Sanar en la tierra

O cómo transformar un basural en quinta: el ejemplo de rehabilitación de ocho presos de la cárcel de Canelones

Era viernes, pero el ruido era igual al de cualquier otro día: palos contra metal, metal contra metal, cuerpos contra metal. Gritos cargados de furia y desesperación. No los vi, pero me contaron que unos 1.000 hombres ven el sol tres horas por semana, que duermen de a ocho en piezas pensadas para cuatro y que no hacen más que esperar en un encierro que enloquece. Y se cortan los brazos para sentir algo. Más allá del tiempo. Más allá del castigo. Cuando la angustia los agobia, cuando se pelean, cuando necesitan pedir algo, aúllan y golpean los barrotes de sus celdas. Después los guardias, después el silencio. Eso el viernes, eso siempre.

Dentro del galpón de ladrillos tupido de alambres de púas y rejas: la prisión. Adentro, el olor a encierro, a sudor, a la putrefacción de la ropa que no se seca bien. Afuera, la luz y la tierra, pan, bloques, lombrices, bolsas con plástico y cartón reciclado, plantaciones de tomates, zapallos, girasoles, lechugas, flores. Hombres que una vez vivieron en el galpón, con chalecos amarillos que tienen estampado el logo del Instituto Nacional de Rehabilitación (INR). Ese puñado son los privilegiados del Centro de Reclusión Nº 1 de Canelones, los que tienen la oportunidad de trabajar para redimir pena. Ocho de ellos son los encargados del único predio verde de la cárcel, la quinta. Afuera, el olor que emana el galpón, el tufo omnipresente.

Vigilar y castigar

El director del INR, Luis Mendoza, tiene claro lo que tiene que hacer: recorrer todas las cárceles, porque sabe que “el ojo del amo engorda el ganado”, dice. Ayer fue la cárcel de Canelones, que es así: tiene tres sectores, el Módulo 2, que es el de máxima seguridad y es donde están los que por primera vez cometieron un delito, y los otros, los que ya tienen un historial. Luego está el Módulo 1, donde está la gente que trabaja o estudia, y el sector de barracas, donde están las personas próximas a egresar. En los tres sectores hay gente que trabaja o estudia, 664 en total. 176 presos trabajan dentro de la cárcel, seis fuera; 250 realizan algún tipo de actividad sociocultural o deportiva y 189 están recibiendo educación formal o informal. A través del trabajo y el estudio redimen pena; cada dos días se les descuenta uno.

Trancados bajo el sol

Cuestión de rutinas. 7.30 arranca su día, a las 9.00 empiezan a trabajar. Reciclan plástico y cartón, tejen alfombras, hacen bloques, pan y bizcochos, adornos para el jardín. Otros trabajan la tierra y semanalmente llevan una carretilla de alimento orgánico a la cocina de la cárcel. Rastrillan, hacen surcos y canteros, siembran, ven crecer las plantas, cosechan y comen.

“Entendemos perfectamente de qué se trata la rehabilitación y tratamos de dar el ejemplo de trabajo y multiplicarlo. Sembramos valores de solidaridad, compañerismo y respeto junto con las hortalizas”, explicó Adrián, que está preso desde hace tres años. Dos años atrás se le ocurrió ir con un puñado de lombrices en las manos a golpear la puerta de Carlos Bermúdez, el subdirector de la cárcel, encargado del Área Laboral. Le quería contar que estaba utilizando los desechos orgánicos de la cocina de la cárcel, donde hacía un año que trabajaba, para producir humus en una conservadora de espuma plast. La basura -la basura de 1.000 presos- que se enterraba en “el predio de atrás” era un problema: el olor era -es-, insoportable. A los dos días recibió una noticia que le cambiaría la rutina y la cabeza: Bermúdez le pidió que juntara diez personas para armar una quinta. Los juntó, de esos diez quedaron cinco, y esos cinco transformaron el “predio de atrás”, el terreno baldío al fondo a la izquierda de la cárcel destinado a ser quinta, un basural donde, además de la porquería, se enterró la materia fecal de los presos durante un tiempo, o por lo menos eso dijeron.

La tierra se abonó, reprodujo lombrices y yuyos, y trajo “tranquilidad” a los participantes. “Pusimos tanta voluntad que en una semana ya teníamos canteros hechos, y cuando vino el ingeniero agrónomo Hugo de Melo a enseñarnos a plantar, se sorprendió. Él se entusiasmó y trajo de su casa una mata de tomate, otra de orégano, de tomillo, y cada vez nos traía una planta diferente. Vio que estábamos motivados”, afirmó Adrián. “Hicimos como los aztecas, construimos nuestras propias herramientas y pensamos constantemente en cómo mejorar; por ejemplo, el sistema de riego era de tracción a sangre, llenamos un tanque de agua y hacíamos cadenas humanas”. Ahora tienen manguera, un regalo de Huertas Comunitarias Montevideo (HCM).

“Como líder les dije que no me sentía más que nadie, acá seguimos al que tiene la mejor idea, lo escuchamos y hacemos. De esa forma fuimos aprendiendo de nuestros errores y cada año fuimos perfeccionándonos”, dijo Adrián, y Sebastián, uno de los que trabaja en la quinta, asintió y acotó: “Es dar un paso adelante”. Dieron tantos pasos adelante que ahora producen más de lo que les permite el espacio de la quinta; “tiramos semillas de tomates y salieron demasiados”, contó Adrián. Por eso se les ocurrió que podían dar los plantines a escuelas y comedores. Entonces decidieron contactar a HCM.

