LA TIERRA QUE TIEMBLA

Bitácora de Valizas

Valizas te saca lo protocolar y te pone lo jipi ahí nomás.Y digo jipi y no hippie porque acá las causas ambientalistas y contra las guerras tienen muy poca resonancia, por no decir nula; y el temita de “amor y paz” pasa por entriparse y tener sexo en las dunas. Entonces, el jipismo, entendido como el disfrute de andar descalzo y con poca ropa por la calle, estalló el pasado 6 de enero en el “candombe de reyes”, la llamada del rey mago San Baltasar.

Pero volvamos a lo de ser jipi, porque para entender qué pasó ese lunes en la noche es necesario saber que acá te conviertes en jipi de rebote, porque sin preámbulos te ves despojado de todo lo universitario y profesional, y sumergido en una vida campestre, donde la mejor opción para orinar si estás acampando o boyando por las calles de tierra y arena es la playa, o detrás de algún arbolito que haya al costado del camino.

Acá te conviertes en jipi porque no te queda otra; porque si quieres gozar de verdad la arena, el mar, el sol y las estrellas, es mejor estar descalzo y sin accesorios.

Pero cuidado, abre los ganchos, en Valizas también hay electricidad, restaurantes, un cyber, almacenes, una feria de artesanos y muchas casas confortables, con baño y agua caliente, con cocheras y una cucha para el perro. Sin embargo, advierto: la persona que quiera regocijarse con todas esas comodidades mejor que vaya a Punta del Este -bueno, si no necesita mucho lujo La Paloma también es una buena opción-; porque la gracia de venir a veranear a Valizas es justamente lo contrario: disfrutar de lo modesto, de no tener computadora ni batería en el celular, de no saber la hora y no tener idea de qué está pasando en Montevideo o el mundo.

Desconectarse para sentir el calor de la tierra en los pies y la arenilla que vuela en el cuerpo. Uno viene a Valizas para sentirse vivo.

Ese fuego que tiene la vida en Valizas se apoderó de casi 400 personas en la llamada de San Baltasar e hizo que movieran los pies al ritmo de una cuerda de unos 50 tambores. La tocata había comenzado a 10 cuadras de distancia, en frente a la feria de los artesanos, por la calle principal, la “Gorlerito”; pero como todos los años, terminó junto al mar. Y la tierra tembló.

Sí, leyó bien: residentes y turistas jipis fueron poseídos por el espíritu valicero-africano-candombero que los llevó bailando en la oscuridad hasta el océano a media noche. La fiesta terminó en la madrugada con varios pibes bañándose en el agua tibia. Esa agua, mezcla de arroyo y mar, limpió las huellas del desquicio causado por el baile al son de los repiques de los tambores.

Risas, locos movimientos de cadera, porro, ácido y una fogata de unos tres metros de diámetro hicieron de la noche en la playa una fiesta. Niños acompañados por sus padres, jóvenes y veteranos, cantaron, bailaron, y disfrutaron de lo que el santo rey mago negro Baltasar tenía deparado para los valiceros: oscuridad y candombe. Oscuridad y cuerpos que sudaban salitre y se movían frenéticamente unos contra otros, ebrios de placer porque San Baltasar se acordó una vez más de llevar uno de los ritmos más primitivos a un balneario que apuesta a que la gente se encuentre con su lado más animal: el más primitivo.

Imagínese la llamada sin arena en los pies, sin el ruido del mar y el agua mojando las piernas, sin oscuridad; usted se debe estar imaginando “el candombe de los reyes” en todos lados menos en Valizas, porque acá lo que importa es disfrutar de lo que no hay en otra parte: esa magia-natural-jipilla que sólo vive aquí. Sentir eso en Valizas es sólo una disposición mental.

Nota publicada en http://www.freeway.com.uy/columnas/1191_la-tierra-que-tiembla/

EL TESORO DE LOS INOCENTES

Tiene 23 años y su día empieza a las doce y media, cuando su madre lo despierta al regresar de trabajar. Él se levanta, se pone las zapatillas Nike con resorte y se arregla el pelo. Si llega a la cocina y la comida aún no está servida la putea, y ella pide disculpas. Almuerza y sale de la casa golpeando las puertas, se va enojado, sin motivos aparentes. Camina tres cuadras hasta llegar a General Flores, cruza la avenida y avanza un par de metros más. Ahí está la boca: un viejo almacén en el que además de pan y leche se vende faso, o lo que sea estés buscando de postre. Compra y le pide al comerciante pasar al fondo. Se mete el porro debajo de la plantilla, y si es viernes, los gramos de merca en los testículos. Da las gracias y se va.

Se enchufa los auriculares, regresa a la avenida y espera el ómnibus. Mueve la cabeza al ritmo de Nene Malo y Los Redonditos de Ricota, una extraña combinación que lo deja contento y que hace que se acorten las distancias. Esta vez va a Barrio Sur, a casa de su novia.

Se baja dos paradas antes porque es cagón, aunque él se excusa diciendo que le gusta caminar. El Toco es “chetito” para vivir en Las Acacias y usar Nike, y sabe que los “planchas” pueden olerlo a lo lejos. Él no quiere tener problemas, aunque asegura que la “cana” le importa poco, por no decir nada, porque sabe que si cae preso levanta el tubo y sale rápido. Pero él es inteligente y no se regala, no quiere deberle favores a nadie.

De chico supo que era mejor así “porque después te vienen a joder, y a vos no te queda otra que cumplir, sino ‘estás frito angelito’”. Cuando tenía 13 años aprendió la lección a golpes, literalmente. Aún no dominaba la técnica para desmorrugar el ladrillo de marihuana y armar el pito, tampoco tenía plantas, ni pipas de agua, ni tucas, ni sabía recetas para preparar hachís. Así, un poco ignorante y otro poco ingenuo, fue que tuvo la pésima idea de pedirle a Francisco, un gurí del barrio, que lo ayudara a preparar su primer porro.

Francisco le enseñó cómo y después lo cagó a palos. Le dijo que desarmara el ladrillo con un cuchillo con dientes, o que lo colocara en la palma de la mano e intentara deshacerlo con las uñas. Pero que lo mejor era utilizar un desmorrugador, una especie de triturador del tamaño y forma similar a la de un yo-yo, que deja al porro listo para servir en la hojilla y fumar “parejo”. Esa vez El Toco lo desmorrugó a filo de cuchillo nomás, y le quedó bastante bien. Tanto que el vecino le pidió que armara otro, “para que vaya practicando”. Se quiso hacer el crá, y “por gil” le dieron la paliza. El púber había tenido suerte de principiante, y al segundo intento no desmorrugó bien, gastó cuatro hojillas, y para completar, le quedó desparejo. “Parecía que el pito tuviera piedritas, tronquitos”. Francisco no tuvo más remedio que “moverle el catre para que [se] vaya acostumbrando a hacer las cosas bien”.

Con el tiempo aprendió que en esos casos, en los que el porro le queda mal armado, puede intentar acomodarlo con algún palito o alambre, o sencillamente prepararlo otra vez. Que lo ideal es conseguir cogollo, no porro prensado. Y que sobre todas las cosas, no debe pedir consejos a extraños: hasta hoy le hace algún que otro “mandado” al vecino.

***

Hace diez años que El Toco fuma marihuana. Le gusta porque lo relaja y le permite concentrarse en cuestiones más banales, como los colores o la forma de las cosas. Su novia le dice que lo deja más sereno, más tierno. Ella disfruta fumando con él, y él con ella, por eso el faso bajo la plantilla de los Nike siempre llega intacto a Barrio Sur.

Al bajarse del ómnibus le manda un mensaje, quiere que sea ella quien le abra la puerta. Sus padres no lo quieren, por eso se escapan a la rambla o al Parque Rodó. Ahí se encuentran con amigos, casi todos en la misma situación, pero con menos plata: no trabajan, no estudian, no tienen un lugar para tener sexo con sus novias, no tienen un mango para comprar “algo dulce para el bajón”; pero siempre tienen faso.

Generalmente es El Toco el que lleva, no sólo porque es quién puede bancarlo, sino porque donde él vive se consigue marihuana más rica y barata con tan solo ir al almacén.

LA PLANTA MÁS POLÉMICA

Uruguay aprobó una ley inédita para regular el mercado de cannabis

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Las metáforas sobre fútbol siempre rinden. Revisar el Facebook o Twitter cuando el aburrimiento acecha, también. Esas son algunas de las conclusiones que pude sacar el martes 10 después de presenciar doce horas de debate en el senado sobre la ley de regulación de la marihuana. Las otras conclusiones, las que refieren a qué piensa cada legislador, las había sacado antes, en los meses previos al debate; porque todo lo que se discutió ya se había dicho.

Los senadores son 30, más el vicepresidente de la República, que es quién preside la cámara, y dos suplentes; todos juntos son 33, como los Orientales, pero más veteranos: tienen un promedio de 63 años de edad y aseguran que la droga es mala, y escriben lento en la computadora, mirando el teclado y apretando un botón por vez. Son políticos a los que les sube la cólera si escuchan argumentos contrarios, algunos de ellos piden permiso para interrumpir a los gritos, pero esperan su turno para hablar aunque la yugular les esté a punto de explotar. Son senadores de la República Oriental del Uruguay, el único país del mundo cuyo estado controlará y regulará la importación, exportación, plantación, cosecha, producción, almacenamiento, comercialización y distribución de la marihuana y sus derivados.

El proyecto del ley fue aprobado por 16 frenteamplistas con 13 votos en contra después de doce horas de discusión, varios cafés, y un sin fin de bostezos de senadores, visitantes y periodistas.

La aprobación de la ley fue celebrada por cientos de personas que coparon las barras del parlamento al final de la sesión, cerca de las 20. 30 horas, porque en la tarde hubo más prensa que activistas y senadores juntos. Con aplausos, risas y gritos de “¡Uruguay! ¡Uruguay!” el país se desalineó de la lógica prohibicionista de varios acuerdos internacionales y se abrió a la regulación de la marihuana. Según el prosecretario de presidencia, Diego Cánepa, esta política se enmarca en los “nuevos métodos de lucha para combatir el narcotráfico en América Latina”.

Consumir marihuana hace 40 años que en Uruguay es legal, pero, paradójicamente, era ilegal comprar, vender y/o plantar para vender, aunque era muy difícil determinar cuándo se cultivaba para el autoconsumo y cuándo para vender porque no había un límite establecido. Ahora esa incongruencia jurídica se eliminó: los mayores de 18 años podrán tener hasta seis plantas de cannabis -con una producción máxima de 480 gramos anuales-; cultivar hasta 99 plantas en clubes de membresía –que tendrán entre 15 y 45 socios-; o comprar en farmacias autorizadas hasta 40 gramos mensuales.

En los tres casos será necesario regristrarse en el Instituto de Regulación y Control del Cannabis, que dependerá del Ministerio de Saludo Pública y emitirá licencias y controlará la producción, distribución y compraventa de la marihuana. Según dispone la ley “la información relativa a la identidad de los titulares de los actos de registro tendrá carácter de dato sensible”. Quien no cumpla con la normativa vigente y sin autorización legal “produjere de cualquier manera las materias primas o las sustancias, según los casos, capaces de producir dependencia psíquica o física (…) será castigado con pena de veinte meses de prisión a diez años de penitenciaria”. Quien “importare, exportare, introdujere en tránsito, distribuyere, transportare, tuviere en su poder no para su consumo, fuere depositario, almacenare, poseyere, ofreciera en venta o negociare de cualquier modo” marihuana o alguno de sus derivados, también será castigado con la misma pena.

Se trata de una de las leyes más polémicas que ha aprobado el Frente Amplio junto a la despenalización del aborto y el matrimonio igualitario. Desde la presentación del proyecto de ley y su aprobación en diputados el pasado 31 de julio, los debates no han menguado, y en la sesión maratónica que se vivió en el senado el martes 10, fue reflejo de esa situación: inconformidad y cuestionamientos por parte de la oposición y justificaciones por parte del oficialismo.

