoría especial -los votos de los dos tercios de cada cámara- para aprobar una acción de este tipo. “Vamos de nuevo a la Suprema Corte de Justicia con un tiro en el ala porque ahí está el germen de otra inconstitucionalidad”, dijo.

La palabra que usó Mujica para describir la nueva ley, “experimento”, fue la muletilla del día. El senador por el Partido Nacional dijo que “con los uruguayos no se tendría que experimentar”, aunque el primero en hacer referencia a los dichos del presidente fue el colorado Alfredo Solari, quien afirmó que “ni nuestro gobierno ni el resto del mundo deberían experimentar con los uruguayos, con nuestros niños y adolescentes, sin las garantías adecuadas”.

Bordaberry siguió esa línea y haciendo alusión a la Ley de Humanización del Sistema Carcelario del 2005, dijo con tono sarcástico que “experimentaron con la seguridad pública y causaron un destrozo, ahora nos proponen experimentar con la marihuana y la droga”.

La oposición también habló sobre el informe que elaboró la ONU y que decía que Uruguay estaría incumpliendo con algunos tratados internacionales de fiscalización de estupefacientes, entre ellos lo dispuesto en la Convención Única de 1961, la cual ha sido adoptada por 186 países.

Cuando hizo uso de la palabra Jorge Larrañaga, Lucía Topolansky y Agazzi conversaban por lo bajo y reían, no le prestaron mucha atención a las preocupaciones del senador, quien dijo que quería saber cómo se controlará a los compradores o cultivadores de marihuana para que no vendan irregularmente el cannabis estatal y si la droga será transportada en un “convoy con el ejército al costado” para evitar asaltos.

El senador blanco también aseguró que le inquietaban los dichos del ex presidente Tabaré Vázquez, quién dijo que habría que regular y controlar la cocaína: “el consumo de cocaína está prohibido (…) y resulta que si aprobamos esta ley después tendremos que aprobar la de la cocaína”, dicho que causó la risa de varios periodistas y el comentario de “es un burro”, porque la ley vigente no prohíbe el consumo.

Son casi las 18 horas y el debate continúa, el senador blanco Sergio Abreu trajo a coalición el encuentro entre Mujica y los empresarios George Soros y David Rockefeller, quienes apoyaron la iniciativa uruguaya, y dijo que somos “los ratoncitos uruguayos en el laboratorio de Soros”, a lo que Lacalle asintió con la cabeza y gritó “muuuuuyyyyyy bbbbiiiieeeeeeennnnnn”.

Mientras, Constanza sacaba notas de los dichos de los senadores de la oposición, y cuando pudo, salió al cruce y contestó que “la idea de laboratorio está muy mal interpretada. Se habló mucho del Batllismo como laboratorio social. En la literatura de las ciencias sociales significa otra cosa muy distinta que usar ratoncitos en un laboratorio”.

En la barra está el ministro de Desarrollo Social, Daniel Olesker, conversando con Calzada, en el recinto, Astori sigue cabeceando.

El senador Solari también hizo referencia al encuentro en Estados Unidos de Mujica con los dos magnates y aludió al movimiento Regulación Responsable, Ong que recibe fondos de Soros. “Si las consecuencias de la aplicación de la ley fueran negativas, espero que tengan la misma disposición a mitigar las secuelas que pueden llegar a ser irreversibles”, dijo Solari. También Bordaberry se refirió a las reuniones de Mujica, pero en un tono irónico. “La revolución era esto… Antes marchaban con el Che por la tierra. Ahora se marcha con Rockefeller y Soros por la marihuana. ¡Esa fue la revolución!”, dijo a los gritos aludiendo al pasado guerrillero del presidente.

Después de las 20 horas se llenaron las barras: la marcha musical en apoyo a la nueva ley que había salido de Plaza Cagancha una hora antes había llegado a las escalinatas del Palacio Legislativo. Habrían unas 3000 personas afuera, dentro unas 300.

La impaciencia se hace sentir, el murmullo aumenta, los senadores están inquietos, las panzas crujen de hambre.

21.15 Bordaberry se retira. El prosecretario de presidencia Diego Cánepa anda en la vuelta. Sebastián Sabini vuelve a aparecer. Dos visitantes que están en la barra vestidos con remeras blancas y una chala de marihuana estampada lo saludan, el diputado no los ve, no responde.