La ciudad comestible

Ése es el gran sueño de los fundadores de HCM, Inés Velazco y Diego Ruete: hacer de Montevideo una ciudad comestible sustentable, plantar en todos sus espacios verdes y reconectar a las personas con la tierra. Sembrar, cosechar y comer. La idea surgió hace un año porque a Velazco le preocupa qué hacer con los “desperdicios orgánicos y las semillas, la privatización de ciertas semillas, de los pesticidas en los alimentos”, y sobre todo la “producción del alimento como producto y no como alimento”, contó. En ese momento se puso las pilas, hizo un curso de huerta orgánica y le pidió a un amigo que tenía en venta una casa con un terreno baldío de unos 20 metros al fondo, en el Cordón, para trasladar los tomates de su balcón a la tierra. “Ahí me encontré con Diego, que es un hacedor y emprendedor. Vinimos un fin de semana y le encantó el lugar, y pensamos en abrirlo a la gente”, señaló. “Sabíamos que iba a ser grande, pero no tan grande”, acotó Ruete. Hicieron un llamado por Facebook para limpiar el terreno, fueron 20 personas, transformaron el lugar en un par de días y empezaron a plantar. Se fue corriendo la voz y se formó una “comunidad con gente de diferentes estratos sociales, culturales y hasta nacionalidades, con el mismo interés por volver a la tierra”. Los huerteros están convencidos de que plantar “puede llegar a transformar la sociedad y solucionar el problema de la alimentación. Si cada vecino le dedicara una hora por semana, estaría resuelto”.

Los privados de libertad se contactaron a través de sus familias con HCM porque consideraron que “su idea era la más parecida” a la que ellos tenían. “Esta gente está ayudando a otra gente”, explicó Adrián. Así nació el vínculo entre presos y huerteros; ahora intercambian semillas y experiencias. “Queríamos hacer valer nuestro trabajo, por eso decidimos plantar el terreno a la máxima expresión, producir lo máximo, y el excedente darlo en los plantines. Ahí [dijo señalando el galpón] viven 1.200 personas y muchas no tienen familia ni visitas, y el tema de la comida es vital. Nosotros, por diplomacia, decidimos no ponernos entre las personas con hambre y la comida; nuestra comisión cría las plantas, después quien se las coma nos es indiferente”, aseguró Adrián.

Un trato por el buen trato

Velazco entiende que plantar “te da un sentido de pertenencia y utilidad, es saludable y muy terapéutico. Vuelves a lo comunitario, a resolver problemas entre todos. Te conecta con la vida, con los ciclos. Los humanos somos tierra”. Así también piensan los presos: “Cambia mentalidades”, aseguró Adrián, y contó que “el grupo se siente orgulloso. Mirá a Sebastián, hace unos años tenía un problema tras otro, era como bicarbonato en el agua, no te muestra los brazos porque por algo los tiene tapados, pero se vino acá y se enfocó en dar vuelta la tierra como ejercicio físico; después vio que se podía comer lo que se plantaba, que es el segundo punto que le interesó; después vio que era tranquilo, y cuando le dije que podíamos ayudar afuera dijo ‘vamos a sacar esto adelante a como dé lugar’, y así fue, así lo ves”.

Jonathan, otro de los integrantes de la comisión que trabaja en la huerta, también asegura que la quinta le “cambió la cabeza”. “Yo cometí un error y terminé acá. Hace cinco meses que estoy acá. No tenía mucha noción de la tierra, pero siempre me gustó, siempre vi a mi abuela regar y plantar y todo, aprendí abundante, así, a plantar; siempre vas a tener trabajo y siempre vas a poder cosechar en la tierra, siempre. Y ta’, pensé que, mi deseo, lo que anhelo, es salir a la calle. Yo tengo un campo de 12 hectáreas y en mi barrio hay muchos pibitos que están en la calle, y mucha delincuencia… pensé en ponerme con los Jóvenes en Red o algo así para juntar pibitos y enseñarles a plantar. Los va a ayudar a sacar de la calle, les va a cambiar la cabeza un poco, porque errores cometemos todos, ¿o no? Planto y digo ¡cómo crece la planta! la miro así y digo ¡fah! creció y esto lo hice yo, y ahí voy madurando. Corte que me cambió todo así la tierra”. Jonathan “perdió” a los 18 por rapiña, ahora tiene 20, le faltan cinco años y dos meses para salir.

Adrián aseguró que “todos” estarían “encantados de poder hacer huertas en una escuela, en un comedor. “Lo haríamos con muchísimo gusto porque lo vamos a hacer bien”, dijo, y sus compañeros asintieron con la cabeza, sonriendo. Siguió: “Esto es el jardín botánico de la cárcel. Vienen diputados, ministros y ¿qué les muestran? La quinta, porque vienen a las dos de la tarde y estamos trabajando, vienen a las 10 de la mañana y también. El trabajo se ve”.

Nota publicada en La Diaria el 18/12/2014 http://ladiaria.com.uy/articulo/2014/12/sanar-en-la-tierra/

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El hombre orquesta

Mateo Mera, el músico de la luna

Mateo Mera dice ser así: un hombre, un hijo, un publicista, un novio, un escritor, un autodidacta, un músico. Tiene 25 años y hace diez que escribe canciones y compone melodías, y dice ser un artista que nunca tuvo miedo a “pararse delante de un montón de gente y cantar, pero sí de mostrar lo que hacía”. Mateo Mera y sus 25 instrumentos musicales. Mateo Mera y el miedo a exhibir sus creaciones, su “parte más íntima”. Mateo Mera: el músico que un día se cansó y echó a patadas a sus miedos, y cantó, tocó, grabó y lanzó un disco con sus intimidades. Un inconformista que no tiene idea de qué lo hace ser músico ni sabe por qué todas sus canciones juegan con la noción de “escaparse, irse o ser otra cosa”. Un perseverante.