El primero en hablar fue el miembro informante Roberto Conde, y desde el comienzo el murmullo y la distracción fueron casi constantes; Ernesto Agazzi buscaba la tapita de la lapicera, Luis Alberto Lacalle conversaba con Carlos Moreira, Pedro Bordaberry revisaba el Gmail, Constanza Moreira leía en su Tablet, y Alberto Couriel acomodaba su pie enyesado sobre un tacho de basura.

Conde dijo que la ley se enmarca en una política progresista que tiene como objetivo minimizar los riesgos y daños del uso del cannabis, y que apunta a lograr un equilibrio entre “la integridad física del individuo y su libertad”.

Para la oposición ese argumento no tiene goyete. Varios afirmaron que la ley tiene artículos que violan la Constitución. El senador colorado Pedro Bordaberry dijo que la creación del Ircca es ilegal según el Artículo 229 de la Constitución. Éste dice que los organismos del estados “no podrán aprobar presupuestos” ni “crear cargos” en los “doce meses anteriores a la fecha de las elecciones ordinarias”, cuestión que está prevista para octubre del año que viene.

Mientras Bordaberry cuestiona, Danilo Astori, el presidente de la cámara y vice del país, pone su celular a un metro de distancia para poder ver la pantalla, se acomoda los lentes y teclea con los dedos duros, sin coordinar los movimientos, apresurado pero sin precisión. Enfrente está el senador frenteamplista Luis José Gallo leyendo Ovación, Constanza Moreira deambulando por el recinto y sacándole fotos a la prensa en las barras; y las 14 cámaras de video que hay en ese momento, cerca del medio día, filman cada movimiento de los senadores, entre ellos la indisimulada sacada de mocos del vicepresidente.

Conde salió al cruce de Bordaberry, pidió que le concediera una interrupción y el colorado aceptó. Le respondió que no incurre en una inconstitucionalidad porque el organismo que se creará, el Ircca, es una persona pública no estatal, y que por ende el cargo rentado del director del instituto no dependería de ningún ente público.

Pero los cuestionamientos no disminuyeron, el colorado José Amorín Batlle aseguró que el Artículo 10 de la nueva ley, que dice que el “Sistema Nacional de Educación Pública deberá disponer de políticas educativas para la promoción de la salud, la prevención del uso problemático de cannabis (…) y reducción de daños del uso problemático de sustancias psicoactivas”, es inconstitucional porque viola el Artículo 202 de la Constitución. Según dijo el representante del Partido Nacional en la Administración Nacional de Educación Pública (Anep) Daniel Corbo, a El País, esta ley “incurre en una afectación de la autonomía” porque “se obliga a tener una materia, se dice el nombre y bajo qué paradigma discutirlo”.

Los senadores frenteamplistas Conde y Agazzi admitieron varios días antes de la votación que “los compañeros se equivocaron”, pero que igualmente se aprobaría así la ley. Y fue lo que ocurrió, ninguno de los dos chistó cuando Amorín Batlle habló sobre el tema, aunque el senador colorado Ope Pasquet, quien habló a continuación, discrepó con su compañero de bancada y dijo que “la legislación puede señalarle grandes objetivos a la educación pública”.

A todo esto, el secretario de la Junta Nacional de Drogas, Julio Calzada, hace rato que estaba siguiendo el debate desde la barra, estuvo más tiempo en sala que la mayoría de los senadores, aguantó las 12 horas sentado y no se perdió de ninguna exposición, de ningún suspiro ni pedido de silencio de Astori a los senadores. El diputado del Movimiento de Participación Popular Sebastián Sabini también andaba en la vuelta, entraba de a ratos a la sala junto al diputado por Rocha del mismo partido Aníbal Pereyra, se cruzaban comentarios con Agazzi, hablaban por lo bajo y reían.

Eran las 13.30 horas y había unos 30 periodistas, internacionales y locales, siguiendo la votación junto a Calzada. Eso en las barras, abajo, donde están los sillones y escritorios de los senadores, Agazzi se sonaba la nariz como buen veterano guerrillero, con un pañuelo de tela, nada de andar comprando Elite. En la Mac de Bordaberry se sucedían fotos de animales de campo, vacas, caballos, pájaros y unos pastos altos, mientras él leía una nota sobre los comentarios del presidente José Mujica en su viaje a EEUU en setiembre, y subrayaba con verde flúor “experimento sociopolítico”, “laboratorio para todo el mundo”. Del otro lado del recinto, Lacalle conversaba con Carlos Moreira y Astori cabeceaba dormitando.

Cuando le tocó hablar a Lacalle, cerca de las 15:15 horas, a Couriel  no paraba de sonarle el smarphone. Nervioso y con un pie enyesado no encontraba el botón para silenciarlo, desesperado terminó contestando, habló susurrando y mirando para todos lados, perseguido. En ese momento presidía la cámara el frenteamplista Luis Rosadilla, quien no parecía acostumbrado al cargo porque no se había dado cuenta que la campanita que tiene sobre el estrado a la derecha es para llamar la atención.

Mientras, el senador blanco decía irónicamente que el turismo uruguayo aumentará porque tener “marihuana en las golosinas y en los bizcochos [es un] elemento pintoresco”. Además, aseguró que si el estado se hace cargo de todo lo que dice la ley existirá un monopolio de la marihuana, y que eso también es inconstitucional porque se necesitan la mayoría especial -los votos de los dos tercios de cada cámara- para aprobar una acción de este tipo. “Vamos de nuevo a la Suprema Corte de Justicia con un tiro en el ala porque ahí está el germen de otra inconstitucionalidad”, dijo.

La palabra que usó Mujica para describir la nueva ley, “experimento”, fue la muletilla del día. El senador por el Partido Nacional dijo que “con los uruguayos no se tendría que experimentar”, aunque el primero en hacer referencia a los dichos del presidente fue el colorado Alfredo Solari, quien afirmó que “ni nuestro gobierno ni el resto del mundo deberían experimentar con los uruguayos, con nuestros niños y adolescentes, sin las garantías adecuadas”.

Bordaberry siguió esa línea y haciendo alusión a la Ley de Humanización del Sistema Carcelario del 2005, dijo con tono sarcástico que “experimentaron con la seguridad pública y causaron un destrozo, ahora nos proponen experimentar con la marihuana y la droga”.

La oposición también habló sobre el informe que elaboró la ONU y que decía que Uruguay estaría incumpliendo con algunos tratados internacionales de fiscalización de estupefacientes, entre ellos lo dispuesto en la Convención Única de 1961, la cual ha sido adoptada por 186 países.

Cuando hizo uso de la palabra Jorge Larrañaga, Lucía Topolansky y Agazzi conversaban por lo bajo y reían, no le prestaron mucha atención a las preocupaciones del senador, quien dijo que quería saber cómo se controlará a los compradores o cultivadores de marihuana para que no vendan irregularmente el cannabis estatal y si la droga será transportada en un “convoy con el ejército al costado” para evitar asaltos.

El senador blanco también aseguró que le inquietaban los dichos del ex presidente Tabaré Vázquez, quién dijo que habría que regular y controlar la cocaína: “el consumo de cocaína está prohibido (…) y resulta que si aprobamos esta ley después tendremos que aprobar la de la cocaína”, dicho que causó la risa de varios periodistas y el comentario de “es un burro”, porque la ley vigente no prohíbe el consumo.

Son casi las 18 horas y el debate continúa, el senador blanco Sergio Abreu trajo a coalición el encuentro entre Mujica y los empresarios George Soros y David Rockefeller, quienes apoyaron la iniciativa uruguaya, y dijo que somos “los ratoncitos uruguayos en el laboratorio de Soros”, a lo que Lacalle asintió con la cabeza y gritó “muuuuuyyyyyy bbbbiiiieeeeeeennnnnn”.

Mientras, Constanza sacaba notas de los dichos de los senadores de la oposición, y cuando pudo, salió al cruce y contestó que “la idea de laboratorio está muy mal interpretada. Se habló mucho del Batllismo como laboratorio social. En la literatura de las ciencias sociales significa otra cosa muy distinta que usar ratoncitos en un laboratorio”.

En la barra está el ministro de Desarrollo Social, Daniel Olesker, conversando con Calzada, en el recinto, Astori sigue cabeceando.

El senador Solari también hizo referencia al encuentro en Estados Unidos de Mujica con los dos magnates y aludió al movimiento Regulación Responsable, Ong que recibe fondos de Soros. “Si las consecuencias de la aplicación de la ley fueran negativas, espero que tengan la misma disposición a mitigar las secuelas que pueden llegar a ser irreversibles”, dijo Solari. También Bordaberry se refirió a las reuniones de Mujica, pero en un tono irónico. “La revolución era esto… Antes marchaban con el Che por la tierra. Ahora se marcha con Rockefeller y Soros por la marihuana. ¡Esa fue la revolución!”, dijo a los gritos aludiendo al pasado guerrillero del presidente.

Después de las 20 horas se llenaron las barras: la marcha musical en apoyo a la nueva ley que había salido de Plaza Cagancha una hora antes había llegado a las escalinatas del Palacio Legislativo. Habrían unas 3000 personas afuera, dentro unas 300.

La impaciencia se hace sentir, el murmullo aumenta, los senadores están inquietos, las panzas crujen de hambre.

21.15 Bordaberry se retira. El prosecretario de presidencia Diego Cánepa anda en la vuelta. Sebastián Sabini vuelve a aparecer. Dos visitantes que están en la barra vestidos con remeras blancas y una chala de marihuana estampada lo saludan, el diputado no los ve, no responde.

Son un hombre y una mujer de unos 35 años que sudan alcohol, huelen mal, hablan a los gritos y festejan cuando Astori toca la campanita para pedir silencio o para renovar el tiempo de oratoria a los senadores porque piensan que está anunciando que se les acabó el tiempo para hablar, y cuando se dan cuenta que no es así, putean. Y dicen que van a tener muchas plantas y que además van a comprar en la farmacia y plantar las semillas que saquen de ese porro. Dicen que serán felices. Y se ríen.

Al lado de ellos está una periodista argentina de Radio Del Plata que mira a Carlos Moreira con odio. Habla de él como si estuviera escupiendo fuego: asegura que es un “facho mentiroso” porque le dijo que “el gobierno argentino había dicho que estaba en contra del proyecto” y que eso es falso, que en Argentina el gobierno no se ha referido al tema.

Pero no son los únicos en las barras, también hay varias personas que siguen la votación sin gritar, sin escupir insultos y que escuchan con atención lo que están diciendo los senadores.

***

El clima está tenso.

Desde el oficialismo se dijo que aún quedan varios asuntos para ajustar en la reglamentación, que será elaborada por el Poder Ejecutivo dentro de los 120 días de aprobada la ley. Entre los asuntos pendientes está la definición del tipo de semilla que se plantará, cómo se realizará el registro de los usuarios, y el precio.

Se suda ansiedad.

Julio Calzada aseguró que lo que se intentará hacer es vender una marihuana de calidad más barata que la que se consigue en el mercado ilegal, por eso se estima que el precio final será de dólar por gramo. Si todo sale según lo previsto, se podrá comprar porro en las farmacias a partir del segundo semestre del 2014.

El silencio invade la sala.

Está a punto de comenzar la votación.

Será nominal a pedido de Larrañaga.

 Comenzó.  La gente en las barras se paró. Varios senadores pidieron para justificar su voto, entre ellos Solari, quien dijo que “las madres no piensen que [su partido] las está abandonando”. Que seguirán luchando.

Tati Sabini se ríe. Constanza también.

Con 16 votos a favor se aprobó la ley. Senadores oficialistas, diputados y autoridades presentes, periodistas y visitantes aplaudieron y festejaron al unísono. Hubo una sola persona que al finalizar los aplausos no se pudo contener, y gritó “al fin ¡las plantas son libres!”.