Son un hombre y una mujer de unos 35 años que sudan alcohol, huelen mal, hablan a los gritos y festejan cuando Astori toca la campanita para pedir silencio o para renovar el tiempo de oratoria a los senadores porque piensan que está anunciando que se les acabó el tiempo para hablar, y cuando se dan cuenta que no es así, putean. Y dicen que van a tener muchas plantas y que además van a comprar en la farmacia y plantar las semillas que saquen de ese porro. Dicen que serán felices. Y se ríen.

Al lado de ellos está una periodista argentina de Radio Del Plata que mira a Carlos Moreira con odio. Habla de él como si estuviera escupiendo fuego: asegura que es un “facho mentiroso” porque le dijo que “el gobierno argentino había dicho que estaba en contra del proyecto” y que eso es falso, que en Argentina el gobierno no se ha referido al tema.

Pero no son los únicos en las barras, también hay varias personas que siguen la votación sin gritar, sin escupir insultos y que escuchan con atención lo que están diciendo los senadores.

***

El clima está tenso.

Desde el oficialismo se dijo que aún quedan varios asuntos para ajustar en la reglamentación, que será elaborada por el Poder Ejecutivo dentro de los 120 días de aprobada la ley. Entre los asuntos pendientes está la definición del tipo de semilla que se plantará, cómo se realizará el registro de los usuarios, y el precio.

Se suda ansiedad.

Julio Calzada aseguró que lo que se intentará hacer es vender una marihuana de calidad más barata que la que se consigue en el mercado ilegal, por eso se estima que el precio final será de dólar por gramo. Si todo sale según lo previsto, se podrá comprar porro en las farmacias a partir del segundo semestre del 2014.

El silencio invade la sala.

Está a punto de comenzar la votación.

Será nominal a pedido de Larrañaga.

 Comenzó.  La gente en las barras se paró. Varios senadores pidieron para justificar su voto, entre ellos Solari, quien dijo que “las madres no piensen que [su partido] las está abandonando”. Que seguirán luchando.

Tati Sabini se ríe. Constanza también.

Con 16 votos a favor se aprobó la ley. Senadores oficialistas, diputados y autoridades presentes, periodistas y visitantes aplaudieron y festejaron al unísono. Hubo una sola persona que al finalizar los aplausos no se pudo contener, y gritó “al fin ¡las plantas son libres!”.

DOS DÍAS DE GLORIA

Antel Fest, Rocha 2013

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Rocha, ciudad de casas grises en la que un sábado de invierno a las tres de la mañana puedes llegar a morir de hambre, y desesperación, porque en el centro no encontrarás almacén abierto ni taxi en la plaza. Pero estamos en primavera, y el sábado 16 de noviembre a las tres de la mañana Rocha explotaba. La sexta edición del Antel Fest, un festival con entrada gratuita, nucleó a unas 20 mil personas que recorrieron  las calles de la ciudad sedientos de rock.

Querían más comida, más alcohol, más drogas y más música. La adrenalina corría por las venas de estos uruguayos que lejos de cumplir con el presagio de algunos lugareños de la ciudad, festejaron sin causar catástrofes, saciaron la sed de plata de los clubs de fútbol y centros educativos locales que vendieron desde panchos y papas fritas hasta vino suelto y jueguitos con luces.

Tres días atrás, el miércoles, comenzó a ser evidente la presencia de foráneos: en la ciudad había gente que no hablaba de tú, sino que voceaba, que llenaba los restoranes del centro, que preguntaba qué pub o disco abría esa noche y que se quedaban atónitas cuando los veteranos que le dan de comer pan picado a las palomas respondían “hoy en Rocha no abre nada, quizá tengas suerte en algún prostíbulo”. “No, sólo hay cuatro hoteles y están llenos”. “No, no hay hostels. Lo que te convendría sería acampar o ir hasta La Paloma, en 20 minutos estás y seguro que allí hay lugar”.

Sí, era verdad, la capacidad de hospedaje de Rocha se vio desbordada: había unos 100 lugares en los hoteles de la ciudad que se colmaron rápidamente. Los precios oscilaban en los 700 pesos por noche. Pero la Intendencia conocía su discapacidad, por eso armó un camping en la entrada de la ciudad, al lado de la Rural de Rocha. Cobraban 500 pesos las dos noches, a cambio te daban un predio, sin luz, sin agua, y la posibilidad de una ducha caliente en un baño químico. No se sabe cuántas personas se quedaron este fin de semana allí, pero los organizadores estiman que fueron varios cientos, aunque sobró lugar.

Donde no había lugar era en los alrededores del baldío donde se instaló el escenario del Antel Fest: estaba lleno de carpas y puestitos de venta improvisados. Inclusive los garajes de varias casas del barrio se transformaron en puntos de venta de chorizos, caipiriña y cerveza. “Bien fría” decían los carteles, pero a las 23.00 horas ya se hacía difícil encontrar alguna que estuviera templada.