Sobre los puentes y las alturas es su primer trabajo discográfico. Se trata de ocho canciones que combinan folk, indie, pop y rock con secciones únicamente instrumentales. Lo editó de forma independiente y él mismo grabó todos los instrumentos, desde guitarras hasta un sitar indio (presente en el tema “Destrucción china”). El proceso de grabación le llevó ocho meses; fue producido por Daniel Anselmi y masterizado en Buenos Aires por Andrés Mayo. El disco fue lanzado en noviembre y, aunque lo presentará entre marzo y mayo de 2015, hoy tocará algunas canciones en el centro cultural Vissi d’Arte a las 22.00: llevará invitados, pero no tiene una banda, él dice ser “un hombre orquesta”. Transformó una valija Samsonite en bombo y le puso un pedal de pandereta, entonces toca la guitarra y la armónica, y tiene la percusión en los pies. Así planea ir de bar en bar.

“¡Panchoooo!”, le grita a su perro salchicha para que deje de ladrar. “¿En qué estaba? Ah, sí… el disco tiene que ver con tomar el control de mi vida, en poner y conseguir. Tenía que sacarme el miedo a hacer las cosas. Todo es cuestión de perseverancia. No creo en el don, creo en la perseverancia, y yo trabajo mucho. Me puse en un plan que es que no puedo aceptar un no; si pensamos una idea y está buena, se hace, después vemos cómo. Vamos pa’delante siempre”, explicó. Así surgió la compra de una luna de plástico desarmable de cinco metros de diámetro, ploteada, que importó de China: “Cuando decidí que el corte difusión era ‘Encuentro en la luna’, dije ‘¿y si pongo un montón de lunas bajo el puente de Sarmiento?’. Después decidí que no, por el nombre del disco; ahí se me ocurrió traer una luna gigante, y entré a las páginas de proveedores chinos para ver si hacían lunas. Y la conseguí”.

Después, Mera contó que el miedo fue un motor para lanzar el disco, que en “un momento” de su vida entendió que “hay gente que tiene miedo a lograr lo que quiere” y que no quería ser así. “Acepté el desafío y está buenísimo”, dice, sonriente, y explica: “Quedarte en tu cuarto y tener miles de canciones es una pavada, porque ahí no hay peligro, nadie te va a criticar porque nadie las escucha. Todos los temas que están en el disco fueron básicamente superar miedos: a exponerse, a sacar algo profesional, algo con tu nombre, a recibir críticas inesperadas, a superar problemas con amigos”.

El perro no se calla. “¡Panchooooooooo! Este perro me vuelve loco”, aclaró, y habló sobre el proceso de elaboración del disco. “Eeeeeh… Las canciones ya las tenía y el disco lo había empezado un año antes en mi casa; tengo mil horas de grabación en mi cuarto. El plan inicial era hacer un audiolibro para el que escribí una mininovela de 30 páginas; quería corresponder una canción a un capítulo. No me funcionó, así que empecé a grabarme y, claro, al grabar, mezclar, producir y escucharme solo… me volvió loco. Pasaba 11 horas durante semanas con una o dos canciones; llega un momento en que no escuchás, te volvés paranoico, perdés las referencias. Ahí me di cuenta de que necesitaba ayuda. Lo que sí me costó es que si yo no iba a grabar el bajo, el bajo no se grababa, y eso atrasó los plazos”.

Mera reconoce que Sobre los puentes y las alturas le cambió la vida aunque en realidad no le cambió nada, pero ahora es “más feliz”, algo que, según él “no se mide en canciones”: “En algún punto sí cambió, todo, aunque [al disco] no le vaya bien. No es un tema de éxito”. “Sin dudas la pasión es ser músico, pero también hay una cosa que tiene que ver con mi personalidad: ser perseverante”, apuntó. “No estoy nada satisfecho, me gustaría cantar mejor, tocar mejor, querer mejor”, agregó. Por ser perseverante se compró un generador para la luna y llegó a ensayar 11 horas tocando el piano para aprender “medianamente bien”. Aprendió, grabó. Lo mismo le pasó con el sitar: buscó hasta que encontró a un sitarista argentino que lo ayudó a conseguir el instrumento, fue a clases y aprendió que con el sitar “no tocás canciones, tocas ragas, que son ‘estados de ánimo’”, y que “el sonido nace, se desarrolla y se muere”; a diferencia de lo que pasa en Occidente, donde “cuando un sonido se muere es porque se terminó la canción”. Las ragas no están escritas, tienen una “estructura mínima, porque lo importante es capturar elfeeling del raga”, explicó. “Lo interesante es que no importa si sos Ravi Shankar o Mateo Mera, sino que vos te ponés al servicio de una cosa superior, que es desarrollar el raga correctamente”, agregó, y dijo que le “encanta” la “despersonalización” que permite ese instrumento.

“Me está volviendo loco ese perro. ¡Shhh! Me desconcentra, no puedo. ¡Panchoooo!”, le gritó, lo agarró y lo entró a la casa. “Ta”.

“A la hora de ser músico tiene mucho que ver con dónde estás parado hoy”, dijo, y explicó que sus letras hablan de eso: “El tema uno del disco [‘Vida Salvaje’] trata de un travesti, y no es que hubo una intención de ‘oh… la canción re loca sobre un travesti’. Pero era como… no sé… si en 2014 un pibe uruguayo no habla de esas cosas, ¿de qué va a hablar? No quería que el disco fuera sobre lo importante que es tener una novia, que conceptualmente se trate de eso, porque yo no lo siento así en mi vida y de hecho en el disco no hay canciones de amor. Mi contexto no me lo hizo escribir. Es re interesante un travesti, el discurso. Fue interesante hacerla sin generar un estereotipo del travesti; no quería generar un discurso que ya existe, ni mostrarlo como una persona degenerada, como alguien que traspasó el límite”, contó. “Tampoco me gusta contar el significado de las canciones, porque se empiezan a llenar con mi interpretación y en verdad no es lo que yo escribo, sino lo que vos interpretás”. Pancho ladra desde adentro.