“NADIE ME DIJO QUE NO PODÍA MENTIR”

ENTREVISTA: ALBERTO MANDRAKE WOLF

Un miércoles de octubre unas 20 personas pagaron solo cien pesos de entrada para deleitarse con un músico montevideano con 25 años de trayectoria. Fue en el Solitario Juan, un pub pequeño al que esa noche le sobraron sillas. En esas sillas había dos groupies guerreras, mujeres cuarentonas con tatuajes, una morocha y la otra colorada con el pelo corto y aretes largos. Se sabían todas las canciones. Cantaban gritando, tapando la voz del músico y tratando de seguir el ritmo con las manos. Eran groupies de verdad, de esas que interrumpen el show con algún comentario provocativo, desaforadas, que vuelcan la cerveza y que orgasmean cuando tocan una melodía lenta. Son de esas que se sientan a un metro del improvisado escenario porque se jactan de entender hasta los suspiros del maestro y lo siguen adonde vaya.

Esa noche de calor primaveral el maestro mandó a la mierda a esas dos mujeres.

Delante de mi está el autor de la ofensa. Estamos en su casa, sentados frente a frente en sillones, rodeados de discos de pasta, casettes y guitarras. Se incomoda cuando le pregunto por las señoras. Tanto, que se levanta a por un whisky a las dos de la tarde. Parece que la cantidad es proporcional a su incomodidad: dos hielos, dos medidas de alcohol. Se vuelve a sentar, se acomoda los lentes, el pelo atrás de las orejas, comenta que es su bebida preferida y recién después transforma la sonrisa en risa y contesta la pregunta “sí, hay algunas que se vuelven locas. Esas son groupies viejas (…) Es cómico cuando vas a dar un show para gente muy joven y de repente ves a las que les gustaba pasarse a todo el cuadro, son todas viejas reventadas, ¿viste?”.

La otra cara

Este Alberto Wolf, el que está tomando whisky en su casa, es otro, no es el trovador de aquella noche en la que contó anécdotas y se reencontró con “viejas reventadas” que sudaban alcohol. El que está frente a mi es otro Mandrake, otro personaje. Hoy se puso la máscara reflexiva, una remera naranja, pantalones de algodón, medias y crocs. Hoy es martes y la tranquilidad que se respira en Villa Dolores es la misma que inunda la casa del músico. Cuando las preguntas no lo incomodan, Mandrake se relaja y se rasca la cabeza, y dice que se siente cómodo siendo contradictorio. Él es diferentes personas, una aquí y otra arriba del escenario.

El Mandrake con el que me encontré ese martes se comparó con los boticarios de “la época de los cowboys. Esos que vendían unas pomadas que servían para todo, para que te crezca el pelo y para el dolor de muela”. Él cree que es eso: una especie de bálsamo que transporta a la gente a otros lugares y otros tiempos a través de sus canciones, porque son historias.

“Me encantan. Cuando toco solo, cuento muchas historias. Es que uno está en la industria del entretenimiento y hasta cuando hacés música tenés que entretener. Y a la gente siempre le llama la atención las historias. Eso es lo lindo que tiene, que le metés en la cabeza algo inusual, que no conoce porque son otros lugares, otras personas, y eso me hace viajar. Soy un trovador –pausa- otro tipo de trovador; soy un trovador de este siglo”.

Musas

Una de las historias que contó ese día fue la del origen de Para la vieja Isla de Flores, una de las canciones del disco Amor en lo Alto, de 2002. A Wolf le fascina la playa. Y en esos años vivía en Shangrilá. “Y desde allí miraba la Isla de Flores, y empecé a imaginar cosas. Tanto que me obsesioné y fui al Museo Naval para averiguar sobre la Isla”. Recopiló bastante información, y en base a eso y a lo que definió como sus “sentimientos”, escribió esa canción. “Quedé muy contento porque me imagino que quien escuchó ese disco o me escuchó cantarla va a pensar la Isla desde otro lugar. Para esa gente la Isla no va a pasar desapercibida”.

Las historias de sus canciones salen “de la vida, de observar, de leer, de imaginar”. Él asegura que no es un extraterrestre. “A veces observo cosas que me llaman la atención y que veo que la gente ni siquiera nota, que pasa de largo y no las ve. Mirá qué hermoso esto, y a partir de eso cuento algo”.

Eso le pasó con Miriam entró al Hollywood, una de sus canciones más conocidas. Estuvo cuatro años para escribirla, y la terminó después de entender algo que había dicho van Gogh: “los bares son un lugar muy propicio para asesinatos”. La dejó en el freezer hasta que un día le salió, porque entendió que las pinceladas rojas y naranjas que forman varios cuadros de bares de van Gogh significan muerte, y el romance que presenció en el Hollywood era eso: un asesinato del corazón.

La canción describe el bar que queda en la esquina de Uruguay y Ejido, y cuenta cómo una mujer que lo embelesó se acercó a hablarle a otro hombre.

“Quería hacerla al revés, porque fue ella la que encaró al pibe, pero no pude. No me dio el talento para escribir como una mujer. Porque la mujer es muy distinta al hombre, tiene otra sensibilidad. No me pude poner en los zapatos de una mujer. Entonces dije ta, vamo’ a escribirla como un viejo verde que se carga a la pendeja, que eso sí sé hacer”.

Mandrake interrumpe su reflexión con una carcajada, porque se acordó de una entrevista que le hicieron a Juan Carlos Onetti y que tiene en un casette. “Era un viejo baboso, y siempre se sentía el ruidito del hielo del vaso de guiscacho mientras contestaba”.

Continúa pensando en su música y dice que no sabe explicar qué es lo que hace que una canción sea buena. “Sólo me emociona, me gusta; siento una cosa fuerte. No estoy pensando en los acordes ni en la letra ni en nada, yo escucho música y me coloco y ta. Después sí puedo hacer un análisis, decir aquel puente está muy bien, el estribillo increíble, la métrica es perfecta. Pero al principio sólo me pega. No tengo ningún tipo de protección a emocionarme; me encanta”.

Escucha con emoción Spoonfull en la versión de Howlin’ Wolf. Dice que la puede escuchar 15 veces seguidas y siempre le encuentra algo fascinante. “Descubrí que esa canción es mitad bestia y mitad hombre, tiene el ritmo y la letra, que es oscura y tan cotidiana a la vez”.

Para Mandrake algunas canciones de Gustavo Pena son así, y también “mágicas”, porque él fue “un artista de la puta madre”. En el show de ese miércoles de groupies, dijo de él que era un crá, pero también que era un “hijo de puta, un pesado de primera”, que no lo bancaba y que vivían discutiendo. “Era una época de mierda, en el 87 nadie nos daba bola; encima yo era más chico que él y me botijeaba un poco”.

El maestro se excusa diciendo que cuando está “en vivo” hay que meterle “un poquito de color” a las cosas, para que el show sea “entrete”.

“Yo miento”, dice entre risas Wolf. “Cuando me hicieron el censo me preguntaron la raza, y yo dije que era afrodescendiente; me miraron raro. Así que habrán puesto que en Villa Dolores hay un afrodescendiente. Nadie me dijo que no podía mentir”.

EL MERCADER DEL PLACER

Perfil de Mauricio Peña, el mercader del placer[1]

Luces rojas. Tufo. Sillones. Taburetes altos. Porno en las pantallas de tv. Paredes negras. Espejos. Alcohol. Condones. Cinco habitaciones. Cinco camas, cinco palanganas y cinco bidets. Hombres y mujeres. Penes que buscan satisfacción sexual y vaginas que buscan satisfacción monetaria. Hombres que alquilan el cuerpo de mujeres jóvenes y depiladas, con corpiños de algodón negros, blancos, rojos; con piercings en el ombligo y en la lengua, con anillos y aretes; con pestañas postizas y porta ligas. Cuerpos que están listos para vender placer en la penumbra del Templo del Morbo, el mítico “Yaguarón 1414”, el prostíbulo más concurrido de Montevideo.

Los boliches de Mauricio Peña son así, unos puteros. Él no compra. Vende: lucra con los servicios que brindan las mujeres, les arrenda el lugar para que ellas ejerzan la prostitución. Le pagan 170 pesos cada vez que entran por media hora a una de las habitaciones. Él les da agua, una cama con sábanas, calefacción y seguridad. A sus clientes les ofrece alcohol, videos porno, cumbia, mujeres semi desnudas para mirar o fornicar y la promesa de la noche eterna.

“¿Entendés cuando te hablo de la gente de la noche?” Preguntó mientras se balanceaba en la silla negra con rueditas de su escritorio en remodelación en la Torre de los Profesionales -un coqueto edificio ubicado en el centro de Montevideo. La gente de la noche no es la misma que la gente del día. Y Mauricio es de los dos lados, una especie de hombre bisagra que encontró el punto medio entre el amanecer y el crepúsculo: un lugar con luces rojas.

Tiene 37 años, tres hijas, un hijo, una esposa embarazada, una tortuga, cuatro perros, cuatro años de carrera universitaria y siete empresas que venden sexo: tres prostíbulos – Yaguarón 1414, Paysandú 1313 y Reyles 1616-, un boliche de lap dance en el puerto, un sexshop online –Happy Happy-, una productora audiovisual de pornografía, y una empresa que se encarga de la seguridad de sus locales y de varios bailes montevideanos. Tiene el 70% del mercado del sexo en Montevideo y 200 empleados de los cuales 150 son prostitutas. Mauricio es dueño del rojo de la noche: un universo donde no entra el sol, abierto las 24 horas todos los días-noches del año. Mauricio es un empresario, el mercader del placer montevideano.

***

El día lo conoció en su casa, en un barrio de tres manzanas de clase media baja, el Fraternidad; con dos padres laburadores que querían que siguiera la carrera de su madre, abogacía. Su padre, carpintero, le inculcó el valor del trabajo desde chico con ejemplos; Mauricio sabe que si no fuera por el sacrificio que sus padres hicieron canjeando muebles por enseñanza en colegios privados, él no podría haber construido el “imperio” de sexo que tiene.

-Igual se necesita cabeza para armar un negocio. Si le hablás al dueño de otro prostíbulo te va a decir que lo maneja como el almacén de la esquina. Nosotros mandamos hacer programas específicos de gerenciamiento y facturación. Con esto podés ser dueño de un prostíbulo y controlarlo desde tu casa. Eso no lo tiene la competencia.

-¿Se debe a que tú tienes estudios terciarios y quizá la competencia no?

-No quiero discriminar, pero yo soy un empresario, el resto no. Vení.

La indicación era para ir a la habitación continua de la oficina donde una de sus empleadas administrativas estaba controlando la entrada y salida a las habitaciones de uno de sus puteros, mediante cámaras colocadas en los pasillos. Sonaba una de las melodías románticas de Alejandro Sanz. En eso llegó otra empleada, apagó el aire acondicionado, abrió una valija rosada y sacó uno, dos, tres, diez consoladores. Se sentó y comenzó a ponerles etiquetas. Parte de la mercadería para su sexshop.

Pero la primera mercadería que tuvo fueron galletas, no juguetes sexuales. De niño iba a la fábrica de El Trigal y peleaba por levantar las galletas sobrantes que tiraban en bolsas, después las fraccionaba y se las vendía a las vecinas del barrio. También trabajaba con su padre los sábados de mañana y en vacaciones. Se las rebuscaba para tener algún peso porque siempre fue ambicioso y muy soñador. Por eso vendió limones en la feria de Millán y Luis Alberto de Herrera, ahí tuvo sus primeros empleados. Como no le gustaba levantarse temprano les pagaba a dos amigos para que recolectaran los limones de las casas de los vecinos y armaran el puestito. Él llegaba cerca de las diez.

