“NADIE ME DIJO QUE NO PODÍA MENTIR”

ENTREVISTA: ALBERTO MANDRAKE WOLF

Un miércoles de octubre unas 20 personas pagaron solo cien pesos de entrada para deleitarse con un músico montevideano con 25 años de trayectoria. Fue en el Solitario Juan, un pub pequeño al que esa noche le sobraron sillas. En esas sillas había dos groupies guerreras, mujeres cuarentonas con tatuajes, una morocha y la otra colorada con el pelo corto y aretes largos. Se sabían todas las canciones. Cantaban gritando, tapando la voz del músico y tratando de seguir el ritmo con las manos. Eran groupies de verdad, de esas que interrumpen el show con algún comentario provocativo, desaforadas, que vuelcan la cerveza y que orgasmean cuando tocan una melodía lenta. Son de esas que se sientan a un metro del improvisado escenario porque se jactan de entender hasta los suspiros del maestro y lo siguen adonde vaya.

Esa noche de calor primaveral el maestro mandó a la mierda a esas dos mujeres.

Delante de mi está el autor de la ofensa. Estamos en su casa, sentados frente a frente en sillones, rodeados de discos de pasta, casettes y guitarras. Se incomoda cuando le pregunto por las señoras. Tanto, que se levanta a por un whisky a las dos de la tarde. Parece que la cantidad es proporcional a su incomodidad: dos hielos, dos medidas de alcohol. Se vuelve a sentar, se acomoda los lentes, el pelo atrás de las orejas, comenta que es su bebida preferida y recién después transforma la sonrisa en risa y contesta la pregunta “sí, hay algunas que se vuelven locas. Esas son groupies viejas (…) Es cómico cuando vas a dar un show para gente muy joven y de repente ves a las que les gustaba pasarse a todo el cuadro, son todas viejas reventadas, ¿viste?”.

La otra cara

Este Alberto Wolf, el que está tomando whisky en su casa, es otro, no es el trovador de aquella noche en la que contó anécdotas y se reencontró con “viejas reventadas” que sudaban alcohol. El que está frente a mi es otro Mandrake, otro personaje. Hoy se puso la máscara reflexiva, una remera naranja, pantalones de algodón, medias y crocs. Hoy es martes y la tranquilidad que se respira en Villa Dolores es la misma que inunda la casa del músico. Cuando las preguntas no lo incomodan, Mandrake se relaja y se rasca la cabeza, y dice que se siente cómodo siendo contradictorio. Él es diferentes personas, una aquí y otra arriba del escenario.

El Mandrake con el que me encontré ese martes se comparó con los boticarios de “la época de los cowboys. Esos que vendían unas pomadas que servían para todo, para que te crezca el pelo y para el dolor de muela”. Él cree que es eso: una especie de bálsamo que transporta a la gente a otros lugares y otros tiempos a través de sus canciones, porque son historias.

“Me encantan. Cuando toco solo, cuento muchas historias. Es que uno está en la industria del entretenimiento y hasta cuando hacés música tenés que entretener. Y a la gente siempre le llama la atención las historias. Eso es lo lindo que tiene, que le metés en la cabeza algo inusual, que no conoce porque son otros lugares, otras personas, y eso me hace viajar. Soy un trovador –pausa- otro tipo de trovador; soy un trovador de este siglo”.

Musas

Una de las historias que contó ese día fue la del origen de Para la vieja Isla de Flores, una de las canciones del disco Amor en lo Alto, de 2002. A Wolf le fascina la playa. Y en esos años vivía en Shangrilá. “Y desde allí miraba la Isla de Flores, y empecé a imaginar cosas. Tanto que me obsesioné y fui al Museo Naval para averiguar sobre la Isla”. Recopiló bastante información, y en base a eso y a lo que definió como sus “sentimientos”, escribió esa canción. “Quedé muy contento porque me imagino que quien escuchó ese disco o me escuchó cantarla va a pensar la Isla desde otro lugar. Para esa gente la Isla no va a pasar desapercibida”.

Las historias de sus canciones salen “de la vida, de observar, de leer, de imaginar”. Él asegura que no es un extraterrestre. “A veces observo cosas que me llaman la atención y que veo que la gente ni siquiera nota, que pasa de largo y no las ve. Mirá qué hermoso esto, y a partir de eso cuento algo”.

Eso le pasó con Miriam entró al Hollywood, una de sus canciones más conocidas. Estuvo cuatro años para escribirla, y la terminó después de entender algo que había dicho van Gogh: “los bares son un lugar muy propicio para asesinatos”. La dejó en el freezer hasta que un día le salió, porque entendió que las pinceladas rojas y naranjas que forman varios cuadros de bares de van Gogh significan muerte, y el romance que presenció en el Hollywood era eso: un asesinato del corazón.

La canción describe el bar que queda en la esquina de Uruguay y Ejido, y cuenta cómo una mujer que lo embelesó se acercó a hablarle a otro hombre.

“Quería hacerla al revés, porque fue ella la que encaró al pibe, pero no pude. No me dio el talento para escribir como una mujer. Porque la mujer es muy distinta al hombre, tiene otra sensibilidad. No me pude poner en los zapatos de una mujer. Entonces dije ta, vamo’ a escribirla como un viejo verde que se carga a la pendeja, que eso sí sé hacer”.

Mandrake interrumpe su reflexión con una carcajada, porque se acordó de una entrevista que le hicieron a Juan Carlos Onetti y que tiene en un casette. “Era un viejo baboso, y siempre se sentía el ruidito del hielo del vaso de guiscacho mientras contestaba”.

Continúa pensando en su música y dice que no sabe explicar qué es lo que hace que una canción sea buena. “Sólo me emociona, me gusta; siento una cosa fuerte. No estoy pensando en los acordes ni en la letra ni en nada, yo escucho música y me coloco y ta. Después sí puedo hacer un análisis, decir aquel puente está muy bien, el estribillo increíble, la métrica es perfecta. Pero al principio sólo me pega. No tengo ningún tipo de protección a emocionarme; me encanta”.

Escucha con emoción Spoonfull en la versión de Howlin’ Wolf. Dice que la puede escuchar 15 veces seguidas y siempre le encuentra algo fascinante. “Descubrí que esa canción es mitad bestia y mitad hombre, tiene el ritmo y la letra, que es oscura y tan cotidiana a la vez”.

Para Mandrake algunas canciones de Gustavo Pena son así, y también “mágicas”, porque él fue “un artista de la puta madre”. En el show de ese miércoles de groupies, dijo de él que era un crá, pero también que era un “hijo de puta, un pesado de primera”, que no lo bancaba y que vivían discutiendo. “Era una época de mierda, en el 87 nadie nos daba bola; encima yo era más chico que él y me botijeaba un poco”.

El maestro se excusa diciendo que cuando está “en vivo” hay que meterle “un poquito de color” a las cosas, para que el show sea “entrete”.

“Yo miento”, dice entre risas Wolf. “Cuando me hicieron el censo me preguntaron la raza, y yo dije que era afrodescendiente; me miraron raro. Así que habrán puesto que en Villa Dolores hay un afrodescendiente. Nadie me dijo que no podía mentir”.

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