“El disco se iba a llamar En medio de algo, pero no me convencía. Antes de que saliera estuve seis días en la selva de Ecuador y aún no tenía nombre. En ese viaje descubrí un miedo a las alturas desconocido, que no tenía. Estando ahí no podía subir una escalera. ¡Un papelón! Y nunca tuve un problema de vértigo. Sobre el puente… es porque el disco se trata de superar miedos”.

Artículo publicado en La Diaria el 18/12/2014: http://ladiaria.com.uy/articulo/2014/12/el-hombre-orquesta/

Un caso aparte

El trabajo como motor rehabilitador en la cárcel de Juan Soler

Es una cárcel, pero si mira un ojo desprevenido, parece una empresa. Está en la ruta 11, en el kilómetro 41,500. Ahí hay un camino de tierra de unos diez metros que une el asfalto con un muro de alambre y hierro con púas en la cima. El tejido rodea un cantero con flores, tres tanques de agua, la bandera uruguaya, la de Artigas y la de los Treinta y Tres Orientales, cabinas telefónicas, y los celdarios. Hay pasto alrededor, y en el fondo, una huerta, un camión y un tractor. Rodeados de esos alambres y entre todas esas cosas, hay hombres haciendo bloques y carpiendo, con delantales blancos y harina en las manos, con lentes de seguridad trabajando con hierro, cortando la madera con una sierra, la carne con una cuchilla. Todos son custodiados por policías, pero el trato es con los operadores penitenciarios. También hay mujeres, funcionarias que visten remeras celestes con el logo del Instituto Nacional de Rehabilitación (INR).

Son casi las diez de la mañana de un viernes primaveral en la cárcel de Juan Soler y en la sala de entrada se ve esto: un espejo grande, plantas, sillas, puertas y mostradores con ventanillas para la atención al público. Un cartel del INR que defiende los derechos sexuales de los presos. Tres pasillos: a la derecha, la secretaría, una sala que tiene máscaras blancas de yeso hechas por los internos, un baño pequeño y limpio, como el de mamá; a la izquierda, el despacho del director, Diego Grau; al centro, un pasillo largo con rejas que ofician de puertas, cada tres metros. Una mesa de ping-pong plegada en el medio. También hay un sector de admisión, donde llevan al preso en su primer día en la cárcel y donde se intenta que no esté más de 24 horas. Es así: una celda con una cama de concreto y un pozo al lado para defecar y orinar. El colchón y la frazada llegan después. Nada más. La luz está incrustada a la pared, no hay tomas de corriente ni vidrio en la ventana. No hay agua. Ahí también van a parar los que se portan mal o tienen crisis nerviosas.

Los módulos son tres: el A-B, de máxima confianza; y los C-D y E-F, con celdas de cuatro por cinco metros, que albergan en total a 117 presos. Después está la cocina, los patios internos con cuerdas para colgar la ropa y con teléfonos monederos -se están haciendo gestiones para que los presos puedan tener celular-, la sala de visitas y las salas conyugales. Y las rejas.

70% de los que viven ahí tienen entre 18 y 29 años, y 83% son presos primarios: nunca antes habían sido procesados. Todos ellos trabajan o estudian, o ambas cosas, a excepción de los que por edad o certificado médico no pueden hacerlo.

Grau, que dirige la cárcel desde mayo de 2013, asegura que justamente porque hay pocos internos reincidentes y la lógica reinante es la de cumplir horarios, es que las rejas están cerradas por un pasador y no tienen candados ni trancas: los códigos carcelarios no están arraigados en la institución. Esas puertas y ese camino de tierra de diez metros que los separa de la ruta podrían ser el boleto de salida de cualquiera de ellos, pero la libertad en Juan Soler no es una ganga.

Es una cuestión de “confianza”, sostuvo Grau. “Los mismos presos levantaron el tejido perimetral [que rodea la cárcel] y que ‘tranca’ al resto”, y eso sería irreproducible en casi cualquier otra cárcel del país. Ningún preso trabajaría para impedir el escape de un compañero. Pero como no prima ese código, si hay que hacer un cercado o si se rompe el existente, los presos van y lo hacen, van y lo arreglan. Así redimen pena.

En Juan Soler hay diversos emprendimientos laborales para que los presos se habitúen a las rutinas. Surgieron a raíz de un convenio firmado en 2009 entre el Patronato Nacional de Encarcelados y Liberados (PNEL) y la Unión Europea. Dentro de la cárcel pueden trabajar carpiendo, cortando leña, limpiando, cocinando, haciendo bloques, en la panadería, en la herrería, en la carpintería o en la chacra, plantando. Si marchan bien las cosas, se convierten en candidatos para trabajar extramuros. Hoy hay 25; 18 consiguieron las pasantías laborales por intermedio del PNEL y los otros siete las consiguieron por su cuenta.

Trabajar es una ecuación que al preso siempre le da positivo: mantiene la cabeza ocupada, si trabaja fuera de la cárcel no pasa “trancado” dentro, redime pena -cada dos días trabajados se descuenta uno-, y en algunos casos cobra un peculio. No sale perdiendo.

Mediante el convenio mencionado también se construyeron dos aulas, una biblioteca, una sala de informática y otro módulo para albergar a 15 presos, que no se ha estrenado por falta de funcionarios. Se compró un tractor y un camión. Todo fue construido por presos, y son ellos los que mantienen las unidades. Por ejemplo, cuando alguien raya un banco de la escuela se averigua “quién fue y se hace un informe. Eso va a la Junta de Disciplina y ahí se aplica una sanción. Generalmente son sanciones leves, una grave sería si le encuentran un corte, cosa que generalmente acá no pasa”, aseguró Grau.

A partir del año que viene cosecharán lo suficiente para autoabastecerse y cortarán leña para repartir en todo el sistema penitenciario. Juan Soler tiene el proyecto de instalar una carpintería de aluminio.