– De niño quería tener una fábrica grande con muchos empleados. -Ahora tienes una fábrica de sexo. -Sí –dijo entre risas.

***

Mauricio es como Harvey Dent, tiene Dos Caras. Una para el día y otra para la noche, porque para lucrar vendiendo sexo no sólo se necesita estudiar, también es imprescindible conocer muy bien “la calle”. Y él conoció la noche y la prostitución en Juan Carlos Gómez siendo un púber, cuando estudiaba de mañana y hacía remo de tarde en el Club Nacional de Regatas. En esa época se juntaba con “los pibes” de la Aduana, una zona en la que primaban las transas. Era amigo de hijos de padres ladrones, traficantes de droga y fiolos. También de los gurises del barrio que tenían una familia “trabajadora”, compañeros del colegio que no conocían la Aduana y vivían en barrios de clase media-alta; pero él prefería jugar con los niños que tenían juguetes importados de Europa, los hijos de los proxenetas.

Él y sus amigos eran los que les rompían los quinotos a los hombres que trabajaban en el bar del barrio planificando y negociando ilicitudes, les tiraban piedras, los puteaban y dos por tres se ligaban una Coca-cola o una partida de fútbol improvisado.

Era una época en la que el fiolo y el que venía de la fábrica o la oficina de trabajar se sentaban en el mismo bar, aunque el chulo tenía una mesa exclusivamente para él y los suyos. “Ese tipo que estaba catalogado como un delincuente no necesariamente era un tipo malo, un destructor, no molestaba a nadie, no era agresivo con nosotros”. Pero los vecinos trabajadores del barrio igual los apuntaban con el dedo.

Era adolescente y tenía un amigo cuyo padre era fiolo. El gurí se metió de novio con una chiquilina del barrio, los padres de ella eran trabajadores comunes y corrientes. Pero por el miedo y la discriminación se dejaron. “Una vecina se le acercó y le dijo que ella iba a terminar prostituyéndose si seguía de novia con el pibe este. Y la piba terminó con él”.

Pero Mauricio no discrimina. Él sabe que la mujer que ejerce la prostitución es porque viene de lugares pobres y tiene “carencias”. “Y lo hacen porque quieren, porque es plata rápida, no porque sea fácil”. Piensa que el problema está ahí: en la discriminación victimizadora de la mujer. Porque al discriminar es cuando “empezamos con el „pobrecita‟. Si te pregunto si tú madre es prostituta te estoy ofendiendo, y ahí está el problema, porque la prostitución es legal”. Y él vive del sexo, por eso “los que están mal son las otras personas”.

Él no discrimina, pero tampoco quiere que sus hijas sean prostitutas ni les dice que tiene el 70% del mercado del sexo. Ellos saben que es un empresario, pero no saben más. Se excusa diciendo que aún son chicos (la mayor tiene 11) y que le gustaría que sigan expandiendo su negocio.

-Estoy creando las cosas de tal forma de que ellos lo puedan manejar desde un punto de vista empresarial.

-¿Los vas a incentivar a que continúen con el legado?

-No. Si ellos quieren ser cazadores de ballenas… salvadores de ballenas, que lo sean. Quiero que sean felices con lo que quieran ser. Lo que les puedo dar es la tranquilidad económica desde hoy para que ellos hagan lo que quieran. Si quieren seguir con el negocio los seguirán, si no lo seguirá otra persona o lo venderé.

***

Es un tipo simpático. Todo el que lo saluda, sea un cliente o el cuida choches, obtiene su respuesta. Su tono de voz tampoco cambia: ni cuando habla de sus hijos o esposa, ni cuando habla de negocios. Lo que sí cambia es su mirada. Mira desafiante, siempre a los ojos, excepto cuando piensa o intenta recordar algo que pasó mucho tiempo atrás. Entonces, se balancea en la silla o camina de un lado a otro, como león enjaulado.

A los 20 años no era león, era un caradura, vivía con una novia, estudiaba de día y en la noche organizaba eventos nocturnos para conseguir plata porque no tenía para comer, pero tenía un traje y conocía el ambiente.

-Hice una fiesta. Se llamó “Una noche en los 60” o algo así. Saqué un auto con esa fiesta.

-¿Un auto?

-Claro, entre los auspiciantes estaba Kia Motors, y los convencí de que la fiesta iba a estar buena, entonces me dieron un auto que estaba hecho mierda, pero para mí fue un gran logro.

En ese momento vivía en Luis Alberto de Herrera y General Flores y tenía que llegar a la sucursal automotriz que quedaba en Arenal Grande y Nueva Palmira. Como no tenía plata ni para el boleto, caminó los tres kilómetros de traje. Llegó sudando y con una carpeta con hojas arrugadas. Para convencer al gerente le dijo que iba a haber un desfile de modelos, y con eso compró su auspicio. Fue a una casa de cueros, se conversó a la hija del dueño y consiguió la plata suficiente para comer, pagar la nafta y el alquiler. Aprendió a venderse, ahorró e hizo varias fiestas más. Hasta que la noche lo sedujo por completo.

“Los que organizan fiestas están constantemente en roce con gente de la noche”, dijo como si fuera otro el que creció jugando entre prostitutas y chorros. Él ambiente le había facilitado un abanico de personas que se dedicaban a los negocios nocturnos, entre ellas prostitutas. En 1998 se dio que tenía algún peso guardado y decidió abrir una casa de masajes: “la renta que uno obtiene del sexo es mucho mayor”. Habló con seis amigas, compró un par de camillas de madera, les consiguió un diploma trucho de masajistas y clandestinamente arrancó.

-¿Eras el fiolo de las mujeres entonces? -Mmm… no. -¿Ni siquiera cuando arrancaste?

-Contesto que no.

En el 2000 se instaló en Yaguarón 1414. Aún sin los permisos correspondientes llegó a estar una semana sin salir del boliche: era él el que limpiaba, atendía la barra, controlaba la entrada y la salida de las chicas de las cinco habitaciones, sacaba la basura y a patadas a algún hombre que rompiera con alguna de las reglas de la casa, como agredir a las trabajadoras o vender droga. -Ahora tiene empleados que se ocupan de todo eso-.

Estaba empezando, era un muchacho que se estaba instalando en el mundo rojo, y trabajar vendiendo sexo no es fácil “uno lidia con todo tipo de gente”, y hay que marcar el territorio. Por eso cuando arrancó tuvo que ser violento.

-Estaba perdiendo posición. Yo no salía en los ambientes nocturnos donde para mucha gente de la noche, y como estaba perdiendo tuve que hacer algo para recordarles a todos cuáles serían las consecuencias de sacarme. Tuve que actuar violentamente con una persona, por una pavada, por un tema que habitualmente no haría, sólo para marcar la cancha. Así funciona este ambiente, es la selva. Y yo un león.

El rey de la selva se muestra fuerte porque las balas le han pasado cerca, y aunque le apuntaron, no le acertaron.

-Varias veces tuve problemas y sentí que iba a morir. -¿Tuvo miedo?

-No, sentí adrenalina. Estuve en varios encuentros con armas de fuego donde hay una posibilidad de morir… la adrenalina es por sobrevivir.

-Si no le tiene miedo a la muerte ¿a qué le tiene miedo entonces?

–A nada –el Señor Equis sabe que sonó soberbio, así que se balancea en su silla de rueditas, sonríe y continúa.

–Bueno, me da miedo Actividad Paranormal, no miro ni el comercial. –Termina la frase entre risas y agrega:

–Yo llevo una vida distinta a la tuya. Si vos ves unos pibes en la esquina que están bandideando, cruzás la calle. Pero yo no la cruzo. Y no te metas conmigo. Esto es como una cuestión de ego, de decir “yo soy tal. Respetáme”.

Hoy asegura que no necesita recurrir a la violencia para conseguir respeto. Pero a sus empleados les enseña a “no ser pelotudo”, a ser “más duro” para transitar bien este camino que eligieron: el rojo. La gente de la noche saben quién es él, y él sabe con qué códigos manejarse. Camina “bastante serio y tranquilo. Pero hay que marcar”. Y tiene que “marcar” el territorio como los animales porque es un león; porque si no come, se lo comen.

-El hecho de que no haya robos en mi zona es porque actuamos así. Los pibes que andan robando saben que en mi zona no pueden robar. Y si roban es una falta de respeto. Tampoco pueden vender droga en mis locales. Cada uno en lo suyo, pero a mis clientes los tienen que respetar.

-Y si no ¿qué?

-Se les habla una vez, dos veces quizá.

-¿Y después?

-Después se llega a la violencia. Ya decirlo es molesto.

 -¿Llevas un arma encima?

-Estar con un arma arriba es usarla. Es muerte. Prefiero no decir si ando o no ando armado.

-Pero armas supongo que tiene

-Sí, más de una.

El león conoce las leyes de la selva, tanto que mientras está parado en la puerta de la Torre de los Profesionales, esperando que el tránsito mengue para cruzar la calle e ir a uno de sus locales, adivina el destino de tres hombres que venían caminando por la vereda de enfrente: su prostíbulo.

***

Gustavo, su mejor amigo, empleado de un laboratorio y con una casa en el Cordón llena de discos y caricaturas de músicos, fotos de Chaplin y la Segunda Guerra Mundial, piensa que Mauricio es un referente en la noche, y que se siente cómodo en ese “juego” porque conoce el pensamiento del montevideano que se gasta la plata del alquiler en alcohol y sexo, la del obrero que guarda el aguinaldo y el del empresario que va a tomar whisky y pedir que le manden por encomienda las tangas usadas de las chicas del putero. Gustavo cree que Mauricio es un personaje que “camina por la cornisa” todos los días y que tendría que escribir un libro anecdotario.

 Ese libro contaría que de gurises Gustavo usaba el auto del padre y lo llevaba a hacer mandados. Uno de esos mandados fue cerca de las tres de la mañana en Guaraní y Maciel. Mauricio tenía que tirarle unos mangos a un amigo que andaba en transas. Llegaron, se bajaron del auto, hablaron con el tipo. A los minutos había tres patrulleros, dos motos y varios policías observándolos. Diría que Gustavo se pegó “tremendo julepe”. Y que Mauricio siguió conversando tranquilo y después se rió.

También tendría que contar que una noche salieron a tomar a un boliche montevideano y que al verlo avanzar hacia la barra los cinco hombres que estaban acodados se corrieron y le dieron el lugar a él y su comitiva. Y que uno que estaba en la punta de la barra preguntó si se podía quedar: quería saber si no molestaba. Cuando Gustavo sale solo o con otros amigos no sucede eso, pasa desapercibido, es uno más del montón; pero cuando está con Mauricio es de otra legión, la de los amos de la noche: su Audi con chapa argentina siembre va a poder estacionar frente a cualquier boliche, y jamás tendrá ni un sólo rayón.

***

Hace 15 años que está en el negocio del sexo y ahora siente que lo respetan. Nunca delató a nadie, nunca estuvo preso aunque sí más de 25 veces detenido, nunca mató, nunca permitió la explotación infantil en sus boliches, nunca vendió droga, aunque consumió cocaína desde los 14 hasta hace un par de años atrás. Bueno, todo eso lo dice él. Eduardo Gambardella, su archienemigo –por llamarlo de alguna forma-, dice otra cosa.

Gambardella es el responsable de Hoteles, Pensiones, Inquilinatos y Afines de la Intendencia de Montevideo, un inspector que para Mauricio es “injusto, violento, un tipo que realmente no tiene ni cerca que ver con la gente que había antes, como [Ricardo] Prato”. Lo considera ignorante, Gambardella no está de acuerdo con que existan prostíbulos, paradójicamente es él el que les da la habilitación municipal para trabajar.

Mauricio es propietario de uno de los prostíbulos más antiguos de Uruguay, Reyles 1616. Antes que él lo tuvo una meretriz. Era un prostíbulo habilitado. Al momento de iniciar el trámite por el cambio del inmueble en la Intendencia, Gambardella le negó la habilitación. Mauricio cree que fue por un problemita que tuvieron antes, en 2001 según él, en 1998 según el municipal.