Las veredas de la zona también se llenaron de artesanos, malabaristas y jipis con guitarras a cuestas. Anarquistas que escupían y gritaban sus consignas, pero que cantaban y se sacudían al ritmo del rock provisto por Antel y la Intendencia de Rocha.

Cuánto gastó la empresa estatal que se rige por las leyes del mercado no se sabe. La Intendencia, supuestamente aún no saca cuentas, porque el festival se enmarca en los 200 años de la ciudad, por eso al evento hay que sumarle, por ejemplo, el costo de la publicidad del bicentenario de Rocha, las horas extras de los inspectores de tránsito. Antel no quiso compartir cifras, aunque aseguró que tampoco tenían un dato exacto, ya que se trabajó en coordinación con el Ministerio de Salud Pública, la Junta Nacional de Drogas, UTE, OSE, y varios organismos estatales y locales más.

La Intendencia fue la encargada de hospedar a los músicos y sonidistas del festival, los ubicaron en el Hotel Municipal en la ciudad y en las cabañas rústicas y viejas del Parque Andresito, de La Aguada. Allí estaba la gente del Cuarteto de Nos, Buitres, Trotsky Vengarán, Daniel Viglietti, Francis Andreu, Buenos Muchachos, Garo Arkelián, La Vela Puerca y varias bandas locales que compartieron escenario con los grandes de la música uruguaya, como Sale con Fritas y Fede Graña y Los Prolijos de Rocha.

Ser rockero no es fácil

DÍA UNO

Sudas, te duelen las piernas, terminas lleno de barro, con manchas de alcohol en la ropa y seguro que algún piñazo ligas, por cortesía de los poguistas. El primer día del festival se armó el agite en serio con Trotsky. Ahí cayó desmayada una víctima de la mezcla del alcohol y marihuana. Entre siete sacaron al veinteañero y lo depositaron delicadamente en el pasto, lejos de la muchedumbre, y llamaron a la gente de la Junta Nacional de Drogas que tenía una capa a la derecha del escenario para el “achique”. Al rato se lo veía durmiendo, solo, a un par de metros de la carpa que lo auxilió.

Había varios durmiendo, acurrucados con su propio vómito y alguna botella de alcohol a medio terminar. También había parejitas mirando la luna llena, miraban el cielo y hablaban a los gritos, porque la música estaba tan fuerte que era imposible hablar suave. Entre toda esa gente había niños. Muchos. Algunos acompañados por mayores, otros solos. Corrían de un lado a otro, desaforados, se escabullían en el tumulto.

Se perdieron tres. El presentador del Antel Fest llamó a William, Oscarito y su hermana Jenny para que se arrimaran al escenario. También se perdieron cuatro billeteras, dos cédulas de identidad y varios celulares. Antel se precipitó y ofreció por los altoparlantes chips con el mismo número a 50 pesos. Mientras, en las pantallas gigantes del escenario, se sucedían los más diversos mensajes de Twitter “A Romina que lo mira por pantalla gigante TE AMO”. “Acá con Seba, Chichi agitando en el AntelFest”. “Al rubio divino que está con la remera de nacional le quiero dar”. “Seba estoy en la pantalla izquierda”.

Bajo la pantalla de la izquierda había un grupito que agitó todas las bandas y tomaron merca “a rolete”. Entre ellos había un muchacho de no más de 25 años que parecía un tanque de guerra: medía cerca de dos metros y era robusto, grande. Miraba con cara seria y metía miedo. Se aprovechó de su condición física para saltar en el pogo: se tiraba encima de los que lo rodeaban o los empujaba lejos, con una sola mano. Reía, gritaba.

Todo eso pasó en Rocha, una ciudad que se vio abrumada por la locura y el descontrol que trajeron los foráneos. Y la plata. Poca, pero plata en fin. Los almacenes del barrio que generalmente cierran para sestear se mantuvieron abiertos: esto de ver tanta gente en la ciudad sucede una vez cada diez años, con suerte. Pero igualmente quedaron disconformes: esperaban a más personas, más ventas.

Ese es el caso de Cecila, una rochense que trabaja vendiendo trotas fritas y panchos a la salida de las escuelas, se la jugó e invirtió una parte de sus ahorros para comprar 800 panchos. Estaba preocupada porque el domingo a las 21.30 horas sólo había vendido la cuarta parte. Por otro lado, Julio, que hace 22 años trabaja frente a la Plaza Independencia, en la esquina del Banco República, no se sorprendió. Los años le dieron experiencia, por eso el compró lo justo, lo mismo que compra un fin de semana cualquiera que decida hacer horas extras y vender a la salida de los bailes: unos 300 panchos.