La diaria

La rutina es así: a las 7.30 suena un timbre para que los presos se levanten, a las 7.45 se forman para salir a sus comisiones laborales o a estudiar, y los operadores penitenciarios pasan a buscar por la celda a aquellos que trabajan afuera, para que a las 8.00 emprendan viaje. Desde las 9.00 hasta las 23.30 pueden tener la puerta de la celda abierta. A partir de las 16.00 hay actividades recreativas y procesos terapéuticos: taller de máscaras, campeonatos de fútbol, ajedrez, ping pong. También hay rehabilitación de drogas, aunque Grau aseguró: “El tema del consumo está bastante controlado, podemos tener marihuana algunas veces, pero todo indica que no tenemos pasta base ni cocaína. Se hacen requisas para tratar de incautar”. Señaló que por “eso es baja la conflictividad de la unidad”. Grau piensa agregar “un programa de pensamiento pro social para trabajar las diferentes habilidades sociales”.

Las visitas son los fines de semana, de 9.00 a 17.00. “[Los presos] no tienen el poder de decidir si hacen o no hacen. Si no hacen una actividad se los traslada a otro establecimiento; nosotros no podemos obligarlos a trabajar pero sí podemos ampararnos en el interés de que tenga de progresar. Vemos si tiene o no tiene el perfil” de Juan Soler, dijo Grau. La idea es que los presos se capaciten: si no terminaron la escuela, que lo hagan y empiecen el liceo; también se les enseñan oficios, como carpintería, galletería, panadería e informática, por intermedio del Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional y la Universidad del Trabajo del Uruguay.

Los hábitos se incorporan mediante la repetición. “Tienen que levantarse y ordenar la celda, lavar la ropa, mantener la higiene personal”, enumeró Grau. El director dijo que por eso “no dejamos que se hagan tatuajes en las celdas o se corten el pelo y se hagan cualquier corte. Hay un peluquero; ellos tienen un día para eso. Tampoco dejamos que tengan piercings ni alhajas”, y explicó que es porque “se presta para el tráfico”, entre otras cosas, y que hay que “dar el ejemplo” para que sea más coherente el cumplimiento de ciertas normas. “Acá no vas a ver ningún funcionario que ande con brillantes colgando”, afirmó.

Irreproducible

Cuando Grau llegó en 2013, Juan Soler estaba superpoblada: tiene capacidad para 120 presos y había 163, 18 de los cuales dormían en el piso. Ahora sobran tres lugares y la mayoría son primarios, y se respetan horarios y normas. “Acá no se les permite que golpeen las puertas”, señaló. En esas cosas Grau ve la razón por la que es casi imposible la reproducción del sistema que él implementó: “Si esta unidad tuviera 500 presos sería otra cosa, porque habría mayor conflictividad. Cuando el número es más chico uno conoce el nombre y apellido del interno, la carátula, si tiene visita, quién lo recibe, si está estudiando, en qué trabaja. Y así uno puede estar arriba de él para que haga las cosas. Eso sólo se puede hacer en una unidad chica. Acá se los individualiza, no son una masa. Si no funciona, se lo traslada”, agregó. En esos casos, generalmente van a parar al Comcar y después al penal de Libertad, el agujero negro del sistema penitenciario.

Nota publicada en La Diaria el 04/11/2014: http://ladiaria.com.uy/articulo/2014/11/un-caso-aparte/

Seguir a Artigas

Con Gonzalo Abella, el candidato a la presidencia de Unidad Popular

Abella es maestro e historiador, y líder del partido político Unidad Popular (UP), que surgió en abril de 2013 tras la decisión de Asamblea Popular de reunir esfuerzos y formar una coalición con la Agrupación Nacional Pro-Unir, Movimiento 26 de Marzo, Partido Humanista, Partido Comunista Revolucionario, Movimiento de Defensa del Jubilado-Modeju, Movimiento Avanzar, Intransigencia Socialista y el Partido Obrero y Campesino de Uruguay. Juntos lograron obtener 0,57% de los votos en las elecciones internas, y superaron al Partido Independiente (PI).

-¿Cuál es el modelo de gobierno de América Latina que más se parece al que la UP quisiera instaurar en el Uruguay?

-No podemos contestar esa pregunta. Hemos consensuado una clara definición artiguista sobre la soberanía particular de los pueblos. Por lo tanto, a los Estados de la región los definimos exclusivamente en función de su soberanía o dependencia a las transnacionales y el imperio. Desde ese punto de vista, hay países que están realmente enfrentados y no nos metemos en su interna, como los de la Alianza Bolivariana para América [ALBA], países que tienen una política ambigua pero con ciertos conatos de resistencia, como Argentina y Brasil, y países que están entregados totalmente, de pies y manos, como Paraguay y Colombia. Si esto fuera “uno, dos y tres”, veríamos a Uruguay como 2,5, desgraciadamente, por su sometimiento a las transnacionales casi lindero a la entrega total. Nosotros seguimos a [José Gervasio] Artigas. ¿A quién nos queremos parecer? A Artigas.

-¿Qué factores explican que la UP no pueda crecer más de 1%?

-El problema es que nos han creado un muro de silencio y ha surgido, además, una serie de calumnias que ha circulado desde el inicio de esta segunda etapa de UP. Por ejemplo, [el año pasado] hubo vándalos infiltrados en la hinchada de Peñarol, y el ministro del Interior, [Eduardo] Bonomi, acusó a grupos radicales e informó al diario El País que se estaba investigando a gente de UP. Desde luego, no pudieron presentar pruebas, pero el rumor pervive, y mucha gente dice: “UP son los tupamaros violentos y no los tupamaros buenos que están en el gobierno”. Pero el aspecto central es que el muro de silencio hizo que las cinco empresas que hacen encuestas ni siquiera le dieran a la ciudadanía el derecho a saber que existimos, y nos calificaban de “otros”. Eso sólo lo pudimos revertir con una muy buena votación en las internas [0,57%], cuando vencimos ampliamente al PI. Ahora nos tienen que nombrar, pero perdimos un año y medio.