-¿Qué pasó?

-Él se cayó por las escaleras del Yaguarón.

-¿Cómo?

-Entró pateando las puertas con una orden de allanamiento porque supuestamente había menores en el local. No había. La cosa se puso fea y él rodó por las escaleras.-Y con bronca agrega- Gambardella quería mantener sexo con las chicas a cambio de no molestar. Y yo siempre me negué a los niveles bajos de la corrupción.

Por otro lado, Gambardella cuenta una historia diferente, dice que Mauricio lo golpeó y por eso se cayó. También dice que antes de que él llegara le avisaron y sacó a las menores del local, que la policía estaba implicada en el asunto. Mauricio lo niega.

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A sus prostíbulos entran hombres flacos, gordos, peludos, lampiños, con y sin discapacidad, sucios, limpios, algunos vestidos con harapos, desprolijos, otros de traje y corbata. Hombres que les gusta tener sexo tradicional, en la postura del misionero, hombres que buscan lo exótico y piden que les defequen encima o que prefieren ver cómo la chica se sienta sobre globos y los hace explotar. Hombres que usan tangas, que se las comen, que les gusta que los penetren con el tarro del desodorante Impulse. Todo tipo de hombres van a las casas de Mauricio, el empresario que controla el amor pago en Montevideo.

Las habitaciones de sus boliches son así: una cama a 20cm del piso, un cobertor negro, aire acondicionado, un bidet, una palangana, quizá una silla, la lista de precios pegada en la pared, luces rojas, una puerta, el número de habitación.

Ahí dentro no hay lugar para la inhibición, la vergüenza o la hipocresía. La promiscuidad y los deseos no tienen freno, porque ahí dentro “se vive un libertinaje total” y el tiempo no pasa. Hay veces que encuentras parteros que quieren que las chicas simulen un parto para excitarse y luego tener sexo con su esposa, así como hay otras veces que entras a las nueve de la mañana y ves a dos hombres sentados conversando con una cerveza de por medio, y vuelves a las 11 de la noche y ves a los mismos hombres, en la misma posición, quizá con otra cerveza, conversando.

***

Para algunos la noche no cansa y nunca termina, pero para Mauricio sí, por eso fue que a lo largo de los años ha ido diversificando el negocio del sexo y ahora tiene un imperio, el Grupo Peña. La noche lo cansó porque no le gusta ser catalogado como “el dueño de los puteros” y no quiere que sus hijos lo vean así. Dice que es algo que no le quita el sueño, pero sabe que es una mochila muy pesada y que por más que lo intente no se la va a poder sacar fácilmente.

-La gente piensa que soy un mafioso y que obligo a las chicas a prostituirse. Pero yo no obligo a nadie.

De joven tenía sexo con ellas, cosa que ahora no hace porque quiere “otro tipo de masa”. “Cuando el panadero ve todos los días los mismos bizcochos no le dan ganas de comer eso, quiere otra cosa”. Y aunque las chicas se le regalen y lo deseen, él ahora “marca distancia”.

-Quieren tener sexo conmigo, por la imagen que tengo en el ambiente. Muchas mujeres han inventado que han tenido sexo conmigo, y yo no las conozco. Me ha pasado que alguna me lo ha dicho en la cara, porque de repente quedaba pegada con las amigas.

Una de las meretrices que trabaja en el Templo del Morbo, Antonella, confiesa entre risas que no ha tenido sexo con él y que no conoce a ninguna que lo haya tocado. Arrancó hace seis años y se quiere quedar ahí, “porque es dónde hay más movimiento de gente” y porque siempre recibió un trato profesional de parte de su empleador y nunca se le insinuó. No dice que quiera tener sexo con él, pero tampoco lo niega.

Mauricio siempre fue un ganador, desde que iba al liceo todas las muchachas querían estar con él, tenía el cuerpo grande porque hacer remo le había tonificado los músculos, cuidaba mucho de su imagen y estaba a la moda. Usaba aritos, anillos y se teñía el pelo.

Según Gustavo la personalidad de macho cabrío de su amigo era lo que las mataba y las dejaba rendidas a sus pies. Inclusive a los veinte y algo, cuando se instaló en el Yaguarón y estaba demacrado por la merca y el trabajo y la noche eterna, las mujeres igual lo deseaban, y no solo las prostitutas, todo tipo de mujeres que se sentían atraídas por su “poder”. Lo mismo pasa hoy, porque dos por tres le inventan hijos o cualquier cosa para llamar su atención.

Pero a pesar de todo, a él le gusta ser quién es: el león de la noche, un galán para las mujeres y padre de familia que vende sexo, alcohol y consoladores. Gustavo dice que ese es su mayor defecto, querer ser el rey de la selva. Su amigo tiene miedo que lo cacen, que le peguen tres tiros y el león desaparezca.

***

Si Gustavo es su mano derecha para todo, Antonella es su ancla, el día en la vida de Mauricio. Esta Antonella no es la meretriz, sino una mujer que captó su atención y enamoró al mercader del placer. Es una estudiante de arquitectura, madre de su hijo y esposa embarazada de una nena. La conoció en un boliche, ella era barman, se hicieron amigos y una cosa llevó a la otra hasta que se casaron y tuvieron hijos y perros. Según Gustavo es el faro que ilumina el camino rojo que eligió Mauricio, es la que hace que su vida sea más normal y la ambigüedad entre los dos mundos en los que se mueve Mauricio parezcan uno solo.

***

-Acá, en esta pared –dice señalando una de las de su oficina- voy a poner un cuadro que me va a hacer mi esposa. Van a ser miles de besos. La gente podría pensar que son de todas las mujeres con las que he estado. Pero sin embargo van a ser todos de ella.

El cuadro va a estar en la habitación donde se etiquetan los juguetes sexuales y se controla la entrada y salida a las habitaciones de sus tres prostíbulos y donde se planifican las acciones de su productora audiovisual de pornografía.

Solo se pregunta “¿qué tiene de bueno ser Mauricio?”. Solo se contesta “nada, es una forma más de vivir y transitar un camino”.

[1] Esta nota fue editada para la publicación en Revista Rocket.

DOS DÍAS DE GLORIA

Antel Fest, Rocha 2013

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Rocha, ciudad de casas grises en la que un sábado de invierno a las tres de la mañana puedes llegar a morir de hambre, y desesperación, porque en el centro no encontrarás almacén abierto ni taxi en la plaza. Pero estamos en primavera, y el sábado 16 de noviembre a las tres de la mañana Rocha explotaba. La sexta edición del Antel Fest, un festival con entrada gratuita, nucleó a unas 20 mil personas que recorrieron  las calles de la ciudad sedientos de rock.

Querían más comida, más alcohol, más drogas y más música. La adrenalina corría por las venas de estos uruguayos que lejos de cumplir con el presagio de algunos lugareños de la ciudad, festejaron sin causar catástrofes, saciaron la sed de plata de los clubs de fútbol y centros educativos locales que vendieron desde panchos y papas fritas hasta vino suelto y jueguitos con luces.

Tres días atrás, el miércoles, comenzó a ser evidente la presencia de foráneos: en la ciudad había gente que no hablaba de tú, sino que voceaba, que llenaba los restoranes del centro, que preguntaba qué pub o disco abría esa noche y que se quedaban atónitas cuando los veteranos que le dan de comer pan picado a las palomas respondían “hoy en Rocha no abre nada, quizá tengas suerte en algún prostíbulo”. “No, sólo hay cuatro hoteles y están llenos”. “No, no hay hostels. Lo que te convendría sería acampar o ir hasta La Paloma, en 20 minutos estás y seguro que allí hay lugar”.

Sí, era verdad, la capacidad de hospedaje de Rocha se vio desbordada: había unos 100 lugares en los hoteles de la ciudad que se colmaron rápidamente. Los precios oscilaban en los 700 pesos por noche. Pero la Intendencia conocía su discapacidad, por eso armó un camping en la entrada de la ciudad, al lado de la Rural de Rocha. Cobraban 500 pesos las dos noches, a cambio te daban un predio, sin luz, sin agua, y la posibilidad de una ducha caliente en un baño químico. No se sabe cuántas personas se quedaron este fin de semana allí, pero los organizadores estiman que fueron varios cientos, aunque sobró lugar.

Donde no había lugar era en los alrededores del baldío donde se instaló el escenario del Antel Fest: estaba lleno de carpas y puestitos de venta improvisados. Inclusive los garajes de varias casas del barrio se transformaron en puntos de venta de chorizos, caipiriña y cerveza. “Bien fría” decían los carteles, pero a las 23.00 horas ya se hacía difícil encontrar alguna que estuviera templada.

Las veredas de la zona también se llenaron de artesanos, malabaristas y jipis con guitarras a cuestas. Anarquistas que escupían y gritaban sus consignas, pero que cantaban y se sacudían al ritmo del rock provisto por Antel y la Intendencia de Rocha.

Cuánto gastó la empresa estatal que se rige por las leyes del mercado no se sabe. La Intendencia, supuestamente aún no saca cuentas, porque el festival se enmarca en los 200 años de la ciudad, por eso al evento hay que sumarle, por ejemplo, el costo de la publicidad del bicentenario de Rocha, las horas extras de los inspectores de tránsito. Antel no quiso compartir cifras, aunque aseguró que tampoco tenían un dato exacto, ya que se trabajó en coordinación con el Ministerio de Salud Pública, la Junta Nacional de Drogas, UTE, OSE, y varios organismos estatales y locales más.

La Intendencia fue la encargada de hospedar a los músicos y sonidistas del festival, los ubicaron en el Hotel Municipal en la ciudad y en las cabañas rústicas y viejas del Parque Andresito, de La Aguada. Allí estaba la gente del Cuarteto de Nos, Buitres, Trotsky Vengarán, Daniel Viglietti, Francis Andreu, Buenos Muchachos, Garo Arkelián, La Vela Puerca y varias bandas locales que compartieron escenario con los grandes de la música uruguaya, como Sale con Fritas y Fede Graña y Los Prolijos de Rocha.

Ser rockero no es fácil

DÍA UNO

Sudas, te duelen las piernas, terminas lleno de barro, con manchas de alcohol en la ropa y seguro que algún piñazo ligas, por cortesía de los poguistas. El primer día del festival se armó el agite en serio con Trotsky. Ahí cayó desmayada una víctima de la mezcla del alcohol y marihuana. Entre siete sacaron al veinteañero y lo depositaron delicadamente en el pasto, lejos de la muchedumbre, y llamaron a la gente de la Junta Nacional de Drogas que tenía una capa a la derecha del escenario para el “achique”. Al rato se lo veía durmiendo, solo, a un par de metros de la carpa que lo auxilió.

Había varios durmiendo, acurrucados con su propio vómito y alguna botella de alcohol a medio terminar. También había parejitas mirando la luna llena, miraban el cielo y hablaban a los gritos, porque la música estaba tan fuerte que era imposible hablar suave. Entre toda esa gente había niños. Muchos. Algunos acompañados por mayores, otros solos. Corrían de un lado a otro, desaforados, se escabullían en el tumulto.

Se perdieron tres. El presentador del Antel Fest llamó a William, Oscarito y su hermana Jenny para que se arrimaran al escenario. También se perdieron cuatro billeteras, dos cédulas de identidad y varios celulares. Antel se precipitó y ofreció por los altoparlantes chips con el mismo número a 50 pesos. Mientras, en las pantallas gigantes del escenario, se sucedían los más diversos mensajes de Twitter “A Romina que lo mira por pantalla gigante TE AMO”. “Acá con Seba, Chichi agitando en el AntelFest”. “Al rubio divino que está con la remera de nacional le quiero dar”. “Seba estoy en la pantalla izquierda”.