Pero algunos festejaron las ventas, como el Liceo de Velázquez, que vendió refrescos y chorizos. Recuperaron la inversión y celebraron el saldo que les quedó para comprar mobiliario para el Liceo.

Día dos

Olor a podrido. Eso fue lo que quedó: mugre y olor a podrido. Pareciera que la tierra hubiera absorbido todo lo derramado la noche anterior y ahora, como venganza, hubiera conspirado con el sol para calentar el suelo y fermentar el alcohol desperdiciado. Putrefacción y miles de personas sudando, y respirando el tufo provocado por las fumatas. Miles de personas agitando rock. Tocó Garo Arkelián, Buenos Muchachos y La Vela Puerca, además de un par de bandas locales.

Al toque de Buenos Muchachos no fueron ni la mitad de las personas que se atropellaron por quedar más cerca del escenario y ver fragmentos de una escenografía austera, una cabeza, una guitarra, el efecto de las luces, cuando tocó La Vela. Pocos sabían las letras de las canciones, pero cuando ameritaba, nadie le hacía asco a agitar. Todos saltaban igual.

Allí, en medio de la muchedumbre, había un señor de unos 80 años luciendo su pelo blanco y mirando hipnotizado a los Buenos. Él no cantó ni una canción, ni acompañó con palmas las melodías, pero sus ojos reflejaban compenetración. Al terminar el show el vete les regaló una sonrisa, pero se camufló entre las banderas y los jóvenes que lo empujaban para acercarse al escenario.

La paciencia se estaba agotando: desde el fondo se escuchaban los cánticos pidiendo por la banda que cerraría el show.

 La Vela se hizo esperar, demoró una media hora en subir al escenario, pero una vez arriba dieron un espectáculo inolvidable. Como sacerdote poseído por el espíritu santo del rock, la banda irradió e hipnotizó al público y logró armar el pogo más grande del festival. Volaron palos, botellas y piñas. Su vocalista, Seba, incitaba a aplaudir o saltar, y la masa, más receptiva que nunca, cantaba y agitaba al unísono “Vamos, vamos la Vela de mi corazón”.

A las cinco de la mañana del lunes no había ni panchero ni almacén abierto. Quedaban un puñado de personas en al esquina que unas horas atrás había estado socada de gente. Serían unas veinte, unas acurrucadas en el pasto, otras tomando mate en la parada del bus, otros zombis, esperando no sé qué. Solo una jovencita estaba desfachatada y gritaba canciones de La Renga y saltaba sobre el monolito del Rotary Club que hay en el cantero del medio de una de las avenidas. Ese mismo monolito que horas atrás había roto un chico de unos 18 años, que mientras hablaba por celular le pegaba patadas.

El tránsito a esa hora era casi nulo. Igual que otro fin de semana cualquiera. La circulación de vehículos que se dio en Rocha sólo es comparable a la cantidad de autos que circulan en el carnaval de La Pedrera: unos 5.000. “Sin precedentes”, comentaban los inspectores de tránsito, acostumbrados a controlar unos 1000 autos los fines de semana. Hicieron cerca de 300 espirometrías, y sólo una dio positivo. No hubo accidentes.

Quedó barro en el baldío. Quedaron vasos de plástico y botellas y papeles y mugre en toda la zona. También quedó plata en el bolsillo de algunos lugareños,  en los de otros  sólo una experiencia “sin precedentes”.

LO QUE CUESTA HACERSE UN ABORTO

¿Alguna vez compró porro? ¿Y misoprostol? ¿Cuál de las dos drogas cree que es más difícil de conseguir? Adivine. Yo me saqué la duda.

Pastillas de Misoprostol

Primer round

Me sudaban las manos. La ventanilla del 187 no contenía la polvareda. La ansiedad me impelió a bajar. Jacinto Vera olía a humedad y esa parada era tan buena como cualquier otra.

Caminé una cuadra y allí estaba, esperándome, pintada de azul en la esquina. Tanteé la puerta de vidrio sólo para confirmar que estaba trancada. En cambio se abrió una voz seria, herrumbrada, que preguntó a través de una ventana. Era una mujer cincuentona de buzo rosado y lentes colgados del cuello que se perdían entre el pelo canoso, con resabios de un color castaño que hace no mucho, sospecho, fue el de su tinta. Pregunté si vendían misoprostol. Ella sonrió. La puerta se abrió.