-¿A quién votarían en un eventual balotaje?

-No hemos perdido un solo minuto en discutir un balotaje, nosotros votamos UP.

-¿Cómo hace campaña UP?

-Para los cuatro partidos con representación parlamentaria la campaña política es inversión: tantos dólares, tantos votos. Los dólares significan asesor de imagen, inversión en la televisión. Para nosotros, la campaña electoral es la organización por abajo, puerta a puerta, es usar los muros que nos dejan antes de que los tapen. Los muros son la televisión de los pobres. Es un trabajo de hormiga, [pero] lo que hemos construido es irreversible. Las reuniones en casas de familia han sido la metodología esencial, mediante una plataforma común con grupos de ciudadanos pensantes que se atreven a imaginar políticas públicas diferentes, desde Bella Unión hasta el Chuy. Alguna gente cree que atornillando dos diputados en el Parlamento vamos a hacer buena letra y podremos ganar las próximas elecciones. Cinco años es excesivo para las urgencias que tiene Uruguay. Ahora es que está agazapada la megaminería, elfracking, la expansión del monocultivo forestal y la instalación de venenos. Ya están muriendo, como moscas, niños en Cainsa [localidad de Artigas] y Cebollatí [Rocha]. Es brutal lo que se está tapando.

-¿Qué proyectos de ley presentarían en caso de llegar a la Cámara de Diputados?

-Tenemos un programa máximo y uno mínimo. El máximo, visto desde la óptica de algunas organizaciones políticas de UP, es el programa mínimo, porque aspiran a más; algunas de ellas al socialismo, otros, como los Humanistas, a una sociedad totalmente autogestionada. Somos muy realistas; no podemos implementar el programa máximo con dos diputados. Por eso, lo que planteamos para una bancada parlamentaria son dos tipos de proyectos: los de emergencia, para mitigar de inmediato los impactos más nefastos del modelo de saqueo neoliberal, y los vitrina, difícilmente objetables, que demuestren que una nueva forma de relacionarse con la tierra no genera menos trabajo, sino todo lo contrario, y que hay mercado internacional para la agricultura orgánica. Queremos usar las 16 millones de hectáreas de Uruguay como carta de negociación para que los insumos del exterior que sí necesitamos sean negociados de igual a igual, y no de rodillas como está [haciendo] ahora el Estado uruguayo.

-Uno de los ejes en su programa de gobierno es la reforma del modelo agrario. ¿De qué se trata?

-Es imprescindible un cambio total en la forma de proteger y cuidar la tierra. El recurso es parte esencial de una primera fase de la liberación nacional, que es recuperar la soberanía del Estado. La agroecología no se resuelve sin soberanía del Estado; el saqueo transnacional genera que los proyectos agroecológicos más laudables, más plausibles, sean acorralados por el envenenamiento de la tierra y las aguas. La línea divisoria verdadera entre un proyecto de liberación y uno de entrega es ver cómo se usa la tierra y en manos de quién está. Todo lo demás es palabrerío. La tierra es el indicador fundamental del sistema político, de un Estado y de un gobierno.

-También plantean crear una industria nacional pesquera.

-Tenemos 12 millones de hectáreas de superficie de agua pesquera. El Río de la Plata debe ser la única superficie que combina pesca de agua dulce con altamar, y toda la de altamar se la llevan empresas coreanas y españolas; y en los grandes ríos que no están tan contaminados, empresas brasileñas con redes prohibidas se llevan todo, hasta los alevinos. Nosotros tenemos una Dirección Nacional de Recursos Acuáticos [Dinara] que es cómplice de este saqueo y del precio altísimo que tiene el pescado en nuestro mercado para el consumo de la gente. Si lográramos organizar cooperativas de autogestión, que incluso gestionen insumos en el extranjero, daríamos un primer paso hacia nuestro objetivo central, que es una flota pesquera nacional, un juicio político y penal a las direcciones de la Dinara y una denuncia de lo que está haciendo la Prefectura [Nacional Naval], que también mira para otro lado y permite que nos roben los recursos.

-¿Cómo definiría a los partidos políticos según la relación que tienen con la tierra y el agua?

-Los cuatro son cómplices de la contrarrevolución agraria. El neoliberalismo blanquicolorado de las últimas décadas tuvo una política de preservación del latifundio, y el FA, después de luchar por la tierra, hoy consolida el latifundio; encima, uno destructor en dimensiones jamás vistas.

-A nivel sindical hay sintonía de UP con los sectores clasistas y combativos. Desde la dirigencia del PIT-CNT se cuestiona que estos espacios sindicales debilitan la unidad del movimiento sindical.

-El problema no es culpa de UP; la cúpula del PIT-CNT se ha transformado en operador político del mal llamado Partido Comunista, y ese operador político se ha hecho, incluso, megaminero, porque coinciden con el discurso entreguista del FA, de que si las trasnacionales nos dan de comer tenemos que ponernos de rodillas ante ellas. Aratirí le donó al SUNCA [Sindicato Único Nacional de la Construcción y Afines] un local sindical con fibra óptica en Cerro Chato. El SUNCA es partidario de la megaminería igual que la cúpula del Sindicato Obrero de la Industria de la Madera y Anexos (SOIMA). Sin embargo, la clase obrera uruguaya tiene grandes tradiciones de lucha, y para nosotros, cuanto más unida, mejor. Desde UP planteamos la independencia de clase total de los movimientos obreros y sociales, y UP no va a tener un solo pronunciamiento propio sobre la interna del movimiento obrero.