Bajo la pantalla de la izquierda había un grupito que agitó todas las bandas y tomaron merca “a rolete”. Entre ellos había un muchacho de no más de 25 años que parecía un tanque de guerra: medía cerca de dos metros y era robusto, grande. Miraba con cara seria y metía miedo. Se aprovechó de su condición física para saltar en el pogo: se tiraba encima de los que lo rodeaban o los empujaba lejos, con una sola mano. Reía, gritaba.

Todo eso pasó en Rocha, una ciudad que se vio abrumada por la locura y el descontrol que trajeron los foráneos. Y la plata. Poca, pero plata en fin. Los almacenes del barrio que generalmente cierran para sestear se mantuvieron abiertos: esto de ver tanta gente en la ciudad sucede una vez cada diez años, con suerte. Pero igualmente quedaron disconformes: esperaban a más personas, más ventas.

Ese es el caso de Cecila, una rochense que trabaja vendiendo trotas fritas y panchos a la salida de las escuelas, se la jugó e invirtió una parte de sus ahorros para comprar 800 panchos. Estaba preocupada porque el domingo a las 21.30 horas sólo había vendido la cuarta parte. Por otro lado, Julio, que hace 22 años trabaja frente a la Plaza Independencia, en la esquina del Banco República, no se sorprendió. Los años le dieron experiencia, por eso el compró lo justo, lo mismo que compra un fin de semana cualquiera que decida hacer horas extras y vender a la salida de los bailes: unos 300 panchos.

Pero algunos festejaron las ventas, como el Liceo de Velázquez, que vendió refrescos y chorizos. Recuperaron la inversión y celebraron el saldo que les quedó para comprar mobiliario para el Liceo.

Día dos

Olor a podrido. Eso fue lo que quedó: mugre y olor a podrido. Pareciera que la tierra hubiera absorbido todo lo derramado la noche anterior y ahora, como venganza, hubiera conspirado con el sol para calentar el suelo y fermentar el alcohol desperdiciado. Putrefacción y miles de personas sudando, y respirando el tufo provocado por las fumatas. Miles de personas agitando rock. Tocó Garo Arkelián, Buenos Muchachos y La Vela Puerca, además de un par de bandas locales.

Al toque de Buenos Muchachos no fueron ni la mitad de las personas que se atropellaron por quedar más cerca del escenario y ver fragmentos de una escenografía austera, una cabeza, una guitarra, el efecto de las luces, cuando tocó La Vela. Pocos sabían las letras de las canciones, pero cuando ameritaba, nadie le hacía asco a agitar. Todos saltaban igual.

Allí, en medio de la muchedumbre, había un señor de unos 80 años luciendo su pelo blanco y mirando hipnotizado a los Buenos. Él no cantó ni una canción, ni acompañó con palmas las melodías, pero sus ojos reflejaban compenetración. Al terminar el show el vete les regaló una sonrisa, pero se camufló entre las banderas y los jóvenes que lo empujaban para acercarse al escenario.

La paciencia se estaba agotando: desde el fondo se escuchaban los cánticos pidiendo por la banda que cerraría el show.

 La Vela se hizo esperar, demoró una media hora en subir al escenario, pero una vez arriba dieron un espectáculo inolvidable. Como sacerdote poseído por el espíritu santo del rock, la banda irradió e hipnotizó al público y logró armar el pogo más grande del festival. Volaron palos, botellas y piñas. Su vocalista, Seba, incitaba a aplaudir o saltar, y la masa, más receptiva que nunca, cantaba y agitaba al unísono “Vamos, vamos la Vela de mi corazón”.

A las cinco de la mañana del lunes no había ni panchero ni almacén abierto. Quedaban un puñado de personas en al esquina que unas horas atrás había estado socada de gente. Serían unas veinte, unas acurrucadas en el pasto, otras tomando mate en la parada del bus, otros zombis, esperando no sé qué. Solo una jovencita estaba desfachatada y gritaba canciones de La Renga y saltaba sobre el monolito del Rotary Club que hay en el cantero del medio de una de las avenidas. Ese mismo monolito que horas atrás había roto un chico de unos 18 años, que mientras hablaba por celular le pegaba patadas.

El tránsito a esa hora era casi nulo. Igual que otro fin de semana cualquiera. La circulación de vehículos que se dio en Rocha sólo es comparable a la cantidad de autos que circulan en el carnaval de La Pedrera: unos 5.000. “Sin precedentes”, comentaban los inspectores de tránsito, acostumbrados a controlar unos 1000 autos los fines de semana. Hicieron cerca de 300 espirometrías, y sólo una dio positivo. No hubo accidentes.

Quedó barro en el baldío. Quedaron vasos de plástico y botellas y papeles y mugre en toda la zona. También quedó plata en el bolsillo de algunos lugareños,  en los de otros  sólo una experiencia “sin precedentes”.

UN IMPULSO EN CASAVALLE

 

Cien jóvenes de la Cuenca del Casavalle estudian, desde marzo, en el Liceo Impulso. Se trata de una institución privada, laica y de acceso gratuito que tiene un objetivo muy claro: obtener los mejores rendimientos educativos del país. El quid del asunto es conseguir que esas notas altas sean de alumnos que viven bajo la línea de pobreza, eliminando la brecha de aprendizaje que existe entre los adolescentes que tienen Nintendo Wii y los que viven en la marginalidad.

El liceo se caracteriza por tener un modelo educativo bilingüe de alta exigencia académica y la participación de los padres en el proceso educativo de sus hijos. Según Fabrizio Patritti, director del liceo, la fusión de “calidez y firmeza” es la clave para lograr cambios en los hábitos de los alumnos y que se acostumbren a la metodología empleada para cumplir sus objetivos: los chicos tienen diez horas de clase de lunes a viernes y cuatro los sábados y utilizan el inglés hasta para pedir el almuerzo. Además, es obligatorio que los padres o referentes de cada alumno vayan una vez por mes a reunirse con el equipo educativo del liceo.

***

La idea la tuvo un grupo de amigos empresarios que decidieron, hace cuatro años, crear la Fundación Impulso exclusivamente para este emprendimiento. Ellos solo gestionan el liceo: no lo financian. La subvención proviene de empresas que a través de donaciones especiales deducen impuestos. Este es el segundo liceo del país que fue creado con fondos privados pero de acceso gratuito. El primero fue el Jubilar, un centro educativo católico que funciona desde 2002.

El barrio

A 40 minutos de Ciudadela, yendo hacia el norte, está Casavalle. Es una zona en la que coexisten asentamientos, cooperativas, basurales y escuelas. En ese híbrido vive el 12% de la población montevideana, que en su mayoría son menores de 34 años. El 26% de ellos no trabajan ni estudian y el 10% está sin empleo. En ese contexto de indigencia y hacinamiento está el liceo Impulso.

Según Nicolás Herrera, el director de la Fundación, eligieron trabajar en la Cuenca del Casavalle porque creen que los esfuerzos deben empezar “en las zonas más carenciadas” porque allí están “quienes más lo necesitan, los que van quedando al costado del camino”. La idea es que los jóvenes tengan las herramientas suficientes para que puedan cambiar su realidad y tener las mismas oportunidades que quienes van al British. En base a eso fue que idearon la propuesta: “beneficiar a los que menos tienen, brindar las condiciones necesarias para que cada persona dé lo mejor de sí y no tenga excusas para no aprender”.

El liceo

El frente del edificio tiene un patio de acceso que está rodeado por rejas; la parte de atrás, por una alta pared de hormigón. Dentro está el liceo. Es una construcción de un solo piso, iluminadísima, con un gran patio central. Los salones y laboratorios están dispuestos alrededor de ese patio, de tal forma que su visibilidad es casi absoluta desde cualquier punto del lugar. “Medio panóptico”, dice Patritti. Medio extraño, en comparación a la mayoría de los liceos públicos. El arreglo del terreno, la obra y el equipamiento del local costó más de dos millones de dólares.

Pero lo cierto está en que el liceo recibe diariamente a un centenar de adolescentes de la zona, que van a cursar primer año del ciclo básico, y a 24 funcionarios que van a enseñar, además de aprender a trabajar en un contexto de vulnerabilidad. Según el director, la educación que se les brinda a los alumnos vale aproximadamente 15.000 pesos. Y ninguno lo paga, no podrían: todos ellos viven bajo la línea de pobreza y 41 de ellos bajo la línea de indigencia. Pero la escasez económica no se nota dentro del liceo: ahí van jóvenes, no pobres, a estudiar.

 La propuesta educativa

Los estudiantes tienen un protocolo para casi todo. Para organizarse, principalmente al comienzo de cada clase, utilizan el SLANTSit up, Listen, Ask!, Nod Trak—, una metodología anglosajona que ayuda a los profesores a mantener el control de la clase y a los alumnos a prestar atención.

Durante las horas de estudio levantan un dedo si desean ir al bathroom, dos si necesitan help!, tres si quieren un tissue, cuatro si quieren un pencil y cinco si saben la answer. Según el director, esta metodología se implementó para que los chiquilines aprendan a ordenarse y no se dispersen.

La práctica del idioma inglés es fundamental, además de utilizarlo para comunicarse en todas las materias, lo usan inclusive cuando no están en clase, porque los carteles que hay en el liceo, incluyendo el menú del día, está escrito en ese idioma.

Aparte de las once materias curriculares, los muchachos tienen talleres de humanidades, arte, ciencia, matemática e inglés. Ninguno es opcional y no hay talleres de esparcimiento como manualidades o cocina, porque según el director Patritti “si alguien sabe escribir, leer y organizarse bien, el resto lo puede hacer sin mayores dificultades”.

Además de la currícula ordinaria tienen un programa de alfabetización y otro de valores donde se estimula la formulación de un proyecto de vida y se trabaja sobre liderazgo. Esta propuesta surgió como respuesta a la falta de motivación que encontraron los educandos en los niños al preguntar “¿qué quieres ser cuando seas grande?”. El 60% se proyectó fuera del ámbito universitario.

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El edificio y las diez horas de clase no son lo único que difiere de la metodología educativa pública. Entre otras cosas, los jóvenes no se llevan tareas domiciliarias porque deben aprender y trabajar en el liceo. Al salir del aula deben formar dos filas perfectas sobre las líneas que el director hizo pintar especialmente en el piso del patio. También tienen un código de vestimenta que deben respetar todos: los funcionarios deben vestir “bien”, “estar presentables”, mientras que los alumnos tienen que usar uniforme y zapatos. No se aceptan piercings, a las niñas no se les permite tener las uñas pintadas y deben usar siempre el pelo recogido.

A pesar de que son alumnos que “no están acostumbrados” a este tipo de orden por el contexto caótico en el que viven, todos respondieron de forma “espectacular”, respetando el horario, las reglas de comportamiento y el código de vestimenta. Según su director, “son chicos que están dispuestos a hacer lo que les pidas”. Tienen la oportunidad de recibir una buena educación y, por lo visto, no lo desperdician.

Patritti está convencido que los alumnos son los gestores del cambio y solo ellos pueden salir adelante del contexto actual. Según él, a través del criterio pedagógico empleado, se les brindan las herramientas necesarias para que potencien habilidades y desarrollen capacidades, eliminando —en el correr de los años— la brecha de aprendizaje.

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La propuesta educativa se inspiró principalmente las Charter schools de Estados Unidos. Son escuelas públicas y gratuitas pero que funcionan de forma autónoma, no dependen del Departamento de Educación de la ciudad. Estas escuelas tienen un “contrato de rendimiento” con el Estado: se comprometen a lograr determinados objetivos académicos pero toman sus propias decisiones respecto a la forma de alcanzarlos. Si no se logran las metas se revoca el contrato y la escuela se cierra. La combinación de libertad y responsabilidad en cuanto a las decisiones tomadas para lograr los objetivos, les permite a las escuelas responder a las necesidades de la comunidad, intentar enfoques diferentes y dar prioridad al aprendizaje de los estudiantes.