“La dosis cuesta 5.000 pesos y la caja 8.850”, dijo la señora de la farmacia de Jacinto Vera. Le advertí que no tenía receta. No hay “una receta” para el aborto, dijo. “Con o sin, es el mismo precio”. La dosis es de cuatro pastillas de 200 miligramos y la caja trae ocho comprimidos.

Ya no me sudaban las manos; no hay misterio en comprar misoprostol. Me acerqué al mostrador y pedí indicaciones. “Te pones dos en la boca y las otras dos en la vagina”. La indicación era errónea. “Mirá, nena, te vendo las pastillas; más que eso no puedo hacer”.

Recorrí 16 farmacias en busca de misoprostol por los barrios Centro, Pocitos, Jacinto Vera, Barrio Sur, Palermo, La Comercial y Las Acacias; escenas similares ocurrieron en siete de ellas.

Segundo round

Dicen malas lenguas –como la de un alto jerarca de Salud Pública–, que ya no existen clínicas abortivas. Digo malas porque mienten; el progreso no las suprimió.

Aunque el aborto medicamentoso viene sustituyendo a los métodos quirúrgicos y al legrado por succión, aún hay consultorios atendidos por ginecólogos que colocan en el útero la droga para abortar.

Uno de estos consultorios clandestinos está en Punta de Rieles, entre una pañalera y un taller de arreglos de motos y bicicletas. Es atendido por su dueño, un ginecólogo cincuentón que brinda el mismo servicio en una clínica en Parque Rodó. Y si el cliente lo desea, puede ir hasta su domicilio y realizarle el aborto allí. En todos los casos cobra lo mismo: 3.500 pesos. Esta tarifa –baja en comparación a la venta de misoprostol en farmacias–, incluye la droga, su colocación y dos ecografías.

Contra las cuerdas

Sentada en un sillón con agujeros en el tapizado, cruzada de piernas para alivianar la molestia producida por las tablas del asiento de la clínica de Punta de Rieles, escuché cómo se hace un aborto con misoprostol y respondí brevemente un par de preguntas – cuántos años tenía y cuándo había sido mi última menstruación–. Y me advirtió, serio: “puedes estar embarazada y menstruar igual”. Después del fugaz cuestionario sugirió que me hiciera una ecografía para establecer el tamaño y la locación del embrión. Me negué.

Todavía en el sillón, pregunté qué sentiría físicamente después. El ginecólogo contestó inquieto –“dolores menstruales muy fuertes, contracciones”–. Y recalcó que es ineludible regresar a las 48 horas de haberse practicado el aborto –“no antes porque aún hay mucha sangre”–, para realizar una segunda ecografía que constataría que todo había salido bien. “Es importante porque en el cinco por ciento de los casos quedan restos embrionarios” que pueden conducir a muerte por infección.

 Tercer round

Las mujeres que desconozcan todo esto tienen otra herramienta: internet.

Sí, gracias a Google es posible acceder a información que antes era privilegiada, que se susurraba. Con poner en el buscador “misoprostol + venta + Uruguay” se logran unos 6.570.000 resultados1. La compra está a una llamada de distancia.

El teléfono sonó dos veces. Del otro lado se escuchó un “hola” austero, varonil. “Hola. Llamo por un aviso que vi en internet”, dije. Dos segundos de silencio. Tres. Cuatro. Cortaron. A los minutos recibí un mensaje de texto con el precio del misoprostol –“2.500 las cuatro pastillas, 5.000 las ocho”– y una pregunta: “¿comprás?”.

El precio de la droga baja más del 50 % respecto a las farmacias y llega a su casa como “paquetería clasificada”; es, evidentemente, el procedimiento más frecuente.

Knock out

Comprar un porro es más complicado. No hay referencias en internet. Hay que tener un amigo o un conocido que venda o que sepa de alguien que venda. Y son todas relaciones entre comillas.

El precio depende del tipo de faso, de a quién se lo compres y principalmente, de cuánto compres. Los 25 gramos de marihuana “paraguaya” –la más común y accesible– rondan los 500 pesos, pero un kilo oscila entre los 8.000 y 9.000. Después está “el pinito”, un poco más caro pero más rico, a 650 pesos los 25 gramos, y el popular cogollo, a unos 2.000 pesos.

Ahí está el negocio.

No compré ni una dosis, pero ahora sé cuál de las dos drogas es más fácil de conseguir.

 06/09/2012