-¿Cómo abordarían la defensa nacional del país?

-Está en el programa mínimo, y es de juicio y castigo. Entendemos que el FA, que durante dos períodos tuvo mayoría parlamentaria, no anuló la ley de caducidad, lo cual hace a la cúpula del FA cómplice de delitos de lesa humanidad, por no haber anulado esta ley anticonstitucional. En segundo lugar, nos preocupan las nuevas generaciones de las Fuerzas Armadas (FFAA). No puede ser que un gurí o una gurisa que va al Liceo Militar tenga una formación en historia y en ciencias humanísticas diferente al resto de los muchachos de Uruguay, con plata que es del Estado. Por lo tanto, una de las primeras cosas que planteamos es que esas asignaturas pasen al liceo público y no sean impartidas por gente eventualmente golpista, como ahora. En segundo lugar, planteamos un cambio sustancial de la formación de los futuros suboficiales y oficiales de las FFAA, a partir de una lectura artiguista, antiimperialista y de integración continental. No puede ser que no sean custodios de la dignidad nacional, y que estén en la corrupción que están. El ministro [Eleuterio Fernández] Huidobro -ignoro si en un estado alterado de conciencia o qué- hizo una confesión dramática: le preguntaron por qué había tanta corrupción en la Armada y dijo: “Bueno, será porque es el único lugar en el que se investiga”. Queremos un control popular ciudadano sobre los recursos y unas FFAA con una mentalidad radicalmente distinta, al servicio de un proyecto de soberanía nacional y profundamente antiimperialista. Muchos oficiales de nuestro Ejército tienen en su sombrero de uniforme el distintivo artiguista; bueno, señores, ahora gánenselo. Digan dónde están los desaparecidos, exijan juicio y castigo, condenen esas FFAA que nacieron asesinando charrúas en Salsipuedes, que violaron mujeres en Paraguay y apoyaron toda violación de los derechos humanos que hubo en el país. Porque ésa es la historia de nuestras FFAA. Ahora, si los oficiales jóvenes no quieren seguir con esa tradición, también ellos tienen que jugársela.

Yo no le pedí al FA un milagro en diez años, le pedí una brújula, y eso es en lo que falló.

Entrevista publicada en La Diaria en setiembre de 2014: http://ladiaria.com.uy/articulo/2014/9/seguir-a-artigas/

Salir con algo

El cuento corto de ocho presos que redimen su pena trabajando en las bodegas Castillo Viejo

Su rutina es así: madrugar, esperar que el patrón los pase a buscar en un camión chico, llegar al viñedo a las 7.30. Una vez allí, respirar y sentir el olor del campo, doblar el lomo, podar, cortar las ramas que no tengan brotes, levantar troncos, alambrar, manejar un tractor o arreglarlo, secarse el sudor de la cara, almorzar, retomar la tarea y esperar, otra vez, a que los lleven de regreso en el mismo camión al mismo lugar. A las 19.00 están listos para bañarse, comer y dormir. Tratan de no pensar, pero despiertan y saben que la oportunidad es esa rutina: sentir la tierra en las manos y el sol en los hombros, ganar unos pesos y mandárselos a la familia, pasar el día fuera de la cárcel de Juan Soler, en San José.

En Uruguay hay cerca de 10.000 presos; unos 118 están en Juan Soler, y ocho de ellos trabajan en las bodegas Castillo Viejo, una empresa vinícola de 110 hectáreas ubicada a 20 minutos de la cárcel. Son todos hombres. Algunos fueron procesados por el delito de rapiña, otros por suministro de estupefacientes y uno por violación. Todos quieren exactamente lo mismo: conseguir la libertad cuanto antes, y todos hicieron mérito para obtener el permiso del juez, trabajar fuera de la cárcel y poder redimir su pena. Cada dos días trabajados, se descuenta uno de pena.

La oportunidad laboral surgió porque el Patronato Nacional de Encarcelados y Liberados (PNEL) tiene un convenio con Castillo Viejo desde agosto. La empresa planea integrar a dos presos más, y en un par de meses, cuando arranque la zafra, trabajar en total con 40 privados de libertad. El encargado general de la bodega, Javier Peraza, aseguró que emplear presos “da tranquilidad”. “Contás con un personal estable, que no te falta, que llega en hora y cumple toda la jornada, que aprende rápido y se esfuerza por mantener lo que consiguió”, explicó, y destacó su “disposición” hacia el trabajo: “Son los que llevan la iniciativa”, y eso “es una gran ventaja porque ordena al grupo”.

El convenio con la bodega no es el único que tiene el PNEL. Desde 2012, aproximadamente 650 presos han pasado por diferentes empresas que ofrecen pasantías que pueden renovarse o convertirse en un trabajo fijo incluso cuando salen en libertad; entre ellas se encuentran UTE, CUTCSA, la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP), Focap, intendencias, alcaldías y el Instituto Nacional de Empleo y Formación Profesional (Inefop), que brinda talleres de capacitación de oficios. Del total de los presos que trabajan fuera de la cárcel “hay una reincidencia de 6%” frente al 53% que vuelve a delinquir si no trabaja, recordó el coordinador del área laboral del PNEL, Martín Quiró, e hizo énfasis en la importancia que tienen la capacitación y el empleo para los presos. “La fotografía que tenemos [de los presos] nos dice que son personas jóvenes, con primaria incompleta, en su mayoría jefes de hogar con muchos hijos, desempleados crónicos con muy poca capacitación”, explicó, y argumentó que por eso es necesario que se eduquen, para “cambiar el chip” de la cabeza -reemplazar los códigos carcelarios por los que se manejan fuera, adecuarse a la rutina-, y así lograr mantener un trabajo.