El liceo Jubilar también los inspiró, pero de diferente forma: “A pesar de lo que se hablaba en los 70 y 80 —que se decía que era muy difícil que los chicos pudieran compensar las carencias educativas en el período liceal— el Jubilar demostró que sí se podía, que la brecha de aprendizaje se podía achicar. Entonces dijimos: ‘bueno, tenemos un caso, funciona, hagámoslo’. Y lo estamos haciendo”, aseguró Herrera.

Tras bambalinas

La gente que está detrás de la creación del liceo es un grupo de amigos empresarios que, según Herrera, se “preocupan” por la educación: Ernesto Talvi —economista y director del Centro de Estudios de la Realidad Económica y Social—, Pablo da Silveira —doctor en filosofía y director del Programa de Gobierno de la Educación en la Universidad Católica—, Marcelo Guadalupe, Elbio Strauch, Horacio Huges y el ya mencionado Nicolás Herrera, abogado y socio del estudio Guyers & Regules.

Según Herrera, “estos proyectos no son financiables en un mediano plazo sino es de manera privada”. Por esto, lo primero que hicieron fue conseguir el dinero y poner la mira en grandes empresas, porque para ellas también es negocio: la Fundación recibe donaciones que son deducibles de impuestos.

Las empresas que están desde que los empresarios comenzaron a idear el proyecto son siete: Grupo Disco, Saman, Fábrica Nacional de Cervezas, Stiler, Gerdau, Grupo Itaú (incluye OCA, la AFAP y el Banco) y Marfrig. Esas son las que han puesto el dinero para todo lo que se ha hecho: la compra del terreno, las obras de construcción del edificio, los materiales educativos, el pago de los salarios de los funcionarios, etc. Pero también recibieron algunos aportes de Interagrovial, Sadar, Punta Carretas Shopping, Cementos Artigas y Aluminios del Uruguay, entre otras.

¿Quién puede ir al Liceo Impulso?

Este año se plantearon los siguientes requisitos para ingresar al liceo:

—pertenecer a la Cuenca del Casavalle.

—estar pasando de la escuela al liceo. “Porque una propuesta de 10 horas con un chico que ya no esté escolarizado es muy complejo”, aseguró el director.

—tener hasta 14 años inclusive. “En general un chico de 15 que termina la escuela es porque tiene grandes dificultades, si tiene bigote o barba y ya está ‘en otra’ y también es complicado… ¡Acá tienen que estar diez horas! Además está todo el tema de los vínculos endogámicos”.

Según Patritti, pertenecer a determinado nivel socioeconómico no es un requisito porque la Fundación entiende que “como los chicos que vienen son una muestra representativa del barrio, los niveles de pobreza son los mismos. No les íbamos a pedir que demostraran que tenían escasos recursos; no existe un carné de pobre”.

Se inscribieron 377 jóvenes, provenientes de las 25 escuelas de la Cuenca y entraron por riguroso sorteo, 100.

Una vez que ya sabían quiénes habían entrado, el director junto a una asistente social y un psicólogo visitaron a las cien familias. En ese encuentro hablaron del proyecto más en detalle y establecieron ciertos deberes. Patritti cuenta que “firmaron un ‘compromiso’ donde nosotros poníamos lo que entendíamos que podíamos brindar, lo que creíamos que el chico tenía que dar —que es, básicamente, venir a clase y ser responsable— y pedíamos el compromiso de las familias”. El liceo cuenta con un programa de padres el cual deben cumplir: diez encuentros anuales en el que se pide su “colaboración” y se intenta “mantener una visión en común y trabajar todos los temas que incumben a los chicos con ellos”.

El año que viene habrá un nuevo sorteo, pero los hermanos de los alumnos que actualmente están cursando entrarán automáticamente.

Antecedentes

“Nadie libera a nadie, ni nadie se libera solo. Los hombres se liberan en comunión”. Las palabras de Paulo Freire ejemplifican lo que está sucediendo en la Cuenca del Casavalle, pero esta propuesta no es nueva. El liceo Jubilar, ubicado también en ese barrio, es un liceo católico fundado y mantenido con fondos privados —por “padrinos”— de acceso gratuito, que lleva 11 años funcionando. El Jubilar hoy tiene unos 320 alumnos en ciclo básico y unos 70 en Espacio de Permanencia y Acompañamiento —un espacio en el que los chicos que están cursando bachillerato en otros liceos reciben apoyo de estudio y tienen talleres de esparcimiento. Además, el Jubilar da clases de ciclo básico en la noche a mayores de 21 años. Generalmente atienden los padres de los chicos que están yendo al liceo. Se destaca por no tener deserción y porque su índice de repetición es de solo 3,5% —en ciclo básico en educación pública es de un 29,6%.

Nuevos proyectos

El liceo Impulso y el Jubilar no son las únicas propuestas educativas privadas de acceso público en Montevideo. En el Cerro está en marcha un proyecto educativo que tiene como objetivo inaugurar un liceo en el 2014. Es una iniciativa parecida a la del Jubilar; se trata de la Asociación Civil Providencia, de carácter católico, que actualmente tiene un Club de niños y un Centro juvenil, donde se trabaja con un centenar de niños y adolescentes de la zona. La iniciativa será financiada por la Embajada de Japón.

¿Qué son las donaciones especiales?

El artículo 78 —Donaciones especiales— de la ley nº 18.834 —Rendición de cuentas y balance de ejecución presupuestal— establece que:

Las donaciones que las empresas contribuyentes del Impuesto a las Rentas de las Actividades Económicas e Impuesto al Patrimonio realicen a las entidades que se indican en el artículo siguiente, gozarán del siguiente beneficio:

— El 75% (setenta y cinco por ciento) del total de las sumas entregadas convertidas a unidades indexadas a la cotización del día anterior a la entrega efectiva de las mismas, se imputará como pago a cuenta de los tributos mencionados. El organismo beneficiario expedirá recibos que serán canjeables por certificados de crédito de la Dirección General Impositiva, en las condiciones que establezca la reglamentación.

— El 25% (veinticinco por ciento) restante podrá ser imputado a todos los efectos fiscales como gasto de la empresa.

03/05/2013

 

 

EN CONSTRUCCIÓN

Liceo Nº 21

Rosina está contenta porque, al fin, puede ir al liceo los días de lluvia sin correr el riesgo de electrocutarse; porque ahora puede ir al baño sola, sin que sus compañeras le tengan que abrir la puerta y tapar el agujero por el cual los varones vichaban. Ya no tiene que preocuparse por los pedazos de techo que le caían sobre la cabeza en el salón de clase. Por suerte hoy no corre peligro de lastimarse con los vidrios rotos de las puertas y ventanas, como le pasó a un compañero suyo en 2011. Está alegre porque después de dos años de ir a estudiar a un lugar con los pisos llenos de chicles y mugre, salones con bichos y olor a orina de gato, este año el liceo la recibió con las paredes blancas y prolijas. Rosina está feliz porque sabe que las cosas están cambiando.

Rosina Valiente es alumna del liceo 21 Abrazo del Monzón, tiene trece años y está cursando tercero del ciclo básico en un ambiente nuevo. El liceo no se mudó, pero este verano comenzaron las obras que lo dejarán “hermoso”.

El liceo funciona en una edificación antigua, una casona en el barrio Aguada, tiene dos turnos y emplea a unas 65 personas. Este año, después de cientos de oficios, partidas especiales e informes elevados al Consejo de Enseñanza Secundaria (CES) sobre el estado edilicio del liceo, Abrazo del Monzón recibió a unos 300 alumnos estando en obra y aún sin la habilitación de Bomberos. Docentes, estudiantes, auxiliares de servicio y administrativos se sorprendieron al encontrarse con el nuevo look de la institución.

“Cuando entramos y vimos la prolijidad y las paredes blancas, me pregunté: ‘¿yo venía acá?’”. Según Rosina el cambio es enorme. Y ha de serlo, porque a Secundaria le llevó más de cuatro años (y un papeleo que aún hoy no termina), dar el sí para que arquitectos y obreros comenzaran a trabajar en el liceo.

Algunos funcionarios de la institución creen que los arreglos no se hicieron antes por el cambio de autoridades, tanto en el Codicen como en el CES; otros piensan que solo porque el año pasado se armó un “revuelo” ante la prensa fue que Secundaria dio una respuesta.

Al liceo 21 la respuesta llegó en octubre: “las obras van a comenzar al finalizar las clases”. Pero las obras no empezaron hasta fines de febrero, por eso hasta mediados de julio alumnos y funcionarios tendrán que convivir con escombros, polvo y ruido.

Según Dante Santos, asistente social de la institución, las obras provocaron un “cambio en la calidad de vida y en el mensaje que se le transmite a los alumnos. Pasó de ser ‘acá no importa nada’ a ‘el liceo es de todos y todos tenemos que cuidarlo’”.

En este liceo se hicieron reparaciones eléctricas y en los techos, se plastificaron los pisos de parquet, se pintó todo el local, se arreglaron los bancos, se redistribuyeron los espacios. En los salones de clase se puso aire acondicionado y se cambiaron los pizarrones.

Cosas que a Rosina le encantaron. “Antes, cuando hacía calor, te morías de calor y, cuando hacía frío, te morías de frío. Las pizarras tenían agujeros, por la humedad estaban muy blandos, entonces venía alguno haciéndose el vivo y dejaba la marca del puño. Estaba todo roto y sucio”.

“No es lo mismo entrar a una clase toda rayada que ya te da una impresión fuerte, a entrar a una clase que está limpia”, agregó.

Para Rosina el cambio también fue positivo porque ahora no tendrán que perder tantas clases como el año pasado. “Entre los paros, los profesores que no venían y las veces que no pudimos venir por peligro de lastimarnos por las condiciones en las que estaba el liceo, perdimos un cuarto del tiempo de clase y eso nos perjudicó a todos”.

Las obras las lleva a cabo la Corporación Nacional para el Desarrollo (CND). Según el informe de relevamiento de los problemas edilicios de los liceos en Montevideo que presentó el 5 de marzo la Asociación de Docentes de Enseñanza Secundaria, son 15 los liceos que se encuentran en estado crítico. La CND ya está trabajando en ellos. Según lo estipulado por el CES, las obras que la CND no realice (porque no fueron incluidas al comienzo en el presupuesto) serán llevadas a cabo por el ente.

24/04/2013

LO QUE CUESTA HACERSE UN ABORTO

¿Alguna vez compró porro? ¿Y misoprostol? ¿Cuál de las dos drogas cree que es más difícil de conseguir? Adivine. Yo me saqué la duda.

Pastillas de Misoprostol

Primer round

Me sudaban las manos. La ventanilla del 187 no contenía la polvareda. La ansiedad me impelió a bajar. Jacinto Vera olía a humedad y esa parada era tan buena como cualquier otra.

Caminé una cuadra y allí estaba, esperándome, pintada de azul en la esquina. Tanteé la puerta de vidrio sólo para confirmar que estaba trancada. En cambio se abrió una voz seria, herrumbrada, que preguntó a través de una ventana. Era una mujer cincuentona de buzo rosado y lentes colgados del cuello que se perdían entre el pelo canoso, con resabios de un color castaño que hace no mucho, sospecho, fue el de su tinta. Pregunté si vendían misoprostol. Ella sonrió. La puerta se abrió.

“La dosis cuesta 5.000 pesos y la caja 8.850”, dijo la señora de la farmacia de Jacinto Vera. Le advertí que no tenía receta. No hay “una receta” para el aborto, dijo. “Con o sin, es el mismo precio”. La dosis es de cuatro pastillas de 200 miligramos y la caja trae ocho comprimidos.

Ya no me sudaban las manos; no hay misterio en comprar misoprostol. Me acerqué al mostrador y pedí indicaciones. “Te pones dos en la boca y las otras dos en la vagina”. La indicación era errónea. “Mirá, nena, te vendo las pastillas; más que eso no puedo hacer”.

Recorrí 16 farmacias en busca de misoprostol por los barrios Centro, Pocitos, Jacinto Vera, Barrio Sur, Palermo, La Comercial y Las Acacias; escenas similares ocurrieron en siete de ellas.

Segundo round

Dicen malas lenguas –como la de un alto jerarca de Salud Pública–, que ya no existen clínicas abortivas. Digo malas porque mienten; el progreso no las suprimió.

Aunque el aborto medicamentoso viene sustituyendo a los métodos quirúrgicos y al legrado por succión, aún hay consultorios atendidos por ginecólogos que colocan en el útero la droga para abortar.

Uno de estos consultorios clandestinos está en Punta de Rieles, entre una pañalera y un taller de arreglos de motos y bicicletas. Es atendido por su dueño, un ginecólogo cincuentón que brinda el mismo servicio en una clínica en Parque Rodó. Y si el cliente lo desea, puede ir hasta su domicilio y realizarle el aborto allí. En todos los casos cobra lo mismo: 3.500 pesos. Esta tarifa –baja en comparación a la venta de misoprostol en farmacias–, incluye la droga, su colocación y dos ecografías.

Contra las cuerdas

Sentada en un sillón con agujeros en el tapizado, cruzada de piernas para alivianar la molestia producida por las tablas del asiento de la clínica de Punta de Rieles, escuché cómo se hace un aborto con misoprostol y respondí brevemente un par de preguntas – cuántos años tenía y cuándo había sido mi última menstruación–. Y me advirtió, serio: “puedes estar embarazada y menstruar igual”. Después del fugaz cuestionario sugirió que me hiciera una ecografía para establecer el tamaño y la locación del embrión. Me negué.

Todavía en el sillón, pregunté qué sentiría físicamente después. El ginecólogo contestó inquieto –“dolores menstruales muy fuertes, contracciones”–. Y recalcó que es ineludible regresar a las 48 horas de haberse practicado el aborto –“no antes porque aún hay mucha sangre”–, para realizar una segunda ecografía que constataría que todo había salido bien. “Es importante porque en el cinco por ciento de los casos quedan restos embrionarios” que pueden conducir a muerte por infección.

 Tercer round

Las mujeres que desconozcan todo esto tienen otra herramienta: internet.

Sí, gracias a Google es posible acceder a información que antes era privilegiada, que se susurraba. Con poner en el buscador “misoprostol + venta + Uruguay” se logran unos 6.570.000 resultados1. La compra está a una llamada de distancia.

El teléfono sonó dos veces. Del otro lado se escuchó un “hola” austero, varonil. “Hola. Llamo por un aviso que vi en internet”, dije. Dos segundos de silencio. Tres. Cuatro. Cortaron. A los minutos recibí un mensaje de texto con el precio del misoprostol –“2.500 las cuatro pastillas, 5.000 las ocho”– y una pregunta: “¿comprás?”.

El precio de la droga baja más del 50 % respecto a las farmacias y llega a su casa como “paquetería clasificada”; es, evidentemente, el procedimiento más frecuente.

Knock out

Comprar un porro es más complicado. No hay referencias en internet. Hay que tener un amigo o un conocido que venda o que sepa de alguien que venda. Y son todas relaciones entre comillas.

El precio depende del tipo de faso, de a quién se lo compres y principalmente, de cuánto compres. Los 25 gramos de marihuana “paraguaya” –la más común y accesible– rondan los 500 pesos, pero un kilo oscila entre los 8.000 y 9.000. Después está “el pinito”, un poco más caro pero más rico, a 650 pesos los 25 gramos, y el popular cogollo, a unos 2.000 pesos.

Ahí está el negocio.

No compré ni una dosis, pero ahora sé cuál de las dos drogas es más fácil de conseguir.

 06/09/2012

QUIERO SER UN MARCIANO

ENTREVISTA: YURI LÓPEZ, EL URUGUAYO QUE SE POSTULÓ PARA COLONIZAR MARTE 

Yuri López se excita cada vez que escucha a los Guns ‘n’ Roses; es fanático de los juegos electrónicos y de la velocidad. No siente pasión por la astronomía ni la ciencia, pero tiene “el espíritu aventurero de cualquier colonizador”. Este hombre que identifica su pensamiento sobre la religión con el meme “Are you serious?”, tiene verdaderas chances de irse al planeta rojo. Es una de las 30 personas más votadas en casi 100 mil que están en el rating online de Mars-One; una organización holandesa que está buscando reclutas en todo el mundo para entrenarlos durante diez años, convertirlos en colonizadores y mandarlos a Marte en 2023 sin el pasaje de vuelta. Serán los astronautas más mediáticos de la historia, porque durante todo el proceso se planea hacer un reality show con la vida de los seleccionados para financiar el proyecto.

Hay un vaho en el living producto del desodorante que Yuri echó para disimular el olor a porro y humedad. Se ríe porque sabe que fue en vano, y me invita a prender uno. No acepto y se ríe aún más. Es una risa que intenta esconder su nerviosismo, está ansioso por que conozcan su vida. Quiere que lo recuerden tanto como a Cristóbal Colón y a la perra Laika. Quiere vivir en Marte. Quiere ser famoso.

–Sentate ahí –me indicó señalando un sillón pequeño en el que me senté de costado para esquivar una moto vieja que atravesaba la pieza y con las piernas cruzadas para alivianar la molestia producida por la falta de almohadón. –Este otro sillón lo comió mi bebé –me dijo, estiró la sábana que lo cubría y se sentó. Su “bebé” es Connor, un gran danés.

Yuri intenta camuflar su lado más desprolijo, quiere mostrar lo mejor de sí para venderse bien, y de a ratos le sale. Al hablar mira a los ojos y mueve la mandíbula como quién tiene discinesia o consumió cocaína el día entero, pero se muestra convencido de lo que dice. Quiere ir a colonizar Marte y asegura que no le importa morir en el espacio “porque moriría como un héroe”. Cosa que según él “es lo más rock ‘n’ roll del mundo”.

Juega con el reloj dorado de su muñeca mientras afirma que está dispuesto a dejar todo por tener la posibilidad de “hacer una especie de Stargate en Marte, hacer un rebout de la humanidad”. Y yo le creo.

Tiene 27 años y más de 27 consolas de videojuegos desparramadas por la casa. Su hogar es frío, modesto y desordenado; hay platos sucios y en los rincones de los techos telarañas. Afuera, en el patio, tiene una moto imitación Ninja que compró hace cuarenta días, pero que fundió hace un mes.

Pudo mudarse y darse algunos gustos, como comprarse una televisión grande de pantalla plana y tomar clases de paracaidismo y piloto, porque trabaja en Tata Consultancy Services desde 2011. Ingresó gracias a su cuñado, que para evitar que se vaya a Paraguay a probar suerte con 20 mil pesos en la mano, entregó su currículum en la empresa. Antes Yuri trabajó como gondolero del Disco y fue policía por seis años. Odió ese laburo, pero entró porque necesitaba comer. A pesar de que no le pagaban bien, aguantó porque se sentía útil.

También se sentía solo. Paraguay era una excusa para salir de una rutina que aborrecía e intentar “encontrar [su] lugar en el mundo”. Porque hasta el momento no había hallado el amor ni estaba cómodo con su cotidianeidad. Ahora tampoco está enamorado, pero explica que es feliz porque vive bien. Sin embargo igual se quiere ir a Marte, y aunque no lo dice, otra vez está intentando escapar de su realidad.

A su viaje espacial sólo llevaría su Tablet llena de juegos y películas. Yuri no quiere nada más, sabe que ni su perro ni su Ninja van a poder acompañarlo. Tampoco va a poder volar un avión o practicar paracaidismo, cosa que hizo una única vez en su vida pero que le encantó; por eso detuvo sus cursos hasta el 31 de agosto, fecha en la que se conocerán los seleccionados para participar en Mars-One.

“Al fin y al cabo mi vida allá va a ser estricta, de investigación científica. Se va a llevar un equipo para realizar estudios para ayudar a la humanidad, vamos a seguir órdenes de la Tierra”, dijo, sonrió, y puso un ejemplo: “nos van a mandar a recolectar piedras en tal y tal lugar para ver si hay yacimientos de x material”.

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-Los Kickstarter cambiaron la mentalidad de la gente -afirmó y se arregló la caravana de la oreja derecha, que brillaba tanto como su reloj. El Kickstarter es una plataforma online donde uno puede donar dinero para una causa o un proyecto creativo. Según él, este método de financiación es lo que hace posible la existencia de programas como Mars-One. Yuri cree que las donaciones y las ganancias de la televisación masiva -que está prevista desde el inicio de la selección final- superarán los seis billones de dólares, suma que necesitan para llegar a Marte. “Pensá que eligen a 40 personas de diferentes países, entonces va a haber 40 países que esperan que su bandera sea la que llegue a Marte. Yo pienso que eso va a generar el evento mediático más grande del mundo”.

Él no desconfía de la legitimidad del proyecto, por eso al momento de registrarse subió su video de postulación al sitio web de la organización y pagó sin chistar los 15 dólares que le correspondían para hacer efectiva su inscripción. Hay cerca de 100 mil inscriptos; es decir que Mars-One ya tiene unos 1.500.000 dólares.

A Yuri tampoco le molesta la idea de que lo estén filmando día y noche, porque él es voluntario en Mars-One, y de la misma forma que está dispuesto a abandonar todo lo que conoce por emprender un viaje sin retorno, también está dispuesto a ignorar las cámaras y el sacrificio que le llevará lograrlo, como bajar de peso; porque Yuri es una hombre grande, ronda los 100kg. Tampoco le importa pasar el resto de su vida encerrado, aquí estuvo 48 horas en una garita cubriendo un 222 mientras fue policía y asegura que eso le sirvió de experiencia.

Yuri tiene una concepción mesiánica de Mars-One, cree que el grupo colonizador será capaz de desarrollarse “sin cometer los mismos errores que en la Tierra” porque serán entrenados para eso. Y justamente porque él no va a estar en la Tierra es que quiere donar su semen para tener descendencia. Piensa que “sería medio cool que le digan al niño ‘¿querés saber quién es tu padre? Mirá el cielo, no lo ves pero está allá, en Marte. Poné el canal 45”.

A Yuri no le importa la plata, él se quiere ir porque se le “llena el corazón de alegría de pensar en [que puede] ser uno de los elegidos para viajar al espacio”. Se pregunta de qué le serviría tener plata en Marte. “Se la mandaría a mis viejos, mi hermano tendría un Ferrari acá…y a todas las minas” comentó entre risas.

Las mujeres son algo que “podría llegar a extrañar”, dijo dudando, y agregó “se supone que en Marte vamos a tener descendencia” y haciendo la venia remató “en nombre de la ciencia, lo que sea”.

Él quiere ser reconocido y admirado, por eso acepta alegremente todas las solicitudes de amistad que le llegan por Facebook. Disfruta de su “pseudo fama”, ahora todos lo saludan al pasar y lo interrogan sobre su postulación. Yuri confiesa que tiene un “cassette” puesto y que generalmente las preguntas que le hacen son ¿por qué te quieres ir? Y ¿por qué no puedes volver? Cuestión que explica de forma sencilla “un cuerpo no soporta 14 meses de exposición a la gravedad cero porque llega a la Tierra y hace pujjjaaagggchiiijjjj” –sonido que sugiere que el cuerpo se descompone-. “Es todo muy mind-blowing” concluyó mientras ejemplificó el concepto haciendo ademanes con sus manos.

El tufo provocado por el desodorante se disipó entre el aire frío de invierno que entraba por las ventanas de hierro, pero el olor a marihuana persistió. También vive allí, junto a su moto tipo Ninja, su perro y el sueño de conquistar otro planeta.