“Todos estamos tratando de rehabilitar a esta gente”, dijo Peraza, el encargado de la bodega, y agregó que el aprendizaje de nuevas habilidades es otra de las cosas que le dan “tranquilidad”. Como consecuencia, la empresa y el PNEL acordaron terminar dos horas antes la jornada de trabajo durante las próximas semanas para que se capaciten en las tareas del viñedo y certifiquen los saberes. “La idea es que se vayan con un currículo con lo que sepan hacer y que les sirva en un futuro”, explicó. La “empresa tiene las puertas abiertas” y “sería ideal que [al salir de la cárcel] se quedaran”. “Yo me doy cuenta de que son privados de libertad cuando llego al establecimiento y los tengo que dejar”, dijo Peraza, y contó que desde que los emplearon, la productividad del viñedo aumentó 60%. Antes de que llegaran había 16 personas trabajando en forma fija, pero no daban abasto, porque generalmente los que entraban cortaban la jornada a la mitad del día o sencillamente no iban.

El hábito no hace al monje

Cuando se confirmó la integración de los presos al escuadrón de trabajo, la empresa, junto al PNEL, hizo una reunión con todos los empleados “porque la gente de afuera tiende a verlos vulnerables y a protegerlos”, y ésa no era la idea, porque en definitiva “son uno más del montón” y no hay que olvidar que “por algo están presos”. La charla “generó ansiedad, todos estábamos ansiosos por que llegaran”, aseguró. Finalmente llegaron, se “adaptaron rápido” y la ansiedad era tanta que Peraza pidió fijar otra reunión, esta vez con los psicólogos del PNEL, para tratar el tema de por qué están presos y cómo es vivir en una cárcel. La curiosidad de los empleados era “tremenda”. Se decidió que lo mejor era “entender [y que los presos dijeran] que habían cometido un error y lo estaban pagando”.

Y eso fue lo que dijeron. Todos tienen un proyecto para cuando salgan: trabajar. Todos quisieran salir antes de tiempo y todos tienen a alguien que los está esperando afuera. Es el caso de Sergio, de 26 años. Ahora está “pagando” su delito. “Estoy por rapiña hace dos años. Me dieron siete años y siete meses”, dijo, mientras avanzaba paso a paso, con la espalda curva, para cortar las ramas secas y sin brotes por la plantación de uvas en lira abierta -en forma de V- que aún no están listas para cosechar. Ese trabajo, para él, es “una oportunidad, no sólo para mí sino para los demás compañeros que están privados de libertad”, reconoció. “Hay que ser responsable, tener buena conducta, levantarse temprano y hacer las cosas bien” para que las oportunidades lleguen, concluyó. Sergio empezó a trabajar en la bodega el 18 de agosto, y considera que el premio es que “salís del encierro”; además, “estás redimiendo [pena] y ayudando a tu familia con algún peso”. “Está bueno” no depender de nadie, “te rinde porque a mí no me gusta pedir que me manden para comprar una pasta de dientes, una remera”.

Cobran el mismo sueldo que cualquier otro empleado que desempeñe la misma función. Una parte se destina a su peculio, que cobrará al salir, otra es para su familia, y otra, la menor, se la queda él. No se queja. “Me dieron la oportunidad y la estoy aprovechando. Salir del encierro te cambia la rutina, no estás todo el día trancado”.

Sergio tiene una familia que lo espera y una abuela que le guarda los recibos de sueldo de los trabajos que tuvo antes de caer preso. Sabe que cuando salga va a “estar bravo”, pero tiene cierta tranquilidad: “Yo aporté al BPS, y eso me sirve a la hora de buscar trabajo”, dice; espera.

Javier, de 34 años, también dijo que “estaba por haber cometido un error”, pero después, cuando empezó a contar su historia, aseguró que estaba ahí por una “confusión”, porque “mi suegra denunció que toqué al gurí”, dijo, y siguió cortando ramas. Él también quiere salir cuanto antes; hace un año y seis meses que está preso, pero si todo sale bien, calcula que estará libre en marzo de 2015. Es el más nuevo en el grupo, entró hace nueve días y dice que le gusta estar en un viñedo, porque siempre trabajó en las quintas, y esto es lo más parecido que hay a las quintas estando en la cárcel. Javier tiene una esposa y niños que lo están esperando.

Rodrigo, de 29 años, también tiene familia y una esposa emprendedora que quiere poner un supermercado y que lo está esperando. Cayó por rapiña hace un año y ocho meses, el juez le dio cuatro. Sabe que se mandó “una cagada”, que cometió “un error y hay que aceptarlo”, y también que “uno se da cuenta de lo que tiene cuando lo pierde”. Reconoció que estar alejado de su familia, principalmente de su esposa y cuatro hijos, se le ha hecho “muy difícil”.

Esas mismas palabras usa para describir el sentimiento Quiroga, esposo y padre de una nena. También está preso por rapiña, según él, mal juzgado, pero ahí está, redimiendo, juntando las ramas secas de la plantación, apilándolas sobre un armazón de madera que tira un caballo. Le quedan tres años, y hace un año y seis meses que está ahí.

Hasta acá los primarios. También están Michael, de 42 años, y Daniel, de 34, ambos procesados por quinta vez por suministro de estupefacientes. Michael maneja el tractor mientras Daniel alambra, poda, levanta ramas. Ambos tienen ganas de salir, ambos reconocen el error y juran que nunca más. Ambos tienen familia que los esperan y proyectos de trabajar para sustentarla.

Sergio, Javier, Rodrigo, Quiroga, Michael y Daniel. Seis de los ocho afortunados de Juan Soler. Seis “trancados” que aseguran que su conducta -últimamente- ha sido intachable, y que esperan redimir y achicar la pena, que quieren otra oportunidad. Seis hombres que quieren la libertad.

Nota publicada en La Diaria el 22/10/2014: http://ladiaria.com.uy/articulo/2014/10/salir-con-algo/